"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)

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miércoles, 23 de mayo de 2012

Uno más en Cherating

Jose, el fantasma del espejo, Fabien y Joey
En mitad de la costa este de Malasia existe un lugar que vive en permanente estado de duermevela. Tan sólo se despereza por completo entre octubre y enero, cuando los monzones erizan la superficie del mar y surfistas de todo el mundo se acercan hasta allí en busca de las mejores olas del país. Pero el resto del año los vientos se calman, las aguas se apaciguan, se desvanecen las espumas y Cherating se sume en un torpor de siesta veraniega que sólo los mosquitos y algunos monos malencarados consiguen alterar.

Entro en ella de puntillas –recién bajado de un autobús que me ha soltado en mitad de ninguna parte– procurando hacer el menor ruido posible. Como no parece que haya mucho que hacer aquí, elijo con cuidado mi alojamiento, porque preveo que tendré que pasar en él bastantes horas. Y está bien, porque me apetece leer y escribir después de las emociones submarinas de la semana pasada. Finalmente me quedo en un bungalow de madera con una terracita asomada a un jardín impecable, dentro de los terrenos de una guesthouse llamada Mata Hari (nota al margen: muchos negocios se llaman así en Malasia, y supongo que en Indonesia, donde tomó su nombre artístico la fatale espía holandesa. La expresión quiere decir, literalmente, "el ojo del día", o de modo más directo, "el sol").


Después de instalarme, salgo a dar un paseo y descubro que Cherating es poco más que una calle que corre en paralelo a una playa desolada y sucia. Las tiendas de flotadores, camisetas y recuerdos y las guesthouses que alquilan tablas de surf se han olvidado de guardar sus productos en el armario hasta la temporada que viene y todo tiene un aire de verano fantasma, de vacaciones canceladas. En mi paseo sólo me cruzo con un par de lugareños que me saludan con una sonrisa, no sé si de cortesía o de compasión. Quizá no tenga tanto que leer ni tanto que escribir, después de todo. Ok, dos días como mucho. Como mucho. ¿Y si me voy mañana mismo?

Pero entonces veo una luz al final de la calle. Conforme me acerco a ella una tenue cortina de música y voces va cerrándose sobre el silencio. Un letrero de madera reza "Don't Tell Mama". Dios mío, es un bar. Uno de verdad. Con barra. Y luces bajas. Y cerveza. Y un pequeño escenario en el que una batería y una guitarra esperan a que alguien las toque. Y "Next to You" de Police sonando a todo trapo. ¿Cuándo fue la última vez que entré en un bar con música? Debió de ser en Kampot, hace más de un mes. Contengo una lágrima mientras me siento en uno de los taburetes y con voz trémula pido una Skol helada.


Sentado a dos taburetes de mí un joven malayo (facción china) me acerca un plato de papaya madura. "Have some papaya, my friend. It's good for your health". Me como dos tajadas. Está realmente buena y da pie a una conversación estándar: de dónde vienes, adónde vas, cuánto tiempo llevas viajando, cómo se te ha ocurrido parar en Cherating... Al principio doy por supuesto que el joven malayo, que se presenta como Boon, es un parroquiano más. Pero resulta que es el dueño del lugar. El tipo es tremendamente simpático y la conversación fluye durante un buen rato. Mirando al escenario le pregunto si suele haber música en directo en el bar. Me dice que la batería está disponible para quien la quiera tocar. "Just for jammin'. Can you play?". Saca unas baquetas y durante un rato compruebo que cuatro meses de inactividad me han oxidado las muñecas y adormecido las piernas. Pero poco a poco me voy soltando y consigo arrancar unos aplausos. A partir de entonces me sentiré parte de la pequeña familia de Cherating, que tiene su centro de reunión en el Don't Tell Mama y está compuesta por seres que por distintas razones decidieron dejar atrás sus vidas anteriores y encontraron el refugio perfecto aquí, donde viven tranquilos sin que nadie les pida explicaciones ni les obligue a hacer nada que no quieran hacer. Estos son algunos de ellos.

Pablo
Pablo es chileno y lleva viajando mucho tiempo. Le gusta hacer ver que ha establecido su hogar en el movimiento perpetuo, que no le temblará la voz cuando tenga que despedirse e irse de aquí para siempre, pero creo que algo sí que le va a joder. Desde hace meses trabaja como camarero y vive en Don't Tell Mama, donde se comporta como un cliente más: su sed inagotable hará que algún día no queden cervezas que ofrecer a los parroquianos. Se lleva tan bien con Eve, su compañera de barra, que por un momento pienso que están juntos. Pero me lo desmienten. Se ha acostumbrado hasta tal punto a ir de un lado a otro que no necesita apenas preparativos para emprender la marcha. El primer día estuve hablando con él prácticamente hasta medianoche mientras trabajaba. De pronto, como si nada, me comentó que al día siguiente expiraba su visado malayo. "¿Y qué vas a hacer?". "Nada, en un rato tomo un autobús a KL, otro a Singapur, serán ocho o nueve horas de viaje, y si hay suerte me dejarán volver a entrar con un visado para otro mes y mañana por la noche estaré de vuelta. Y si no me dejan, pues nada, ya veremos. ¿Otra cerveza?". A la noche siguiente estaba de nuevo allí, con los ojos inyectados en sangre y treinta días de tranquilidad por delante.



Eve
Eve es enfermera cuando está en París. Y dice que le gusta mucho su trabajo, pero le gusta mucho más viajar, así que de vez en cuando vuelve a Francia, consigue sin problemas un puesto, ahorra un poco de dinero y vuelve a la carretera. Llegó a Cherating en noviembre y se quedó atascada aquí. Cuando su visado expira se da una vuelta por Indonesia o cualquier otro país y siempre vuelve a Cherating, donde ha establecido su campamento base. Trabaja unas horas al día en el Don't Tell Mama y es la dulzura hecha mujer. La conocí la primera noche, justo a la vez que a Pablo y a Boon. A la mañana siguiente, mientras estaba escribiendo la entrada "He visto cosas que no creeríais" en el porche de mi cabaña, escuché unas voces en la recepción de Mata Hari. "We are looking for a spanish guy. His name is Raúl. Is he here?". Tenía el día libre y vino con su amigo Fabien a buscarme, así, sin avisar, para ir a nadar a la piscina del mejor hotel de Cherating, que por supuesto está completamente vacío y por tanto a nadie le importa que tres intrusos se refresquen gratis y a todo lujo durante unas horas. "¿Qué vida más difícil llevamos, eh?", me suelta con una sonrisa en su castellano afrancesado mientras se tumba al sol en el borde de la piscina.

Fabien
Fabien es francés –aunque también habla en perfecto castellano e inglés– y desde hace algún tiempo trabaja en Payung Guesthouse, una de las principales casas de huéspedes de Cherating. Pero por su aspecto podría ser actor o modelo. Su éxito con las chicas que están de paso es absolutamente insoportable y no me extrañaría que en este mismo momento se estuviese fraguando en las sombras un complot para arrancarle los brazos y las piernas y echárselos a comer a los monos. Aunque es posible que ni por esas los demás tuviésemos alguna oportunidad...

