"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)

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lunes, 28 de mayo de 2012

Jammin' in Melaka


Melaka (o Melacca o Malaca) podría definirse simplemente por oposición a Kota Bharu. La geografía ya las sitúa en extremos opuestos del país, en el noreste la segunda, en el suroeste la primera. A la dolorosa fealdad de Kota Bharu responde Melaka con un exquisito despliegue de canales y puentes que llevan a pensar irremediablemente en una miniatura de Venecia cubierta de grafitis. Los viejos edificios de su "casco antiguo", ocupado en su mayor parte por Chinatown, invitan a recrearse en el paseo, a detenerse en cualquiera de los restaurantes familiares que bordan los platos de la cocina "baba-nyonya" (fruto del cruce entre los recetarios chinos y malayos), a seguir los aromas del apacible mercado nocturno que abre los fines de semana y comprarse una bolsita de dumplings o unas galletas de piña (la ciudad es mucho más grande que el casco viejo, desde luego, pero no hace ninguna falta visitar los barrios modernos, que, por otra parte, son invisibles desde Chinatown).


Si Kota Bharu es el feudo musulmán del país, garante de las más puras esencias malayas, Melaka exhibe un despreocupado orgullo mestizo, un gusto por la mezcla que viene de muy lejos: desde comienzos del siglo XVI y hasta mediados del XX portugueses, holandeses y británicos se sucedieron en el dominio de la ciudad, punto estratégico para el control del comercio en las "indias orientales". Todos estos países dejaron su huella en la población, la cultura y la gastronomía, y en edificios como el Stadthuys, la Porta de Santiago o la iglesia de San Pablo, en los que aún resuena el eco de los cañones de una época en la que las batallas se libraban barco contra barco, justo ahí enfrente, en el estrecho de Melaka, entre Malasia y la costa indonesia de Sumatra. La ciudad está, por tanto, históricamente acostumbrada a tener visitas –deseadas o no– y desprende hospitalidad por todos sus poros. La convivencia entre las distintas culturas que habitan Malasia se da aquí como en ningún otro lugar del país. Por primera vez en todo este mes he visto a malayos musulmanes, chinos e indios compartiendo mesa y conversación, formando parte del mismo grupo de amigos, en lugar de recluirse en la familiaridad impermeable de sus respectivos guetos.

Sin embargo, hay algo que Melaka y Kota Bharu (y todo el resto de Malasia, a excepción de ciertas playas turísticas y de dos calles atestadas de extranjeros en KL que no parecen tener horario de cierre) sí comparten: a partir de las nueve de la noche la ciudad se apaga casi por completo. En cuanto la gente termina de cenar se retira a sus aposentos y las calles se vacían. Y no es que no haya bares al alcance de la mano en Melaka. Los hay y en cantidad. Pero sólo unos pocos lugareños con vocación de criaturas de la noche, artistas bohemios, representantes de la pequeña comunidad gay y, por supuesto, visitantes extranjeros, hacen uso de ellos. No somos muchos. Pero lo pasamos muy bien. Especialmente en Me & Mrs. Jones.


"Me" se llama o se hace llamar Hawk (malayo de ascendencia china) y es un hombre orquesta. Le he visto tocar con idéntico virtuosismo el piano, la guitarra, el bajo, la batería, la armónica y el violín (en algunos casos, al mismo tiempo), además de cantar. "Mrs. Jones" no se llama Mrs. Jones, pero por más que se lo pregunto nunca me confiesa su verdadero nombre, quizá porque sospecha que seré incapaz de pronunciarlo. Ella, malaya de ancestros portugueses, está a cargo de la barra, de atender a los clientes y de que a Hawk, su marido, nunca le falte una cerveza mientras está sobre el escenario. Entre los dos componen "Me & Mrs. Jones", que no es sólo una canción estupenda de Billy Paul, sino también el mejor bar de Melaka y el lugar donde durante tres noches consecutivas he tenido el honor de tocar con músicos de verdad, frente a un público de verdad. Entré en él por casualidad, mientras paseaba sin rumbo por las calles de Chinatown, al ver que en su interior había un piano y que las paredes estaban cubiertas de guitarras. Y una vez más, fue muy fácil. Un par de preguntas, un par de cervezas y sólo dos horas después de llegar a la ciudad me veo sentado a la batería, esforzándome por no meter la pata en un blues sencillo junto a Hawk al bajo y su amigo Joe (que tampoco se llama Joe) a la guitarra. Cosas que sólo ocurren en Asia. De algún modo paso la prueba (por los pelos) y a lo largo de las dos noches siguientes seré el batería oficial del lugar ("on the drums, Senhor Raúl!!"), dos noches inolvidables que entre todos, músicos y público –local y llegado de todos los confines del planeta– convertiremos en una auténtica fiesta a base de blues y funk improvisado.



Me resulta difícil imaginar un final más perfecto para mi estancia en Malasia, un país que ha estado a punto de sacarme de quicio un par de veces, con el que me costó más de lo previsto conectar, pero que ha terminado por meterme en su bolsillo. Me marcho cargado de sensaciones y de nuevos amigos a los que espero volver a ver algún día. Pienso ahora que si mi "vuelta a Malasia" se hubiese desarrollado en el sentido contrario a las agujas del reloj (es decir, al revés de como más o menos ha terminado pasando) el viaje habría sido muy distinto y sin duda más pausado. Habría invertido mucho más tiempo en Melaka y en Cherating, quizá habría llegado a conocer la isla de Tioman (me espera para la próxima vez), posiblemente no habría cruzado a Penang y estoy casi seguro de que nunca habría llegado a Kota Bharu, Cameron Highlands e Ipoh. En fin, no lo sé. Lo que sí sé es que algunos de los mejores momentos de este asunto exterior, algunos de los más intensos e inesperados, han ocurrido en este país.

Y por si fuera poco, he terminado por encontrar cuatro o cinco buenas razones para no odiar KL.

Selamat tinggal, Malasia. Terima kasih.