Santana
Santana no se llama Santana, pero así es como Pablo y Eve lo llaman porque cada vez que entra en el bar exige que le pongan el Abraxas o cualquier tema del guitarrista mexicano. Tendrá sesenta y tantos años y siempre lleva un sombrero que le da un cierto aire de patriarca gitano o de personaje salido de una película de Emir Kusturica. Los cristales de sus gafas son tan gruesos (peceras, los llama Danny el americano) que es imposible saber si es chino, indio o europeo. Conduce peligrosamente un Mini de los clásicos y encadena las cervezas agarrándolas por el culo mientras suelta una ametralladora de socarronerías para las que Boon siempre encuentra una réplica. Sólo es el dueño de Coconut Guesthouse, pero le gusta dárselas (en broma) de dueño del pueblo.

Jose
Jose es un viajero extremo. Dejó Tenerife hace diez años para echarse a la carretera y de momento no ha vuelto. Estudió telecomunicaciones y durante un tiempo ganó un montón de dinero en un buen puesto. Pero la presión y la insatisfacción y otras muchas razones le llevaron al borde de sí mismo y decidió mandarlo todo al cuerno. Durante dos años se estableció en Inglaterra para aprender inglés. Después compró una caravana de segunda mano y se dedicó a recorrer Europa, trabajando de esto y de aquello allá donde paraba. Tras deshacerse de la caravana llegó a la India y a Nepal, países que sin duda le marcaron de muy distintas maneras, que le moldearon el cuerpo, la mirada –intensa, dura, pero también serena– y el carácter. Hoy vive con casi nada, gracias a una diminuta renta que le proporciona el alquiler de una casa que le dejó su madre en Tenerife. Con ella le llega para moverse, comprar comida y pagar un precio casi simbólico por la austera cabaña de madera en la que vive (a la que un día me invitó a comer junto con Fabien y Joey, una canadiense de paso por Cherating) y que temporalmente comparte con Mako, una pequeña japonesa que vive entre Malasia, la India, Italia y Japón. Le gusta tener gente en su casa (me ha ofrecido una habitación gratis en el caso de que decida volver) y es un buen cocinero, aunque, eso sí, estrictamente vegetariano. Suele pasearse por Cherating a bordo de una bicicleta plegable verde. Y si da la casualidad de que descarga una tormenta, aprovecha para ducharse en mitad de la calle para no tener que recurrir al agua de lluvia que acumula en un depósito instalado en su casa para ese menester. Ah, y se toma el billar muy en serio. Lleva dos meses en Cherating y dice que pronto volverá a moverse. No sé, me gustaría  encontrarlo aquí si regreso alguna vez.

Boon
Tiene treinta años pero aparenta bastantes menos. Su sentido del humor es tan extraño como desternillante y cuando está concentrado es capaz de mantener los diálogos alrededor de la barra en constante flujo. Su paciencia con sus camareros de paso no tiene límites, a pesar de algún que otro estallido de ira que se le pasa en treinta segundos y al que sigue una invitación a una ronda a todo aquel que haya sido testigo de su arrebato. Duerme poco, porque por las noches se dedica a masacrar gente online en cualquiera de los juegos a los que está enganchado (a su mujer, Sachiyo, japonesa, no parece importarle demasiado). También dice que tiene una pistola de verdad y que le gusta disparar a los monos, pero no estoy del todo seguro de que esto sea cierto. Pero por encima de todo es un gran conversador. Una de las noches nos dieron las tres de la madrugada hablando alrededor de una mesa, junto a su mujer, a Pablo y a Danny, un americano de Detroit que lleva una Gibson tatuada en el antebrazo y con el que he tocado un par de veces. Charlando con Boon he llegado a comprender un poco mejor la compleja y en apariencia bien avenida sociedad malaya, en la que los chinos son "ciudadanos de segunda" (y los indios de tercera): él mismo tiene que pagar de alquiler el doble de lo que paga por un local idéntico un malayo musulmán, simplemente por tener los ojos rasgados y a pesar de haber nacido en este país. Boon es la única constante en Cherating, un lugar que todos los demás, tarde o temprano, abandonarán para siempre.

Muchas veces a lo largo de este viaje he escuchado la frase "es la gente la que hace los lugares", pero nunca me ha parecido tan ajustada a la realidad como en Cherating. La gente que vive aquí es su auténtico atractivo y creo que debería considerarse patrimonio cultural y ser objeto de protección por la Unesco. He tenido mucha suerte: si hubiese llegado aquí sólo un par de meses antes o después no me habría cruzado con este fantástico grupo de locos, al menos no con todos ellos al mismo tiempo, y sin duda la experiencia habría sido distinta. Y aunque sé que es imposible, si alguna vez vuelvo (quizá dentro de un mes, quizá el año que viene) me gustaría que todo siguiese igual, entrar en Don't Tell Mama y encontrármelos a todos intercambiando bromas alrededor de la barra, hablando de sus vidas pasadas y futuras, jugando al billar, planeando una fiesta para el lunes en casa de Jose (no sabéis como me jode no haber podido asistir, chicos) y siendo total y absolutamente irrepetibles.

Gracias por todo amigos. Nos vemos pronto.


jueves, 10 de mayo de 2012

Rumbo a la costa este


Una de las reglas de este viaje me impide mirar fotos de los lugares a los que voy a ir. No quiero referencias visuales. Nada de vídeos. Al infierno con Google Street View. No quiero ahorrarme la sensación de estar perdido al principio, sin familiaridades, ni tampoco la satisfacción de empezar a no estarlo. Ocurre lo mismo con los libros. Prefiero no leer el texto que aparece en la espalda hasta haber llegado a la última página. Mejor no saber muy bien de qué va el juego hasta llevar un buen rato jugando. No andamos sobrados de sorpresas, así que por qué rebajar las muchas que un viaje o un libro nos tienen reservadas. Aunque sean desagradables.

Dejo Ipoh y me subo a un autobús con destino a Tanah Rata, en el corazón de Cameron Highlands, los "Alpes malayos", según se dice. Durante el viaje abro mi guía por la página del pequeño plano en blanco y negro del pueblo, la única pista que me permito tener, un enrejado de calles sobre el que la imaginación proyecta una tercera dimensión sirviéndose de los mejores materiales. Así levanto pequeñas casas de madera de dos alturas provistas de porches que miran hacia las montañas cubiertas de jungla, esa misma jungla que ya empieza a rodear al autobús conforme la carretera serpentea hacia las tierras altas. Me gustará sentarme a leer en uno de esos porches y sentir un poco de frío por primera vez en más de tres meses. Pasear un rato por el bosque. Tomar un té frente a una de las muchas plantaciones que hay en los alrededores. Me quedaré dos, tres noches. Quizá cuatro.

Pero en cuanto llego a Tanah Rata decido que me quedaré justito a tomar el té. Horrendo es un calificativo cariñoso con los monstruosos edificios que alguien sin corazón permitió construir aquí y en las poblaciones cercanas. Los bloques carcomidos por la humedad parecen haber sido transplantados desde una ciudad dormitorio del extrarradio de otro extrarradio. Por todas partes hay carteles que anuncian la construcción de nuevos complejos de apartamentos sin alma. Y sin porches, claro. De todas maneras, las montañas apenas son visibles desde aquí. Así que doy un paseo por el bosque, doy otro paseo por una plantación, me bebo mi té y me voy.