Carlos el güey mexicano, Senhor Raúl, Mr. Joe, Mrs. Jones, Mr. Hawk y Mr. Bala

jueves, 10 de mayo de 2012

Rumbo a la costa este


Una de las reglas de este viaje me impide mirar fotos de los lugares a los que voy a ir. No quiero referencias visuales. Nada de vídeos. Al infierno con Google Street View. No quiero ahorrarme la sensación de estar perdido al principio, sin familiaridades, ni tampoco la satisfacción de empezar a no estarlo. Ocurre lo mismo con los libros. Prefiero no leer el texto que aparece en la espalda hasta haber llegado a la última página. Mejor no saber muy bien de qué va el juego hasta llevar un buen rato jugando. No andamos sobrados de sorpresas, así que por qué rebajar las muchas que un viaje o un libro nos tienen reservadas. Aunque sean desagradables.

Dejo Ipoh y me subo a un autobús con destino a Tanah Rata, en el corazón de Cameron Highlands, los "Alpes malayos", según se dice. Durante el viaje abro mi guía por la página del pequeño plano en blanco y negro del pueblo, la única pista que me permito tener, un enrejado de calles sobre el que la imaginación proyecta una tercera dimensión sirviéndose de los mejores materiales. Así levanto pequeñas casas de madera de dos alturas provistas de porches que miran hacia las montañas cubiertas de jungla, esa misma jungla que ya empieza a rodear al autobús conforme la carretera serpentea hacia las tierras altas. Me gustará sentarme a leer en uno de esos porches y sentir un poco de frío por primera vez en más de tres meses. Pasear un rato por el bosque. Tomar un té frente a una de las muchas plantaciones que hay en los alrededores. Me quedaré dos, tres noches. Quizá cuatro.

Pero en cuanto llego a Tanah Rata decido que me quedaré justito a tomar el té. Horrendo es un calificativo cariñoso con los monstruosos edificios que alguien sin corazón permitió construir aquí y en las poblaciones cercanas. Los bloques carcomidos por la humedad parecen haber sido transplantados desde una ciudad dormitorio del extrarradio de otro extrarradio. Por todas partes hay carteles que anuncian la construcción de nuevos complejos de apartamentos sin alma. Y sin porches, claro. De todas maneras, las montañas apenas son visibles desde aquí. Así que doy un paseo por el bosque, doy otro paseo por una plantación, me bebo mi té y me voy.


Ocurre algo parecido cuando llego a Kota Bharu, en el extremo noreste del país. Los escritores de mi guía, propensos a la adjetivación benévola, la califican de "sumamente agradable", un sutil eufemismo con el que sin duda quieren decir "abiertamente espantosa". Sin embargo, mi catarro se ha agravado y tengo que quedarme allí un par de días hasta sentirme en buenas condiciones para atacar mi nuevo destino, las islas Perhentians. Pero no es tiempo tirado a la basura. Kota Bharu es, según leo, uno de los lugares más conservadores del país, y a mis ojos tiene un cierto atractivo exótico. La mayoría simple musulmana se convierte aquí en mayoría absoluta. Apenas se ven indios ni chinos. Todas las mujeres, sin excepción,  llevan el pelo cubierto por el tudong. Los cánticos y mensajes desde los minaretes aportan un trasfondo sonoro casi constante. En el supermercado local, sobre las cajas registradoras, hay signos que indican cuál es la cola de los hombres y cuál la de las mujeres (si bien compruebo que nadie hace demasiado caso a esto). No hay alcohol de ninguna clase. Ni siquiera es posible encontrar cerveza en los 7Eleven (en mi última noche descubro un restaurante chino donde sí sirven Carlsberg y Skol. Está lleno, por supuesto). En mi guesthouse un cartel prohíbe manchar los vasos con alcohol traído del exterior.
















El mercado central es una orgía de colores, especialmente en las secciones de frutas y dulces. Me compro medio kilo de rambutanes (la fruta con pelo que esconde en su interior una especie de uva gorda o de litchi que a su vez encierra un fruto seco que parece un cruce entre una almendra y un pistacho) y cuatro "magdalenas" de coco, de color verde. Y los puestos de comida callejera que conforman el "mercado nocturno" son fantásticos. Allí tengo la oportunidad de probar el "arroz azul", mezclado con cordero, pollo, pescado, verduras o lo que uno quiera (excepto cerdo, por supuesto) y envuelto en papel de estraza. Por primera vez lo como con mi mano derecha, igual que hace todo el mundo aquí, entre miradas que pasan por alto mi torpeza.
















La gente sí que es "sumamente agradable". A las sonrisas que uno recibe gratis todos los días en Tailandia, Laos o Camboya, se añade aquí un "hello" que muchas veces me pilla desprevenido, mirando para otro sitio. "Oh, hello, hello, sorry". A Zeck y "Mamma", los dueños de mi guesthouse, les gusta hablar con sus huéspedes y termino las jornadas charlando con ellos en la destartalada "terraza" de la casa. "Easy-going Raúl", me llaman, supongo que por contraste con otros viajeros con menos tiempo y más prisa que yo. Zeck nació en las Perhentians y me da un par de buenas pistas para los próximos días. Insiste especialmente en que me calce las gafas, el tubo y las aletas y haga un poco de snorkeling allí.

"¿Y qué pasa con los tiburones?"

"Ah, sí, los tiburones. Hay muchos, ya verás"

"Bueno, preferiría no verlos, la verdad"

"No te preocupes, en mis sesenta años de vida nunca ha pasado nada"

"¿Nada?"

"Nada de nada"

sábado, 28 de abril de 2012

Mi lugar en el mundo


Tanto buscarlo y resulta que estaba señalizado.

Resueltas (o, más bien, aplazadas) mis batallas interiores con Kuala Lumpur, me monto en un autobús rumbo a Penang. Parece que el proceso de readaptación al primer mundo se está llevando a cabo de manera satisfactoria, porque a pesar de que el asiento que me toca en suerte es una especie de sillón orejero biplaza, suntuosamente acolchado y totalmente reclinable, no me quejo ni exijo indignado que me lo cambien por un banquito de plástico rojo plantado en mitad del pasillo. Vamos bien.

Una de las razones por las que he venido a Malasia son sus islas. Penang es la primera de la lista, aunque técnicamente no puede considerarse del todo una isla, puesto que está conectada con la península por un larguísimo puente y por tanto es accesible por tierra. Tampoco se trata de una isla paradisíaca en el sentido estricto del adjetivo, ni siquiera tiene playas que merezcan ese nombre. La razón por la que me desplazo hasta Georgetown –ciudad trufada de mezquitas, templos de todas las religiones y restos de la presencia inglesa en la isla, que sobreviven a la sombra de horrendos rascacielos que no desentonarían en Benidorm– es su comida. Leo que la gente organiza expediciones de fin de semana desde KL, incluso desde Singapur, sólo para regalarse con las criaturas culinarias locales, fruto de los afortunados cruces entre las cocinas india, china y malaya. Así que me propongo hacer lo mismo y durante tres días deambulo entre Chinatown y Little India y reboto entre puestos callejeros y  casas de comidas. Nasi kandar, assam laksa, koay teow, mee goreng, murtabak o roti canai dejan de ser unos desconocidos para mí y cada día espero impaciente la hora del desayuno, la comida y la cena para seguir profundizando en este festival de sabores y aromas. Repito varias veces en un sencillo restaurante indio-malayo llamado Hammediyah donde bordan el murtabak, a pesar de que todos los días, invariablemente, uno de los camareros me arrebata el libro, folleto o guía que esté leyendo mientras espero mi plato para demostrarme lo bien que lee en inglés.

Una vez saciados mi apetito y mi curiosidad y viendo que no hay mucho más que hacer aquí, me siento en un banco a la sombra a tomarme un zumo de sandía (servido en bolsa de plástico con pajita, como es habitual en todo el sudeste asiático) y a decidir el próximo movimiento. El recuerdo del terrible atasco que tuve que sufrir para llegar a Georgetown desde la estación de autobuses, situada a varios kilómetros del centro de la ciudad, hace que me dé mucha pereza salir de la isla por tierra. El mar está mucho más cerca, así que decido huir en ferry hacia otra isla a la mañana siguiente. Pero de algún modo inexplicable parece como si la ciudad me hubiese leído el pensamiento y de inmediato pone en práctica un sucio chantaje emocional:

"No se vaya, por favor, no se vaya. ¿Es que no tiene usted corazón? ¿Es que no se da cuenta de todo lo que hemos hecho para que se sienta un hombre afortunado? ¿No ve que le hemos puesto su nombre a una calle? ¿No ve que hasta nos hemos tomado la molestia de señalarle cuál es su lugar en el mundo, para que deje de moverse de aquí para allá como pollo sin cabeza? Por dios bendito, ¡si hasta hemos erigido un templo en su honor!"

Mmmm, gracias, muchas gracias, de corazón, por todas estas atenciones que desde luego no merezco. Gracias, pero... no. Seguro que tengo otro lugar en el mundo esperándome por ahí.

En fin, casi seguro.



martes, 24 de abril de 2012

KL: diez razones para odiarla


Tengo un amigo –realizador de televisión y por tanto no del todo en sus cabales– que cada vez que entra conduciendo en Bilbao gruñe: "Esta es una ciudad inevacuable, joder. Vaya mierda de ciudad. ¿Has visto algo más inevacuable en tu vida? Si es que es totalmente inevacuable, hostia". Supongo que la inevacuabilidad es una razón tan buena como cualquier otra para odiar una ciudad. El odio es libre, ¿no? Al menos para compensar que el amor no lo es. Aunque debería.

En fin, al grano. Después de hora y media de vuelo desde Phnom Penh aterrizo en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur y entro así en el cuarto país de mi viaje, Malasia. Y en los días que paso en la capital noto cómo se me van acumulando los motivos para no enamorarme. Veamos:

1. Odio Kuala Lumpur ya antes de llegar a ella. Odio sus afueras desde el autobús al que me he subido en el aeropuerto porque al mirar a través de la ventanilla veo algo intolerable: una autopista perfecta. Asfalto perfecto, tierno y casi comestible. Seis carriles perfectos. Coches que circulan perfectamente alineados respetando a pies juntillas las normas internacionales de conducción y manteniendo una distancia de seguridad de una perfección nauseabunda. Por un momento temo que tras la próxima curva vaya a aparecer algo tan escalofriante como Eibar.

2. Odio el paisaje que la rodea, que parece sacado de una serie de dibujos animados de Hannah & Barbera: palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa. Al parecer en Malasia ya no hay selva. Olvídate de Emilio Salgari. Si quisieras jungla (menos mal que no la quieres), tendrías que pagar por entrar a un parque nacional primorosamente cartografiado. El aceite de palma, quién lo iba a decir, ha vencido a los tigres y a las serpientes y ha creado un escenario donde los únicos animales salvajes que podrían encontrarse a sus anchas son el oso Yogi, Magilla gorila, Pepepótamo y su hipogrito huracanado, Leoncio el león y Tristón.

3. La odio cuando ya estoy en ella porque después de dos meses de paisajes urbanos vírgenes camino por calles que se han dejado violar por los señores McDonald, 7 Eleven (hey, Sev), KFC, Domino, Häagen Dazs y Subway, todos a la vez, en lo que sólo puede describirse como un repugnante gangbang consentido.

4. La odio porque Chinatown y Little India, los únicos reductos de cierta autenticidad que quedan en la ciudad, son demasiado pequeños y al parecer lo van a ser aún más en el futuro. Varios carteles me piden que me una a la resistencia contra la destrucción de los viejos edificios. ¿Dónde hay que firmar?

5. La odio porque casi nadie va en moto y no hay rastro de tuk-tuks ni puestos a pie de carretera donde te vendan una mugrienta botella de coca-cola llena de bencina de la peor clase para llenar el depósito. Todo el mundo utiliza el autobús o el sky train o conduce coches no contaminantes alimentados por combustibles limpios que cumplen todos los protocolos. El resultado es un aire de una pureza irrespirable. Dios mío, otro Toyota Prius, ¿es que aquí nadie tiene compasión?

6. La odio porque veo pasar un autobús en el que un detective privado anuncia sus servicios, especializados en atrapar esposas infieles. Acabo de llegar y ya empiezan a  amenazar con reducirme el campo de batalla.