Ocurre algo parecido cuando llego a Kota Bharu, en el extremo noreste del país. Los escritores de mi guía, propensos a la adjetivación benévola, la califican de "sumamente agradable", un sutil eufemismo con el que sin duda quieren decir "abiertamente espantosa". Sin embargo, mi catarro se ha agravado y tengo que quedarme allí un par de días hasta sentirme en buenas condiciones para atacar mi nuevo destino, las islas Perhentians. Pero no es tiempo tirado a la basura. Kota Bharu es, según leo, uno de los lugares más conservadores del país, y a mis ojos tiene un cierto atractivo exótico. La mayoría simple musulmana se convierte aquí en mayoría absoluta. Apenas se ven indios ni chinos. Todas las mujeres, sin excepción,  llevan el pelo cubierto por el tudong. Los cánticos y mensajes desde los minaretes aportan un trasfondo sonoro casi constante. En el supermercado local, sobre las cajas registradoras, hay signos que indican cuál es la cola de los hombres y cuál la de las mujeres (si bien compruebo que nadie hace demasiado caso a esto). No hay alcohol de ninguna clase. Ni siquiera es posible encontrar cerveza en los 7Eleven (en mi última noche descubro un restaurante chino donde sí sirven Carlsberg y Skol. Está lleno, por supuesto). En mi guesthouse un cartel prohíbe manchar los vasos con alcohol traído del exterior.
















El mercado central es una orgía de colores, especialmente en las secciones de frutas y dulces. Me compro medio kilo de rambutanes (la fruta con pelo que esconde en su interior una especie de uva gorda o de litchi que a su vez encierra un fruto seco que parece un cruce entre una almendra y un pistacho) y cuatro "magdalenas" de coco, de color verde. Y los puestos de comida callejera que conforman el "mercado nocturno" son fantásticos. Allí tengo la oportunidad de probar el "arroz azul", mezclado con cordero, pollo, pescado, verduras o lo que uno quiera (excepto cerdo, por supuesto) y envuelto en papel de estraza. Por primera vez lo como con mi mano derecha, igual que hace todo el mundo aquí, entre miradas que pasan por alto mi torpeza.
















La gente sí que es "sumamente agradable". A las sonrisas que uno recibe gratis todos los días en Tailandia, Laos o Camboya, se añade aquí un "hello" que muchas veces me pilla desprevenido, mirando para otro sitio. "Oh, hello, hello, sorry". A Zeck y "Mamma", los dueños de mi guesthouse, les gusta hablar con sus huéspedes y termino las jornadas charlando con ellos en la destartalada "terraza" de la casa. "Easy-going Raúl", me llaman, supongo que por contraste con otros viajeros con menos tiempo y más prisa que yo. Zeck nació en las Perhentians y me da un par de buenas pistas para los próximos días. Insiste especialmente en que me calce las gafas, el tubo y las aletas y haga un poco de snorkeling allí.

"¿Y qué pasa con los tiburones?"

"Ah, sí, los tiburones. Hay muchos, ya verás"

"Bueno, preferiría no verlos, la verdad"

"No te preocupes, en mis sesenta años de vida nunca ha pasado nada"

"¿Nada?"

"Nada de nada"

sábado, 5 de mayo de 2012

Langkawi-Ipoh: un itinerario

 
Me levanto a las siete. Me ducho. Me visto. Cierro la mochila. Compruebo que no me dejo nada. Devuelvo la llave de la habitación. Luce el sol. Canta un pájaro raro. Echo un último vistazo a la charca. No hay rastro de la pitón. Pero los patos siguen sin atreverse a nadar. A las siete y media cojo un taxi hasta el embarcadero. Llego allí a las ocho. No hay plazas para el ferry a Kuala Kedah de las ocho y media. Compro un billete para el de las diez. Desayuno un café y un bollo. Me siento a leer frente al águila que da la bienvenida a la isla para hacer tiempo. A las diez me subo al ferry. Aire acondicionado polar. Me pongo la chaqueta. A las once y media llegamos a Kuala Kedah. Me quito la chaqueta. Pregunto por la parada de autobús para Alor Star. Por allí debe de andar, me contesta una china. Por allí me voy. Pero no la encuentro. Vuelvo a preguntar. Detrás de esa curva estaba ayer, me dice un indio. Detrás de esa curva me voy. Deduzco que un banco bajo los restos de una marquesina manchada de engrudo y papel viejo es la parada. Una niña de uniforme me lo confirma con una sonrisa. Cinco minutos después llega el autobús. Me subo al autobús. Me pongo la chaqueta. A las doce y media llego a Alor Star. Me quito la chaqueta. Pregunto si es de allí mismo de donde salen los autobuses a Ipoh. No, no es allí, es mucho más allí. Estornudo. Cojo un taxi que me lleva a la estación, situada en mucho más allí. Como un bocadillo malo. Compro un botellín de agua. A la una y media cojo el autobús para Ipoh. Me pongo la chaqueta. Doy un sorbo al botellín de agua en los kilómetros 25, 53 y 122. A las cinco llego a la estación de largo recorrido de Ipoh. Me quito la chaqueta. Pregunto dónde está la parada del autobús a la "city station". Plataforma uno. Espero veinte minutos en la plataforma uno. Me subo al autobús a la "city station". Me pongo la chaqueta. Los autobuses pueden pararse desde la calle como si fuesen taxis. Paramos varias veces y distintas personas suben. A las seis llego a la "city station". Me quito la chaqueta. Pregunto dónde se coge el autobús al centro. Es ese de ahí. Me subo a ese de ahí. Me pongo la chaqueta. Toso. Quince minutos después el chófer me indica que es aquí donde debo bajar. Error. Alrededor sólo hay hoteles caros. Y entonces empieza a llover. Nunca he visto llover de esta manera. Esto no es llover. Es otra cosa. Trato de inventar una palabra nueva. Pluviar. No. Triluviar. No. Stormatar. No. Desisto. Busco refugio en un garaje. Me quito la chaqueta. Me desembarazo de la mochila. La abro. Saco el poncho. Me lo pongo. Guardo la chaqueta. Cierro la mochila. La cubro con su funda impermeable. Me la vuelvo a echar encima. Espero veinte minutos. Toso. No amaina. De hecho, llueve... ok... stormata cada vez con más fuerza. Miro al cielo. Negro. Los rayos caen muy cerca. Los truenos explotan bajo mis pies y la onda expansiva me recorre el cuerpo de abajo arriba. No va a parar. Consulto el plano. Las guesthouses están a alrededor de un kilómetro de allí. Otro trueno. Se va la luz de la calle. Tengo que moverme o me quedaré allí toda la noche. Salgo de mi refugio y cruzo a la acera de enfrente.. Siento como si alguien volcase sobre mí una piscina olímpica. El agua me llega a los tobillos. Los dedos chapotean en las sandalias. Tres segundos bastan para estar totalmente empapado. Trato de parar un taxi. Pasa de largo. Trato de parar otro taxi. Ni siquiera me ve. Sigo caminando. El poncho protege del agua pero me hace sudar. Estornudo. Media hora después llego por fin a la primera guesthouse barata que aparece en mi guía. Han triplicado los precios desde que se editó. Vuelvo a la calle. Tras la cortina de agua detecto un letrero que reza "Paradise Hotel". Pero las escaleras que llevan a la "recepción" parecen las del "Hell Hotel". Igual que su dueño, un chino de unos 60 años. Flaco. Camiseta de tirantes. Boxers. Cigarrillo. No le gusta nada que esté dejando un charco en su suelo. Me enseña la habitación. Es una puta mierda. Y además está sucia. Me la quedo. No quiero volver a la calle y necesito una ducha caliente. Relleno la ficha con mis datos. Pago por una noche. El chino me da la llave. Entro en la habitación. Me desembarazo de la mochila. Me quito el poncho. Me quito toda la ropa. Toso. Entro en la ducha. Abro el grifo. Chirrido oxidado. No cae agua. Estornudo. Vuelvo a intentarlo. Nada. Salgo de la ducha. Me vuelvo a poner la ropa mojada. Toso. Estornudo. Toso. Salgo a la "recepción". Le digo al chino que la ducha no funciona. No se lo cree. Me acompaña a la habitación. Abre el grifo. Nada. Me pregunta si me es imprescindible ducharme. Le digo que acabo de decidir que me largo. Y que me devuelva el dinero. Se niega. Insisto. Me ofrece una habitación con una ducha que quizá funcione por el doble de dinero. Me niego. Quiero irme de allí y quiero mi dinero. Se niega. Pongo cara de haber matado a alguien muy alto y muy fuerte en un pasado muy reciente: he dicho que quiero irme de aquí y que quiero mi dinero. Ok ok ok. Me devuelve el dinero. Vuelvo a la habitación. Me pongo el poncho mojado. Me echo encima la mochila. Bajo las escaleras. Vuelvo a la calle. Sigue stormatando. Camino doscientos metros bajo el agua hasta el "hotel" Embassy. Quiero una habitación individual. Sólo les queda una doble. Me la enseñan. El fluorescente del techo duda cinco veces antes de encenderse. Cuando lo hace vierte una luz amarillenta ensombrecida por una película de insectos muertos. Aquí podrían vivir diez familias numerosas. Quizá lo hicieron hasta ayer. Las paredes me miran entrar con una tristeza ennegrecida. El baño es todo óxido y desolación. El precio es abusivo. Me largo. El agua no deja de caer del cielo a cubos. Estornudo. Toso. Toso. Estornudo. Decido romper una de mis reglas, agujerear mi bolsillo y pagar un hotel de verdad. Entro en el primero que me cruzo. "Ritz Garden Hotel", se hace llamar sin apenas rimbombancia. Relleno mis datos. Pago y me fundo de golpe el presupuesto de dos días. Subo a la habitación en algo a lo que llaman ascensor. Entro en la habitación. Me desprendo de la mochila. Me quito el poncho. Me quito la ropa mojada. Entro en la ducha. Activo el agua caliente al máximo. Sale más bien templada. Pero es suficiente. Salgo de la ducha. Me siento en la cama. Respiro hondo. Bostezo. Detecto movimiento a mi derecha, sobre la mesilla. Una cucaracha. Otra cucaracha. Separo la mesilla de la pared. La ciudad de las cucarachas. Estampo la mesilla contra la pared. Dos veces. Digo algo muy feo que atañe a Malasia y a su madre. En inglés de Baltimore. Abro la mochila. Me pongo una camiseta seca. Cierro la mochila. Me pongo los pantalones mojados. Me calzo las sandalias mojadas. Bajo a la recepción. Estornudo, me quejo, toso, estornudo, grito, estornudo, insulto al hotel. Cockroach Garden Motherfuckin' Hotel, lo llamo. El recepcionista se deshace en disculpas. Me da la llave de otra habitación. Vuelvo a la primera. Recojo mi mochila. Recojo el poncho mojado. Bajo al segundo piso. Entro en la nueva habitación. Busco cucarachas por todas las esquinas. No hay. Son las diez de la noche. Ni siquiera tengo hambre. Me quito los pantalones mojados. Me quito la camiseta seca. Me meto en la cama. Toso. Toso. Toso. Toso. Tengo catarro. Joder. Me sirvo un Flumil® doble. Straight, no chaser. Me duermo en diez segundos.