 7. Odio minuciosamente su diseño urbano, o más bien la ausencia absoluta de diseño urbano. Los rascacielos se dan de codazos en un sindiós urbanístico donde no hay lugar para las perspectivas limpias. Cualquier posibilidad de fuga se ve castrada por un nuevo megabanco de cien pisos plantado en mitad de lo que podría haber sido una avenida. Los ojos tropiezan constantemente con cosas, es imposible ver más allá de veinte metros. Los edificios, lejos de comunicarse entre sí y establecer alguna clase de ritmo, se insultan. Me subo a la KL Tower, a 276 metros del suelo, desde donde se domina toda Kuala Lumpur, y tengo la sensación de que un día alguien amontonó de cualquier manera los rascacielos sobre el tablero de la ciudad mientras pensaba cómo distribuirlos correctamente y después se fue a tomar un café y nunca volvió.

8. La odio porque se parece demasiado a Europa y sin embargo se empecina en vivir en el sudeste asiático. Y aunque en su defensa alega que sus taxistas actúan como cualquier tuktukero de Camboya, Laos o Tailandia (todos los taxis llevan una pegatina en la que se puede leer que es obligatorio utilizar el taxímetro y que está prohibido regatear, pero todos los taxistas a los que pregunto se niegan a hacerlo y, como siempre, hay que negociar), no consigue engañarme. Esta no es tu casa, KL. Deberías mudarte a algún lugar entre San Marino y Luxemburgo. No te preocupes, te recibirán con los brazos abiertos: eres previsible.


9. La odio (y esto es extensible a todo el país) porque a pesar de que las tres culturas que la habitan –chinos (básicamente budistas), indios (básicamente hinduistas) y malayos (básicamente musulmanes)– conviven sin mayores problemas, al parecer son los musulmanes los que en nombre de no sé qué directiva dictada por un tipo que no existe han puesto precio a la cerveza y a los licores para castigar a los perros infieles que nos empeñamos en mancharnos con ellos. Casi dos euros por una lata pequeña de Skol en el supermercado (y no hablemos de los bares) es la clase de información que puede desestabilizar un viaje desde el primer día.

10. Y te odio, KL –y esta es la razón que explica todas las demás y que confirma que no soy un monumento a la justicia–, porque no eres Phnom Penh.

En mi segunda mañana en la ciudad camino hasta las torres Petronas, dispuesto a odiarlas a mis anchas (hombre por favor, una vulgar compañía de petróleo y gas tratando de demostrar que no sólo la tiene más grande, más gorda y mas dura que AIG, el Bank Islam y el Marriott juntos, sino que además tiene dos, ¡ja!). Así que me planto allí, frente a la entrada principal, con el pequeño estanque a mi espalda, en un punto equidistante entre las dos torres, abro mi bocaza para empezar a hacerles saber alto y claro lo mucho que las odio, miro hacia arriba y... no puedo cerrar la boca. Me quedo así, quieto, con la boca abierta, durante cinco, diez minutos. Mierda, yo quería odiarlas, de verdad que quería, pero las amo, y el amor no es libre y este en particular es un amor fou, porque incluso me gusta el centro comercial que hay en su base y no hay nada que odie más en la Tierra que un centro comercial. No sé qué hacer, no estaba preparado para esto, así que hago lo que todo el mundo: desenfundo la cámara, encuadro las torres y disparo unas setenta y dos veces desde todos los ángulos posibles, planos generales y detalles, conmigo dentro y sin mí, click, click, click, click, en un frenesí fotográfico con el que quizá pretendo saciar mis ganas de mirarlas todo el tiempo y que finalmente me deja exhausto, relajado y blando, inmerso en una nebulosa casi poscoital.


Después cometo el error de ir a comer un chicken nasi lemak (arroz cocinado en agua de coco y acompañado de microanchoas secas y fritas, láminas de pepino fresco, cacahuetes y pollo en una salsa de algo que está extremadamente bueno) y sigo sin poder odiar, maldita sea. Y tampoco puedo odiar por la noche, cuando la ciudad se echa a la calle bajo las luces de los rascacielos y llego casi sin querer a Jalan Alor, atestada de puestos de comida callejera que emiten aromas tan desconocidos como apetitosos, y ceno el mejor pescado a la parrilla que he probado en todo el viaje. Parece que el paladar no me va a permitir odiar a gusto esta ciudad, este país. Mientras paseo de regreso a mi habitación, en un tugurio de Chinatown, miro a mi alrededor y encuentro en los grandes edificios, en los pasos elevados, en los trenes que cruzan el cielo ecos de Ridley Scott y de Fritz Lang. Y entonces noto que Phnom Penh empieza a soltarme, a dejarme ir.

Pero no nos engañemos. Hay algo que ni la inesperada belleza de las Petronas ni dos mil platos de la mejor comida del planeta pueden enmascarar, algo a lo que sí puedo aferrarme para seguir alimentando mi odio: Kuala Lumpur es una ciudad total, absoluta e irremediablemente inevacuable.


jueves, 5 de abril de 2012

Las razones de Kampot


 Hay algo en los edificios viejos que me hace sentir bien. Quizá sea su falta de agresividad, su total ausencia de soberbia. Tal vez la humildad con la que asumen su imperfección, la sinceridad con la que muestran sus heridas. Me gusta lo que el tiempo hace con las cosas, cómo las indvidualiza y las distancia de las que en origen fueron sus gemelas, cómo las mancha de óxido y humedad sin seguir patrón alguno, cómo las convierte en únicas a través de una degradación lenta y personalizada. Suele decirse de lugares como Kampot que parecen haberse "detenido en el tiempo", pero no es cierto. Kampot ha seguido avanzando con el tiempo, expuesta al tiempo, indefensa ante el tiempo, abandonada a sus caprichos. Son nuestros impecables edificios modernos los que se empeñan en pararse en el tiempo, en no envejecer, en mostrar siempre esa misma cara altiva, aséptica, indiferente al agua y al fuego, una y mil veces rehabilitados, para ser siempre nuevos hoy y mañana y dentro de cien años. Son nuestros objetos los que se estancan, los que frenan de golpe, los que ni siquiera tienen tiempo de recibir un simple arañazo, los que sólo pueden existir en dos estados: nuevos o muertos. ¿Hay algo más feo, más imbécilmente nuevo, más costosamente frágil, más relucientemente inútil, más insultantemente breve, más burdamente idéntico a sí mismo que un iPhone?, me pregunto mientras paseo entre muros despellejados, ennegrecidos, enfermos de tiempo.


El lugar de honor de Kampot no lo ocupa un santo ni un mártir ni un soldado ni un político ni un príncipe ni un rey ni un emperador. El núcleo de Kampot, el cruce al que van a dar todos los caminos y del que parten todas las rutas no está dedicado a Dios ni a Jesucristo ni a la Virgen ni a Buda ni a Alá ni a Vishnu. La ciudad de Kampot decidió en algún momento reservar ese privilegio al pestilente orgullo de esta región: el durian. Es aquí donde se producen los mejores, los más pequeños y sabrosos, los más dulces y aromáticos de Camboya. Propósito para el futuro: conseguir firmas para sustituir a San Sebastián asaeteado por una anchoa, a San Francisco Javier por un espárrago, a la Moreneta por una butifarra, a Santiago por un manojo de percebes, a Jaume I El Conqueridor por una paella con garrofons, a Espartero a caballo por una orejita de El Perchas, a Nuestra Señora de la Almudena por un bocadillo de calamares.


No me ofrecen un refresco. No me sugieren un arsenal de productos para una calvicie que no sufro, para camuflar unas canas que me gustan, para abrillantar mi pelo, para darle un aspecto despeinado, para darle un aspecto no despeinado, para no darle aspecto en absoluto. No me obligan a escuchar un programa para idiotas que está sintonizado en la tele de plasma que pende de ahí arriba. No tengo que esperar media hora hojeando revistas dirigidas a los mismos idiotas que ahora mismo están viendo ese programa. No estoy rodeado de fotos de gente mucho más guapa, delgada, joven y atractiva que yo. No me obligan a mantener una conversación. No me abandonan para atender el teléfono cada tres minutos. No se quejan de la tozudez de mis remolinos. No me cobran treinta euros.

Una sala. Dos espejos. Un poco de talco. Un par de tijeras. Un tipo que sabe perfectamente qué hacer con ellas. Un cliente feliz. Más ligero. Más fresco.


Johan es francés, aunque nació en Bélgica. Llegó a Kampot con Anne, su mujer, hace más de tres años, después de pasar una temporada en Sri Lanka. A lo largo de su vida ha tenido decenas de trabajos diferentes, pero nunca ha dejado de cumplir con lo que él mismo denomina mi sacerdocio: la música. Johan es un batería asombrosamente bueno. Lo demuestra todos los sábados en las jam sessions que organiza en su pequeño bar, el ABC (Art Bar Craze), en las que toca con cualquiera que sepa agarrar un instrumento con cierta gracia. Empezó con la batería siendo un crío y desde entonces se ha puesto al servicio de pachangas, bandas callejeras, orquestas sinfónicas, grupos de jazz, de pop, de rock, chanson française y lo que fuese menester. El año pasado cumplió los sesenta y sigue disfrutando de cada uno de los minutos en que tiene las baquetas entre los dedos. (La primera noche, sábado, agarré una pandereta y me puse a tocar un par de blues rápidos con él y con Shawn, canadiense, guitarrista habitual del lugar. Shawn se había pasado con la cerveza y sus manos lo acusaban, seguir sus devaneos con el ritmo y tratar de llevarle de nuevo al redil resultaba francamente difícil. De algún modo lo conseguimos, hubo quien aplaudió y una cerveza me salió gratis).

Si como músico es bueno, como conversador es insuperable. Mientras encadena un cigarrillo tras otro, un ron con piña tras otro, las gafas siempre en la punta de la nariz, despliega un francés preciso y afilado –alternado con un buen inglés en función de quién sea su interlocutor– que modula como si fuese un instrumento. Uno sabe que cuando su voz baja a los tonos graves está preparando una de sus frecuentes explosiones de indignación frente al mundo: Au secours! C'est le bordel, ça! Durante cuatro noches seguidas he disfrutado mucho hablando de música con él, comentando los discos y los vídeos que iba poniendo en el estupendo equipo del bar. Es un adorador de Frank Zappa, del rock progresivo de Yes, Emerson Lake & Palmer o King Crimson, de Chick Corea y su Return to Forever, de Joe Zawinul y su Weather Report. Pero su capacidad para cambiar de tema no tiene límites: en un mismo fraseo verbal puede pasar de mostrar su rendida admiración por Bill Bruford a arremeter contra el descomunal complejo hotelero que están construyendo en lo alto del Bokor Park, a 40 kilómetros de Kampot, pensar en el frío que debieron de pasar los buscadores de oro del Yukon, describir el modo adecuado de freír un filete (en el Captain Chim's, el restaurante camboyano de al lado, tienen un steak à la Johan), lamentarse de la degradación que la lengua francesa sufre en manos de los esnobs que alargan la "e" al final de las palabras, quejarse de la ineptitud de la policía gala en el caso del asesino de Toulouse  o proponer la quema de todas las iglesias de todas las religiones del mundo con todos sus predicadores dentro (en este caso brindamos por ello). Johan y Anne no tienen hijos y son moderadamente felices aquí y eso puede ser más que suficiente para alguien que, sospecho, un buen día se hartó de Europa, de vivir siempre en tensión, siempre inseguro, siempre en crisis, siempre al borde de, siempre con la secreta sensación de no estar a la altura, de no tener lo necesario para complacer al monstruo. Sí, él también.




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lunes, 2 de abril de 2012

Fenómenos extraños


1. Tres de la tarde. He quedado con Jo para tomar una cerveza en una terraza frente al río. Mientras hablamos de esto y de aquello siento una presencia, una conmoción en la fuerza, un ente que altera la primera vibración conforme se desliza sobre el paseo. Ante la sorpresa de Jo, abandono la terraza y voy en pos de la presencia a grandes zancadas. Error.