sábado, 28 de abril de 2012

Mi lugar en el mundo


Tanto buscarlo y resulta que estaba señalizado.

Resueltas (o, más bien, aplazadas) mis batallas interiores con Kuala Lumpur, me monto en un autobús rumbo a Penang. Parece que el proceso de readaptación al primer mundo se está llevando a cabo de manera satisfactoria, porque a pesar de que el asiento que me toca en suerte es una especie de sillón orejero biplaza, suntuosamente acolchado y totalmente reclinable, no me quejo ni exijo indignado que me lo cambien por un banquito de plástico rojo plantado en mitad del pasillo. Vamos bien.

Una de las razones por las que he venido a Malasia son sus islas. Penang es la primera de la lista, aunque técnicamente no puede considerarse del todo una isla, puesto que está conectada con la península por un larguísimo puente y por tanto es accesible por tierra. Tampoco se trata de una isla paradisíaca en el sentido estricto del adjetivo, ni siquiera tiene playas que merezcan ese nombre. La razón por la que me desplazo hasta Georgetown –ciudad trufada de mezquitas, templos de todas las religiones y restos de la presencia inglesa en la isla, que sobreviven a la sombra de horrendos rascacielos que no desentonarían en Benidorm– es su comida. Leo que la gente organiza expediciones de fin de semana desde KL, incluso desde Singapur, sólo para regalarse con las criaturas culinarias locales, fruto de los afortunados cruces entre las cocinas india, china y malaya. Así que me propongo hacer lo mismo y durante tres días deambulo entre Chinatown y Little India y reboto entre puestos callejeros y  casas de comidas. Nasi kandar, assam laksa, koay teow, mee goreng, murtabak o roti canai dejan de ser unos desconocidos para mí y cada día espero impaciente la hora del desayuno, la comida y la cena para seguir profundizando en este festival de sabores y aromas. Repito varias veces en un sencillo restaurante indio-malayo llamado Hammediyah donde bordan el murtabak, a pesar de que todos los días, invariablemente, uno de los camareros me arrebata el libro, folleto o guía que esté leyendo mientras espero mi plato para demostrarme lo bien que lee en inglés.

Una vez saciados mi apetito y mi curiosidad y viendo que no hay mucho más que hacer aquí, me siento en un banco a la sombra a tomarme un zumo de sandía (servido en bolsa de plástico con pajita, como es habitual en todo el sudeste asiático) y a decidir el próximo movimiento. El recuerdo del terrible atasco que tuve que sufrir para llegar a Georgetown desde la estación de autobuses, situada a varios kilómetros del centro de la ciudad, hace que me dé mucha pereza salir de la isla por tierra. El mar está mucho más cerca, así que decido huir en ferry hacia otra isla a la mañana siguiente. Pero de algún modo inexplicable parece como si la ciudad me hubiese leído el pensamiento y de inmediato pone en práctica un sucio chantaje emocional:

"No se vaya, por favor, no se vaya. ¿Es que no tiene usted corazón? ¿Es que no se da cuenta de todo lo que hemos hecho para que se sienta un hombre afortunado? ¿No ve que le hemos puesto su nombre a una calle? ¿No ve que hasta nos hemos tomado la molestia de señalarle cuál es su lugar en el mundo, para que deje de moverse de aquí para allá como pollo sin cabeza? Por dios bendito, ¡si hasta hemos erigido un templo en su honor!"

Mmmm, gracias, muchas gracias, de corazón, por todas estas atenciones que desde luego no merezco. Gracias, pero... no. Seguro que tengo otro lugar en el mundo esperándome por ahí.

En fin, casi seguro.



martes, 24 de abril de 2012

KL: diez razones para odiarla


Tengo un amigo –realizador de televisión y por tanto no del todo en sus cabales– que cada vez que entra conduciendo en Bilbao gruñe: "Esta es una ciudad inevacuable, joder. Vaya mierda de ciudad. ¿Has visto algo más inevacuable en tu vida? Si es que es totalmente inevacuable, hostia". Supongo que la inevacuabilidad es una razón tan buena como cualquier otra para odiar una ciudad. El odio es libre, ¿no? Al menos para compensar que el amor no lo es. Aunque debería.