2. Noche oscura en Phnom Penh. Hay cierta tensión en las calles de la ciudad, apenas iluminadas y casi vacías a estas horas. Según me cuentan, no es muy recomendable para un extranjero pasear por la capital después de que caiga el sol, mejor subirse a un tuk tuk y dejarse llevar de puerta a puerta. Sin embargo, el Zeppelin, el bar en el que he quedado con Jo y sus amigos, no queda lejos de mi guesthouse y además estoy arropado por la presencia, así que decido caminar. Pocos metros antes de llegar a mi destino me topo con un grupo de camboyanos con la vista fija en el suelo: una chica joven está tendida sobre el asfalto, inconsciente. No está claro si ha sido atropellada o si ha sufrido alguna clase de ataque. No se mueve.

3. La presencia me dice con su característica voz suave que me he quedado atascado en Phnom Penh y que ya va siendo hora de salir de la ciudad. No puedo oponer resistencia alguna, tal es la intensidad de su fuerza, así que de pronto me veo subido a un autobús con destino a Kep, la capital del cangrejo, acodada frente al mar. A mitad de trayecto el autobús se inunda: uno de los tubos que alimentan el aire acondicionado se ha soltado y ahora el agua mana a su antojo directamente sobre mí y mis pertenencias. Con un movimiento felino evito que mi cámara, aún convaleciente de sus heridas laosianas, contraiga una pulmonía triple y grito desde mi asiento, en la parte de atrás del autobús: "Captain! The ship is sinking!". Para cuando el asistente del conductor vuelve a colocar el tubo en su sitio el pasillo del autobús se ha convertido en un río navegable, negro y turbio como el corazón de las tinieblas. La presencia sonríe sin inmutarse –esa inquietante impasibilidad suya– y yo la miro y pienso: "El horror, el horror..."



4. Me quedo en una guesthouse con un fantástico jardín sobre el mar. Me extiendo en una de las tumbonas a tomar una cerveza y a dejarme acariciar por la brisa mientras contemplo mi primera puesta de sol en la costa camboyana. Terminado el espectáculo, atravieso el jardín camino de mi habitación, anticipando el plato de cangrejo, pescado y gambas que me voy a regalar, cuando tropiezo con una losa de cemento mal encajada y me secciono la uña del dedo gordo del pie derecho. El ridículo baile a la pata coja que ejecuto a continuación alerta al dueño de la guesthouse, que corre en mi ayuda para aplicar pomada de tigre sobre la herida. La presencia mira y asiente.

5. Al día siguiente la presencia me arrastra a un lugar llamado Sunset Rock, en lo alto de una colina, a ver la puesta de sol. Para llegar hasta allí hay que caminar durante alrededor de una hora por un escarpado sendero rodeado de jungla, monos y reptiles nunca visibles del todo. La humedad es brutal y alcanzo la cima empapado en sudor. Hay que regresar a Kep a paso ligero, antes de que la noche convierta la jungla en un monstruo negro. Las prisas hacen que pierda la concentración y mi pie izquierdo pisa en falso sobre una piedra grande y puntiaguda que me desencaja el tobillo durante un segundo. Me detengo pensando en lo peor –dos esguinces adornan la biografía de ese tobillo–, pero parece que nada grave ha ocurrido y puedo continuar la ruta sin problemas. Sin embargo, un par de horas más tarde, ya en frío, después de cenar junto a la presencia, compruebo que al apoyar el pie izquierdo en el suelo siento un dolor espantoso. Vuelvo a la guesthouse cojeando. Serán necesarios tres días de reposo casi total para recuperarme por completo.



6. Estoy en Kampot, una pequeña y aletargada ciudad cuyos decadentes edificios coloniales me enamoran en el mismo instante en que me bajo de la minivan que me ha sacado de Kep. Hay algo aquí que me gusta mucho y aún no sé qué es, así que decido invertir varios días más de los previstos en descubrirlo. La presencia tiene prisa y sólo se quedará una noche, una última noche que dedicamos a cenar unos fideos, chupar un durian a medias y tomar un par de copas de despedida. En el último instante, a pesar de todo, siento el impulso de abrazar con fuerza su masa bicéfala, y mientras lo hago, me susurra: "No pienses ni por un momento que te has librado de mí. Nos vemos en Indonesia". Algo se me cae en ese instante –escucho un leve crujido–,  la presencia me suelta y desaparece deslizándose detrás de un edificio en ruinas. Una vez solo, miro al suelo: allí yacen mis gafas de sol. Por supuesto, uno de los cristales está roto.

La presencia baila fingiéndose inofensiva  en los reales sitios de Phnom Penh

miércoles, 28 de marzo de 2012

Phnom Penh, je t'aime


Phnom Penh es una de esas ciudades. No resulta fácil de explicar. Es algo que se tiene o no se tiene. Y Phnom Penh lo tiene y lo tiene a espuertas. El comienzo no es fácil. Pasar de la quietud casi catatónica del sur de Laos al estruendo de una ciudad de dos millones de habitantes requiere un cierto esfuerzo mental y físico. De acuerdo, Phnom Penh no es Bangkok, pero el ruido y la polución desbocada y el tráfico sin ley están ahí, y mis oídos, adormecidos aún por el silencio analgésico del Mekong, reciben una dolorosa descarga de decibelios en cuanto me bajo del autobús y cinco, diez, quince conductores de tuk tuk se arremolinan en torno a mí para lanzarme a gritos sus ofertas, sus medias verdades, sus precios abusivos.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"


No hay más remedio que volver al ritual del regateo, siempre con la sonrisa en la cara, olvidar los cálculos en kips y acostumbrarse lo antes posible a la doble moneda que funciona aquí: dólares americanos y riels. Un dólar son cuatro mil riels. Y no hay centavos, sólo papel: un dólar cincuenta es un dólar y dos mil riels y así sucesivamente. En el trayecto hacia la guesthouse el omnipresente aroma a combustible quemado se mezcla con otro todavía sin identificar, algo así como un olor a ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Después de encontrar habitación llega mi momento favorito en cualquier viaje: una ducha, ropa limpia y, ahí abajo, un misterio por resolver, una ciudad sin desprecintar que me espera para perderme entre sus edificios e ir completando despacio, pieza a pieza, el puzzle de sus calles. En este caso la pesquisa debería resultar sencilla: Phnom Penh se ordena en una cuadrícula de calles numeradas: las pares van de este a oeste; las impares, de norte a sur. Sin embargo, pronto descubro que a la calle 172 sigue la 178 y a saber dónde se habrá metido la 174. 