En fin, al grano. Después de hora y media de vuelo desde Phnom Penh aterrizo en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur y entro así en el cuarto país de mi viaje, Malasia. Y en los días que paso en la capital noto cómo se me van acumulando los motivos para no enamorarme. Veamos:

1. Odio Kuala Lumpur ya antes de llegar a ella. Odio sus afueras desde el autobús al que me he subido en el aeropuerto porque al mirar a través de la ventanilla veo algo intolerable: una autopista perfecta. Asfalto perfecto, tierno y casi comestible. Seis carriles perfectos. Coches que circulan perfectamente alineados respetando a pies juntillas las normas internacionales de conducción y manteniendo una distancia de seguridad de una perfección nauseabunda. Por un momento temo que tras la próxima curva vaya a aparecer algo tan escalofriante como Eibar.

2. Odio el paisaje que la rodea, que parece sacado de una serie de dibujos animados de Hannah & Barbera: palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa. Al parecer en Malasia ya no hay selva. Olvídate de Emilio Salgari. Si quisieras jungla (menos mal que no la quieres), tendrías que pagar por entrar a un parque nacional primorosamente cartografiado. El aceite de palma, quién lo iba a decir, ha vencido a los tigres y a las serpientes y ha creado un escenario donde los únicos animales salvajes que podrían encontrarse a sus anchas son el oso Yogi, Magilla gorila, Pepepótamo y su hipogrito huracanado, Leoncio el león y Tristón.

3. La odio cuando ya estoy en ella porque después de dos meses de paisajes urbanos vírgenes camino por calles que se han dejado violar por los señores McDonald, 7 Eleven (hey, Sev), KFC, Domino, Häagen Dazs y Subway, todos a la vez, en lo que sólo puede describirse como un repugnante gangbang consentido.

4. La odio porque Chinatown y Little India, los únicos reductos de cierta autenticidad que quedan en la ciudad, son demasiado pequeños y al parecer lo van a ser aún más en el futuro. Varios carteles me piden que me una a la resistencia contra la destrucción de los viejos edificios. ¿Dónde hay que firmar?

5. La odio porque casi nadie va en moto y no hay rastro de tuk-tuks ni puestos a pie de carretera donde te vendan una mugrienta botella de coca-cola llena de bencina de la peor clase para llenar el depósito. Todo el mundo utiliza el autobús o el sky train o conduce coches no contaminantes alimentados por combustibles limpios que cumplen todos los protocolos. El resultado es un aire de una pureza irrespirable. Dios mío, otro Toyota Prius, ¿es que aquí nadie tiene compasión?

6. La odio porque veo pasar un autobús en el que un detective privado anuncia sus servicios, especializados en atrapar esposas infieles. Acabo de llegar y ya empiezan a  amenazar con reducirme el campo de batalla.


 7. Odio minuciosamente su diseño urbano, o más bien la ausencia absoluta de diseño urbano. Los rascacielos se dan de codazos en un sindiós urbanístico donde no hay lugar para las perspectivas limpias. Cualquier posibilidad de fuga se ve castrada por un nuevo megabanco de cien pisos plantado en mitad de lo que podría haber sido una avenida. Los ojos tropiezan constantemente con cosas, es imposible ver más allá de veinte metros. Los edificios, lejos de comunicarse entre sí y establecer alguna clase de ritmo, se insultan. Me subo a la KL Tower, a 276 metros del suelo, desde donde se domina toda Kuala Lumpur, y tengo la sensación de que un día alguien amontonó de cualquier manera los rascacielos sobre el tablero de la ciudad mientras pensaba cómo distribuirlos correctamente y después se fue a tomar un café y nunca volvió.

8. La odio porque se parece demasiado a Europa y sin embargo se empecina en vivir en el sudeste asiático. Y aunque en su defensa alega que sus taxistas actúan como cualquier tuktukero de Camboya, Laos o Tailandia (todos los taxis llevan una pegatina en la que se puede leer que es obligatorio utilizar el taxímetro y que está prohibido regatear, pero todos los taxistas a los que pregunto se niegan a hacerlo y, como siempre, hay que negociar), no consigue engañarme. Esta no es tu casa, KL. Deberías mudarte a algún lugar entre San Marino y Luxemburgo. No te preocupes, te recibirán con los brazos abiertos: eres previsible.


9. La odio (y esto es extensible a todo el país) porque a pesar de que las tres culturas que la habitan –chinos (básicamente budistas), indios (básicamente hinduistas) y malayos (básicamente musulmanes)– conviven sin mayores problemas, al parecer son los musulmanes los que en nombre de no sé qué directiva dictada por un tipo que no existe han puesto precio a la cerveza y a los licores para castigar a los perros infieles que nos empeñamos en mancharnos con ellos. Casi dos euros por una lata pequeña de Skol en el supermercado (y no hablemos de los bares) es la clase de información que puede desestabilizar un viaje desde el primer día.

10. Y te odio, KL –y esta es la razón que explica todas las demás y que confirma que no soy un monumento a la justicia–, porque no eres Phnom Penh.

En mi segunda mañana en la ciudad camino hasta las torres Petronas, dispuesto a odiarlas a mis anchas (hombre por favor, una vulgar compañía de petróleo y gas tratando de demostrar que no sólo la tiene más grande, más gorda y mas dura que AIG, el Bank Islam y el Marriott juntos, sino que además tiene dos, ¡ja!). Así que me planto allí, frente a la entrada principal, con el pequeño estanque a mi espalda, en un punto equidistante entre las dos torres, abro mi bocaza para empezar a hacerles saber alto y claro lo mucho que las odio, miro hacia arriba y... no puedo cerrar la boca. Me quedo así, quieto, con la boca abierta, durante cinco, diez minutos. Mierda, yo quería odiarlas, de verdad que quería, pero las amo, y el amor no es libre y este en particular es un amor fou, porque incluso me gusta el centro comercial que hay en su base y no hay nada que odie más en la Tierra que un centro comercial. No sé qué hacer, no estaba preparado para esto, así que hago lo que todo el mundo: desenfundo la cámara, encuadro las torres y disparo unas setenta y dos veces desde todos los ángulos posibles, planos generales y detalles, conmigo dentro y sin mí, click, click, click, click, en un frenesí fotográfico con el que quizá pretendo saciar mis ganas de mirarlas todo el tiempo y que finalmente me deja exhausto, relajado y blando, inmerso en una nebulosa casi poscoital.


Después cometo el error de ir a comer un chicken nasi lemak (arroz cocinado en agua de coco y acompañado de microanchoas secas y fritas, láminas de pepino fresco, cacahuetes y pollo en una salsa de algo que está extremadamente bueno) y sigo sin poder odiar, maldita sea. Y tampoco puedo odiar por la noche, cuando la ciudad se echa a la calle bajo las luces de los rascacielos y llego casi sin querer a Jalan Alor, atestada de puestos de comida callejera que emiten aromas tan desconocidos como apetitosos, y ceno el mejor pescado a la parrilla que he probado en todo el viaje. Parece que el paladar no me va a permitir odiar a gusto esta ciudad, este país. Mientras paseo de regreso a mi habitación, en un tugurio de Chinatown, miro a mi alrededor y encuentro en los grandes edificios, en los pasos elevados, en los trenes que cruzan el cielo ecos de Ridley Scott y de Fritz Lang. Y entonces noto que Phnom Penh empieza a soltarme, a dejarme ir.

Pero no nos engañemos. Hay algo que ni la inesperada belleza de las Petronas ni dos mil platos de la mejor comida del planeta pueden enmascarar, algo a lo que sí puedo aferrarme para seguir alimentando mi odio: Kuala Lumpur es una ciudad total, absoluta e irremediablemente inevacuable.


miércoles, 18 de abril de 2012

Últimos días en Phnom Penh


Dejo Siem Reap para regresar a Phnom Penh por última vez y siento que estoy volviendo a casa. Y en el autobús pienso que quizá debería haber extendido el visado, que este mes en Camboya, tan cargado de imágenes, de sensaciones, de personas a las que voy a echar de menos, se me ha ido muy deprisa. Dos semanas más, quizá... Pero ya es demasiado tarde. Un avión me espera a la vuelta de la esquina para llevarme a un país sin tuk-tuks. Sin cerveza barata. Sin calle 288.

Al bajar del autobús me encuentro con una ciudad fantasma. Todo el país celebra durante tres días el año nuevo khmer y los habitantes de la capital han salido huyendo en busca de las playas del sur o de los templos del norte. Las calles de Phnom Penh, habitualmente caóticas, ruidosas, saturadas de tráfico, guardan silencio. Persianas echadas, semáforos que trabajan para nadie, algún turista despistado que no entiende nada. El sol intensifica el hedor de la basura que se acumula en bolsas medio reventadas en todas las esquinas: los basureros también se han ido a comer cangrejo a Kep.

Dedico mis últimos días en Phnom Penh a recorrer una vez más mis lugares favoritos. Todo me resulta muy familiar, como si llevase aquí un año. Ya no necesito mapa para moverme por la ciudad. Llevo mi ropa a la lavandería. Compro algunas cosas para el viaje: una guía, una funda impermeable para la mochila, nuevas lecturas, una linterna de bolsillo (la vuestra nunca funcionó bien, hermana), ibuprofeno por si la muñeca o el tobillo vuelven a quejarse, unas "ray ban auténticas" por tres dólares en el "mercado ruso" (todavía no he encontrado un sitio donde cambiar el cristal roto de las buenas)...


Jo ha pasado el puente en el sur y a su regreso propone un plan típicamente expat que me saca de la estricta austeridad mochilera: combatir el calor nadando en la piscina del Hotel Cambodiana; tomar un cocktail con vistas al río en el bar del Foreign Correspondents Club; cenar en la terraza del tercer piso de un restaurante de la calle 240; ir a escuchar a la banda del Memphis Pub hasta que el cuerpo aguante. La buena vida durante unas horas.

Hoy es mi último día en Camboya. Con algo de pereza repaso documentos, compruebo horarios, calculo el dinero y el tiempo que me costará llegar mañana al aeropuerto. Salgo a las ocho. Al parecer no habrá más remedio que levantarse a las cinco y media. Mierda. Como unos fideos en The Little Noodle Shop. Recojo la ropa de la lavandería. La meto en la mochila sin sacarla de su bolsa de plástico. Ordenador. Cámara. Cables. Libros. Neceser. Creo que está todo. Mañana a las once y media aterrizaré en un mundo completamente distinto.

Hasta pronto, Camboya.

Gracias.




miércoles, 28 de marzo de 2012

Phnom Penh, je t'aime


Phnom Penh es una de esas ciudades. No resulta fácil de explicar. Es algo que se tiene o no se tiene. Y Phnom Penh lo tiene y lo tiene a espuertas. El comienzo no es fácil. Pasar de la quietud casi catatónica del sur de Laos al estruendo de una ciudad de dos millones de habitantes requiere un cierto esfuerzo mental y físico. De acuerdo, Phnom Penh no es Bangkok, pero el ruido y la polución desbocada y el tráfico sin ley están ahí, y mis oídos, adormecidos aún por el silencio analgésico del Mekong, reciben una dolorosa descarga de decibelios en cuanto me bajo del autobús y cinco, diez, quince conductores de tuk tuk se arremolinan en torno a mí para lanzarme a gritos sus ofertas, sus medias verdades, sus precios abusivos.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"


No hay más remedio que volver al ritual del regateo, siempre con la sonrisa en la cara, olvidar los cálculos en kips y acostumbrarse lo antes posible a la doble moneda que funciona aquí: dólares americanos y riels. Un dólar son cuatro mil riels. Y no hay centavos, sólo papel: un dólar cincuenta es un dólar y dos mil riels y así sucesivamente. En el trayecto hacia la guesthouse el omnipresente aroma a combustible quemado se mezcla con otro todavía sin identificar, algo así como un olor a ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Después de encontrar habitación llega mi momento favorito en cualquier viaje: una ducha, ropa limpia y, ahí abajo, un misterio por resolver, una ciudad sin desprecintar que me espera para perderme entre sus edificios e ir completando despacio, pieza a pieza, el puzzle de sus calles. En este caso la pesquisa debería resultar sencilla: Phnom Penh se ordena en una cuadrícula de calles numeradas: las pares van de este a oeste; las impares, de norte a sur. Sin embargo, pronto descubro que a la calle 172 sigue la 178 y a saber dónde se habrá metido la 174. 

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"


El agua no es sólo un magnífico conductor de la electricidad. También atrae con fuerza el metal, y esta es una constante que se da del mismo modo en el norte y en el sur y en el este y en el oeste del mundo y podríamos enunciarla como la cuarta ley de la termodinámica. A orillas del río Tonlé Sap se agrupan, siguiendo esta máxima, los hoteles más lujosos, los bares para extranjeros, el pub de Paddy, el restaurant La croisette, La cantina mexicana e incluso la tapería Pacharán, abierta en una gran mansión de tres pisos. A la altura de la calle 104 el paseo del río se puebla de occidentales sesentones, tipos zafios provistos de gran barriga y mirada turbia que van a la caza de tallas pequeñas en las que calzar sin holguras sus minúsculos penes. Sin embargo, algo más abajo, entre un vídeo-club y una perfumería de marca, descubro un indicio esperanzador, algo así como la poderosa raíz de un roble que ha conseguido quebrar el cemento que le han echado encima y asomarse, aun con cierta timidez, a la superficie que le fue arrebatada: una vieja tienda de ataúdes.


 "Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Compruebo aliviado que los asentamientos extranjeros constituyen tan sólo la corteza que recubre la carnosa pulpa de la ciudad. Basta con cruzar hacia el oeste Norodom Boulevard para descubrir que Phnom Penh está viva y en plena forma, que este lugar tiene alma y que será largo y costoso afeitarle las uñas. Al contrario que en Bangkok y que en la mayoría de las ciudades del sudeste asiático, las calles son estrechas y disponen de aceras de verdad, aceras que invitan al paseo lento, a curiosear en las tiendas de máquinas de coser, en los talleres de motos, en las imprentas, a perderse bajo la cúpula del mercado central, mezclarse con la gente de la ciudad y sentarse a disfrutar de un plato de fideos en uno de sus atestados puestos de comida.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

El calor, una vez más, es insoportable. Me siento en una terraza a la sombra de la calle 139 y pido una Angkor Beer helada, respetando el lema que aparece escrito en sus etiquetas: "my country, my beer". La mesa es muy grande y pronto dos lugareños me piden permiso para sentarse junto a mí. Ambos hablan inglés y uno de ellos, que se presenta como Ek Phanich, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, incluso me lanza un "¿Cómo está?" con un sorprendente acento cubano. Según me explica, pasó tres años destinado en Cuba y tuvo una novia cubana con la que sólo hablaba en español. No, no llegó a conocer a Castro, ja ja, qué cosas tienes. Otros amigos se van sentando alrededor de la mesa y la conversación bascula entre los temas habituales: chicas (prefieren las occidentales), fútbol (lo que de verdad les va son las apuestas), viajes (a Ek le gustaría viajar por libre, como yo, pero está casado, qué se le va a hacer), el coste de la vida en Camboya (Phnom Penh es más barato que Siem Reap) y mi primera experiencia con el durian.