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"


El agua no es sólo un magnífico conductor de la electricidad. También atrae con fuerza el metal, y esta es una constante que se da del mismo modo en el norte y en el sur y en el este y en el oeste del mundo y podríamos enunciarla como la cuarta ley de la termodinámica. A orillas del río Tonlé Sap se agrupan, siguiendo esta máxima, los hoteles más lujosos, los bares para extranjeros, el pub de Paddy, el restaurant La croisette, La cantina mexicana e incluso la tapería Pacharán, abierta en una gran mansión de tres pisos. A la altura de la calle 104 el paseo del río se puebla de occidentales sesentones, tipos zafios provistos de gran barriga y mirada turbia que van a la caza de tallas pequeñas en las que calzar sin holguras sus minúsculos penes. Sin embargo, algo más abajo, entre un vídeo-club y una perfumería de marca, descubro un indicio esperanzador, algo así como la poderosa raíz de un roble que ha conseguido quebrar el cemento que le han echado encima y asomarse, aun con cierta timidez, a la superficie que le fue arrebatada: una vieja tienda de ataúdes.


 "Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Compruebo aliviado que los asentamientos extranjeros constituyen tan sólo la corteza que recubre la carnosa pulpa de la ciudad. Basta con cruzar hacia el oeste Norodom Boulevard para descubrir que Phnom Penh está viva y en plena forma, que este lugar tiene alma y que será largo y costoso afeitarle las uñas. Al contrario que en Bangkok y que en la mayoría de las ciudades del sudeste asiático, las calles son estrechas y disponen de aceras de verdad, aceras que invitan al paseo lento, a curiosear en las tiendas de máquinas de coser, en los talleres de motos, en las imprentas, a perderse bajo la cúpula del mercado central, mezclarse con la gente de la ciudad y sentarse a disfrutar de un plato de fideos en uno de sus atestados puestos de comida.

"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

El calor, una vez más, es insoportable. Me siento en una terraza a la sombra de la calle 139 y pido una Angkor Beer helada, respetando el lema que aparece escrito en sus etiquetas: "my country, my beer". La mesa es muy grande y pronto dos lugareños me piden permiso para sentarse junto a mí. Ambos hablan inglés y uno de ellos, que se presenta como Ek Phanich, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, incluso me lanza un "¿Cómo está?" con un sorprendente acento cubano. Según me explica, pasó tres años destinado en Cuba y tuvo una novia cubana con la que sólo hablaba en español. No, no llegó a conocer a Castro, ja ja, qué cosas tienes. Otros amigos se van sentando alrededor de la mesa y la conversación bascula entre los temas habituales: chicas (prefieren las occidentales), fútbol (lo que de verdad les va son las apuestas), viajes (a Ek le gustaría viajar por libre, como yo, pero está casado, qué se le va a hacer), el coste de la vida en Camboya (Phnom Penh es más barato que Siem Reap) y mi primera experiencia con el durian.


Varias personas en San Sebastián me habían advertido de su pestilencia, de que hay que echarle valor para meterse su carne en la boca. Muchos hoteles en el sudeste asiático prohíben la entrada a quienes se les haya ocurrido comprar uno. Incluso ahora, en esta terraza de la 139, uno de los contertulios camboyanos afirma odiarlo con toda su alma. Pero tenemos enfrente un puesto de durians y su propietaria no deja de sonreírme tentándome a probar suerte. La mujer no habla inglés, así que Lim, el más joven de mis nuevos amigos, le pide que me abra uno pequeño, de alrededor de un kilo. Con la mano envuelta en una bolsa de plástico agarro uno de los seis "embriones" que se ocultan bajo su espinosa corteza y comienzo a chuparlo, porque la pulpa que rodea cada uno de los tres o cuatro huesos que se ocultan en cada pieza tiene una consistencia cremosa, distinta a cualquier otra cosa que haya podido probar. Su sabor es muy dulce y decido que me gusta. ¿Y el olor? Ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis. Phnom Penh huele a durian y por eso no recibo el puñetazo que esperaba.



"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"

Pues no. No voy a ir a los Killing fields ni mucho menos a los Shooting ranges. Vi la estupenda película de Roland Joffé en el cine Príncipe de Viana de Pamplona cuando se estrenó, hace casi treinta años. Vi conmocionado hace unos tres años en el Festival de San Sebastián el documental S21: La machine de mort Khmère Rouge, en el que el pintor Vann Nath, uno de los pocos supervivientes de la prisión denominada S21, se reencontraba mucho tiempo después con sus torturadores en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos. Los campos asesinos donde tantos camboyanos fueron conducidos para realizar trabajos forzados y finalmente ser ejecutados son ahora propiedad de una empresa privada empeñada en sacar partido económico del dolor de un pueblo que fue aniquilado casi en su cuarta parte en los años setenta por las huestes de Pol Pot. Leo que al propio Vann Nath –que hoy es el propietario de un famoso restaurante de la ciudad donde es posible ver sus pinturas– no le hace ninguna gracia que el lugar se haya convertido en una atracción turística más. Y qué puedo decir de los shooting ranges, los campos de tiro –uno de los cuales, en un bestial ejercicio de cinismo, está habilitado junto a los Killing fields– en los que es posible, a cambio de unos billetes, disparar un AK-47 o jugar con un lanzagranadas...