Varias personas en San Sebastián me habían advertido de su pestilencia, de que hay que echarle valor para meterse su carne en la boca. Muchos hoteles en el sudeste asiático prohíben la entrada a quienes se les haya ocurrido comprar uno. Incluso ahora, en esta terraza de la 139, uno de los contertulios camboyanos afirma odiarlo con toda su alma. Pero tenemos enfrente un puesto de durians y su propietaria no deja de sonreírme tentándome a probar suerte. La mujer no habla inglés, así que Lim, el más joven de mis nuevos amigos, le pide que me abra uno pequeño, de alrededor de un kilo. Con la mano envuelta en una bolsa de plástico agarro uno de los seis "embriones" que se ocultan bajo su espinosa corteza y comienzo a chuparlo, porque la pulpa que rodea cada uno de los tres o cuatro huesos que se ocultan en cada pieza tiene una consistencia cremosa, distinta a cualquier otra cosa que haya podido probar. Su sabor es muy dulce y decido que me gusta. ¿Y el olor? Ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis. Phnom Penh huele a durian y por eso no recibo el puñetazo que esperaba.



"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Pues no. No voy a ir a los Killing fields ni mucho menos a los Shooting ranges. Vi la estupenda película de Roland Joffé en el cine Príncipe de Viana de Pamplona cuando se estrenó, hace casi treinta años. Vi conmocionado hace unos tres años en el Festival de San Sebastián el documental S21: La machine de mort Khmère Rouge, en el que el pintor Vann Nath, uno de los pocos supervivientes de la prisión denominada S21, se reencontraba mucho tiempo después con sus torturadores en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos. Los campos asesinos donde tantos camboyanos fueron conducidos para realizar trabajos forzados y finalmente ser ejecutados son ahora propiedad de una empresa privada empeñada en sacar partido económico del dolor de un pueblo que fue aniquilado casi en su cuarta parte en los años setenta por las huestes de Pol Pot. Leo que al propio Vann Nath –que hoy es el propietario de un famoso restaurante de la ciudad donde es posible ver sus pinturas– no le hace ninguna gracia que el lugar se haya convertido en una atracción turística más. Y qué puedo decir de los shooting ranges, los campos de tiro –uno de los cuales, en un bestial ejercicio de cinismo, está habilitado junto a los Killing fields– en los que es posible, a cambio de unos billetes, disparar un AK-47 o jugar con un lanzagranadas...

No, no voy a ir. Donde sí voy a ir es al Equinox, un bar fantástico en el sur de la ciudad, donde toca una banda de superhéroes del funk llamada –como no podía ser de otra forma– Durian. Allí conoceré a Jo –cuarenta y tantos, inglesa y profesora de inglés que lleva muchos años trabajando en distintos países del sudeste asiático–,  que me presentará a varios de sus colegas y me enseñará cómo viven los expats de Phnom Penh. Tremendas versiones de Sam & Dave, Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Otis Redding, Jamiroquai e incluso Rage Against the Machine se irán sucediendo mientras bailamos y sudamos y  bebemos –y sí, también fumamos– y de pronto me doy cuenta de que me estoy enganchando a esta ciudad descabellada, contradictoria y apasionante de la que me va a costar mucho salir.

jueves, 22 de marzo de 2012

El placer de viajar (Reloaded)


Frontera entre Laos y Camboya. Once de la mañana.

"Lo siento, pero no puede usté subirse a la minivan que va a Kratie" (léase en inglés khmer)

"¿Perdón?"

"Me ha oído usté perfectamente"

"Pero tengo el mismo billete que esas otras diez personas que sí se están subiendo"

"Ahí se equivoca, amigo"

"¿No es el mismo billete?"

"Por supuesto que lo es. Pero fíjese atentamente: lo que tiene usté ante sus ojos no son diez personas"

"¿No?"

"Pues claro que no. Son cinco parejas, ¿no se da cuenta, pollo? La minivan sólo tiene diez plazas y usté es el único que viaja solo. No pretenderá que destruya así como así, al azar, una de esas cinco felices uniones, que en nombre de una autoridad que nadie me ha concedido les impida mirar por la ventanilla con las manitas entrelazadas y suspirar al unísono frente a la singularidad camboyana, que separe sus destinos y siembre en sus almas el desasosiego ante la posibilidad de no volverse a ver nunca más... Desasosiego más que justificado, por otra parte, porque no sabe usté cómo es la carreterita que les espera"

"¿Y qué hago? ¿No es este el único vehículo que irá a Kratie en todo el día?"

"Me gustaría afirmar que está usté equivocado en este particular. Pero no lo está. Le felicito: tiene usté unas fuentes de información de todo punto fidedignas"

"¿Entonces?"

"Entonces corra bajo este sol del infierno hasta aquel autobús que se ve allá a lo lejos, el que está a puntito de salir, y pídales por favor que le dejen subir, a ver si cuela"

"Pero ese autobús va a Phnom Penh directamente"

"Kratie les pilla de camino. A lo mejor le acercan. Hala, a correr. Buena suerte, compañero".

Me he levantado de la cama a las seis sin apenas haber pegado ojo en toda la noche por culpa del estruendo que una monstruosa tormenta de siete horas provocaba al lanzar toneladas de agua contra el techo de hojalata de mi bungalow, que sonaba como tres mil percusionistas zydeco dejándose la vida contra sus washboards. Tras salir de Don Det en canoa ha habido que esperar dos horas al sol a que el autobús a la frontera decidiese abandonar su escondrijo y otras dos a que todo el mundo recuperase su correspondiente pasaporte después de pagar el visado y contribuir a la extra de primavera de los funcionarios de ambos lados de la raya. Y ahora, cuando llego de milagro al autobús que está a puntito de salir... no queda sitio.

"Pero no se preocupe usté, buenhombre, que algo ya apañaremos".



Algo es un banquito de plástico rojo plantado en mitad del pasillo del autobús. Viajaré sentado en él, con el mentón apoyado en las rodillas, durante dos horas de saltos, revolcones, acelerones y frenazos sobre una carretera que, a juzgar por el tamaño de los cráteres del asfalto, parece recién bombardeada. No soy el único: las plazas oficiales se habían agotado hace rato y el pasillo también está superpoblado. Quienes van hasta Phnom Penh tendrán que pasar once horas sobre su banquito rojo. Está claro que la decisión de partir el viaje a la capital en dos jornadas y hacer noche en Kratie ha sido todo un acierto.

Además, tengo suerte: el camboyano que iba sentado junto a mí se baja del autobús a mitad de camino hacia Kratie y me ofrece su sitio. Así puedo disfrutar cómodamente y en primera fila de un espectáculo fuera de cartel: el conductor cede su puesto durante un rato a un amiguete suyo que hasta ahora se había limitado a viajar de pie junto a él y darle conversación. Un par de kilómetros bastan para deducir que el amiguete en cuestión no ha conducido un autobús en su vida. Pero le hace ilusión y, después de todo, para eso están los amigos, ¿no? Cuando estamos a punto de estamparnos de frente contra un camión cargado de sacos hasta los topes el conductor titular da por finalizado el experimento y, entre carcajadas, obliga a su colega a parar en el arcén y a devolverle el volante.

En fin, a partir de ahora a lo mejor puedo dormir un rato...






jueves, 1 de marzo de 2012

Pakse. Laos



Frontera entre Tailandia y Laos. Ventanilla 7 del lado laosiano:

"Lo siento, pero no pienso devolverle a usté su pasaporte si no me paga ahora mismo un dólar" (léase en inglés laosiano)

"¿Perdón?".

"Me ha oído usté perfectamente".

"Pero si ya he pagado los 35 dólares que vale el visado ahí a la vuelta, pregúntele a su amigo el de la ventanilla 5 y le confirmará que no miento".

"Eso era por el visado. Esto es por el sello. Mire qué maravilla de tinta, no me dirá usté que no va a presumir de sello cuando vuelva allá de donde demonios venga. Compárelo con la chapuza que le pusieron en Tokio o en... ¿qué es Los Ángeles?".

"Sólo me queda un billete de cinco dólares. ¿Tiene cambio?".

"Pues no. Pero le aceptaré gustoso los cinco dólares, para que no diga que no le facilito las cosas".

"Ya. ¿Y si le pago en bahts tailandeses?".

"Entonces serán 50 bahts".

"Un dólar son 30 bahts".

"No en mi ventanilla".

De vuelta en el autobús internacional, con 50 bahts menos en el bolsillo, comento mi exposición al soborno institucionalizado con Louise. Sí, ella también estaba enterada de la tradición del "dólar extra", y sí, ella también ha jugado a que no lo sabía. Louise es de Nuevo México, tiene sesenta y dos años y desde hace cuatro meses pedalea por el sudeste asiático. Además de la mochila de rigor lleva consigo una pequeña maleta en la que guarda su bicicleta plegable. Me asegura que ha estado en Pai, que ha subido las mismas cuestas que yo escalé en moto sin poder pasar de 15 por hora en los alrededores de Mae Hong Son. Las rampas más duras del Tourmalet son las calles de Amsterdam comparadas con aquello.

"Pero con esa bici... y esas ruedas de mierda..."

"No te creas, lo importante es la distancia entre ejes. Es perfecta para mí"

"Estás loca, Louise".

"Ya, ya sé".

La conversación se queda ahí porque después de media hora de tierra árida y asfalto salpicado de polvo y arena el autobús enfila un larguísimo puente y todas la miradas, hasta entonces empequeñecidas por la fiereza del sol, se abren de par en par para zambullirse en la inmensidad de allí abajo, un refrescante bálsamo que parecía imposible sólo unos metros antes: el Mekong. Y al otro lado del puente, Pakse, capital mundial de la calma. Se supone que en Pakse viven más de sesenta mil almas, pero ahora, a media mañana, recién bajado del autobús, puedo escuchar mis propios pasos. Puedo escuchar mi propia respiración. Casi puedo escuchar cómo las gotas de sudor chirrían al salir por cada uno de mis poros. Aparte de eso, alguna scooter, el martillo de un obrero. O una radio, el sonido impreciso de una canción que llega deshilachada por la brisa del río.

Son las doce y el calor es tan brutal que toda la ciudad ha buscado un lugar para esconderse. Por mi parte, después de encontrar alojamiento y librarme de la mochila, me empeño en seguir el rastro del decadente perfume colonial de algunas de sus calles, quizá simplemente para disfrutar de ese silencio y de la pureza del aire, que por primera vez en un mes no huele a combustible quemado. Pero claro, estoy en Laos, el país más apacible, risueño y hospitalario que conozco, así que sólo media hora después de arrancar mi paseo alguien, desde la sombra de su casa, se fija en mí y en el calor que estoy pasando y con una sonrisa y un sabaidee me ofrece un vaso de cerveza helada –Beerlao, por supuesto– y aceptarlo basta para que se improvise una celebración.

Es un gusto estar de vuelta.





lunes, 27 de febrero de 2012

Malviajando


Durante cuatro días me encierro en una habitación para terminar un trabajo y cometo el error de reproducir las condiciones que habitualmente me rodean en el lado de allá: el ordenador contra la pared y la cadena Ser enchufada por internet. Durante cuatro días quito y pongo comas, remiendo frases y redistribuyo tildes mientras Francino me pone al día del hundimiento de Occidente y de los aprietos del Duque de Palma (o, mejor, el Pato de Palma –Duck of Palma–, como diría el Gene Hackman de Unforgiven). Terminado el encargo, me dispongo a salir a tomarme un pincho de tortilla y una caña, así que echo un vistazo por la ventana para ver si llueve. Y claro...

¿Qué es eso de ahí fuera?

Eso de ahí fuera, por supuesto, se llama Tailandia, pero yo he dejado de estar allí y la miro igual que un pez mira desde su pecera el mundo de los seres secos.

Lo que se ha instalado en mí se llama resistencia, un virus que a veces afecta al viajero y le hace ver y sentir cosas que hasta ahora había atribuido al propio espíritu del viaje o que simplemente había pasado por alto. Por suerte desaparece en unas veinticuatro horas sin más medicación que un poco de movimiento, unas cuantas sonrisas locales y un buen plato de arroz. Pero durante esas veinticuatro horas:

- Me subo a un autobús con destino a Khon Kaen, penúltima parada en mi ruta hacia Laos, y encuentro que los baches de la carretera son inaceptables y que el conductor es un suicida hijo de puta.

- Cuando llego a Khon Kaen son las tres de la tarde, el termómetro marca 42 grados y el sol está situado en una posición perfectamente perpendicular a la ciudad, de tal modo que ni los árboles ni los edificios proyectan sombra alguna. El mantra ¿por qué el jodido sudeste asiático y no Letonia, donde las mujeres son de nieve? martillea una y otra vez mi estado de ánimo.

- Mi olfato ha regresado a sus exigencias europeas: Khon Kaen huele como si todos sus habitantes hubiesen puesto a secar sus vómitos al sol.

- Al mirar al suelo veo cómo una rata persigue a una cucaracha. La atrapa. La mastica. Se la traga.

- Un perro me ladra y se empeña en seguirme. Pego un pisotón en el suelo para que se largue, pero en lugar de ahuyentarlo lo único que consigo es llamar la atención de otros dos perros –a uno le falta un ojo, en el pelaje del otro hay calvas de tiña– y que los tres me sigan con todos los dientes a la vista. Trato de huir sin que lo parezca.

- Por todo esto, en lugar de tomarme mi tiempo en buscar alojamiento me apresuro a meterme en la primera guesthouse que recomienda mi guía sin ver siquiera la habitación. Por la noche compruebo que el ventilador hace un ruido infernal y que mi crujiente camastro está infestado de moradores de los muelles que se cenan mi epidermis. Empapado en sudor y tras varias horas de insomnio, mi voz interior imita la (exterior) de Josele Santiago y canta con rabia la sangre aún me hierve cuando pienso en mi mala suerte y cuando me levanto en el jergón... ¡os maldigo!

Si se presentan estos síntomas es mejor cambiar de escenario, creerse, al menos por una vez, la mentira de que las causas del problema son externas. En mi caso funciona: a la mañana siguiente, el autobús que me saca de Khon Kaen y me lleva a Ubon Rachathani tiene dos pisos y me toca viajar en el de arriba, en primera fila, y así puedo ver de frente cómo, kilómetro a kilómetro, ese minúsculo destello dorado que hace un rato ha aparecido en el horizonte adquiere la forma de un enorme, apacible Buda.

Y cuando llego a Ubon Rachathani huele a pollo asado.

Lo siento, Khon Kaen. No estuve a la altura. Otra vez será.