No, no voy a ir. Donde sí voy a ir es al Equinox, un bar fantástico en el sur de la ciudad, donde toca una banda de superhéroes del funk llamada –como no podía ser de otra forma– Durian. Allí conoceré a Jo –cuarenta y tantos, inglesa y profesora de inglés que lleva muchos años trabajando en distintos países del sudeste asiático–,  que me presentará a varios de sus colegas y me enseñará cómo viven los expats de Phnom Penh. Tremendas versiones de Sam & Dave, Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Otis Redding, Jamiroquai e incluso Rage Against the Machine se irán sucediendo mientras bailamos y sudamos y  bebemos –y sí, también fumamos– y de pronto me doy cuenta de que me estoy enganchando a esta ciudad descabellada, contradictoria y apasionante de la que me va a costar mucho salir.

jueves, 23 de febrero de 2012

Alfred Hitchcock en Phitsanulok


Después de una última noche de transición en Chiang Mai madrugo y voy en busca de un tren que me lleve hacia el sur. Como tengo mucha suerte, llego a la estación cinco minutos después de que el tren "express" se haya marchado, así que me monto en el "ordinary", que pertenece a la generación inmediatamente posterior a la de las locomotoras que se alimentaban con carbón: 260 kilómetros en siete horas. No hay ironía en lo que digo, de verdad tengo suerte. El viaje durará sólo una hora más que en el tren "rápido", me costará diez veces menos y, a pesar de un asiento de madera no del todo ergonómico, disfrutaré de él cada minuto. Tengo mucho tiempo para leer y las ventanillas son de guillotina y se pueden bajar. El viento alivia el calor y puedo escuchar cómo el tren salva envuelto en toses las colinas (tampoco hay demasiados túneles en las rutas ferroviarias), cómo curvea esquivando los árboles en el tramo más boscoso del camino, cómo después del esfuerzo de la primera parte del viaje, la más escarpada, se deja ir país abajo y se toma su tiempo para recuperar el resuello.

De vez en cuando suben al vagón mujeres cargadas con bandejas de pollo frito y bolsitas de arroz (es lo que almuerzo), fideos envueltos en hojas de plátano, brochetas de cerdo.... Siete horas (y cincuenta minutos de retraso) después llego a Phitsanulok. Me ha caído un trabajo de corrección y necesito un lugar tranquilo en el que pasar unos días al margen de distracciones. Esta ciudad parece perfecta para eso: no hay farangs ni restaurantes para farangs ni bares para farangs. Nadie habla inglés, nadie se interesa por mí, por primera vez en el "país de las sonrisas" nadie me sonríe y sólo recibo miradas de extrañeza, incluso un par de muecas de desdén (por un momento creo estar en Lekeitio...). Pronto encuentro una habitación cómoda a muy buen precio, con una mesa, una ducha que siempre da agua caliente, una conexión a internet no demasiado lenta... incluso tengo una cama de verdad.

La ducha se lleva el sudor y parte del cansancio del viaje y salgo a la calle. En los alrededores descubro (después de un par de pasos en falso) una casa de comidas donde preparan unos estupendos fideos con ternera. Un poco más allá está la orilla del río, que por la noche se animará gracias a un mercado nocturno y un par de bares flotantes de luz tenue en los que tomar una cerveza después de trabajar. Está atardeciendo y mientras camino el leve... cómo llamarlo... chirrido que viene acompañándome como trasfondo sonoro desde que salí de la estación sube su volumen al máximo. Dirijo la mirada al cielo y sigo en panorámica la trayectoria de un pájaro negro que después de planear durante unos segundos se posa en uno de los cables que atraviesan la plaza. El cable no está vacío. El sonido es ahora horrible y me parece ver a Tippi Hedren correr hacia una cabina de teléfonos. Al que no veo es a Bernard Herrmann.

¿Phitsanulok o Bodega Bay?





jueves, 16 de febrero de 2012

Un día más


 Me levanto temprano y al salir de mi habitación rumbo a la ducha común noto que mis pies caminan sobre una esponjosa alfombra que ayer no estaba. Al mismo tiempo, mis oídos detectan un molesto zumbido mecánico, casi prototecnológico, que cada dos o tres segundos se atraganta y está a punto de apagarse, pero finalmente, tras un par de estertores, continúa horadándome el tímpano. El olfato me envía señales de alerta, de peligro, achtung!, aléjate, ponte a salvo, huye, veneno, vuelve por donde has venido, por lo que más quieras. Mis ojos, por fin, completan el puzzle y resuelven el enigma: el rastafari neohippie que hace dos noches llegó a la guesthouse procedente de Pai ha decidido cambiar de imagen y raparse la mitad de la cabeza con su maquinilla, que ahora mismo parece un hámster eléctrico. De puntillas, escapando de los animales salvajes que sin duda se agazapan en la selva que Bob está dejando caer sobre las baldosas, consigo alcanzar la ducha más o menos indemne.

Fresco y aseado, alquilo una moto, conduzco unos quince kilómetros hacia el norte y me detengo en una pequeña cabaña-bar en lo alto de una colina que descubrí hace unos días. El dueño está tostando pan (¡pan!) sobre unas brasas que también sirven para mantener caliente el agua con la que preparará el té que me voy a tomar. El pan (¡pan!) y la mantequilla corren por cuenta de la casa. El paisaje, las montañas que dan cobijo a Mae Hong Son y mantienen fresca la mañana, son gentileza de la primera vibración, que ahora, con el ánimo templado por el aroma del fuego de leña, siento de forma muy intensa. Mientras desayuno termino el último capítulo de Mrs. Highsmith, pensando ya en Mr. Hemingway, que me espera en la mochila. Durante este viaje, sólo escritores que empiecen por H.


 Vuelvo a la moto y ahora me dirijo hacia el norte. La que he alquilado esta vez es semiautomática: tiene marchas, pero no embrague. Para subir de marcha hay que dejar de abrir gas y, al contrario que en una moto normal, pisar el cambio con la punta del pie. Para reducir, se pisa otra palanca con el talón. El sistema es terriblemente incómodo, pero me esperan casi 60 kilómetros de rampas que, según me ha asegurado el tipo que me la ha alquilado, una moto automática no podría salvar. Con esta lo consigo de milagro: en primera, sin pasar de unos 15 km/h en las cuestas más salvajes y pensando en que quizá tendría que haberme agenciado un piolet. Curva a curva empiezo a entender el cacharro y se van relajando los músculos de mi cara. Para cuando llego a Mae Aw, mi destino, tras dejar atrás la cascada (casi seca en esta época del año) de Pha Sua y el embalse de Pang Ung, las muecas de tensión han desaparecido bajo una enorme sonrisa.



Mae Aw, o Ban Rak Thai (que es su nombre tailandés moderno), es un pequeño pedazo de China encajado entre Tailandia y Birmania. Puede decirse que la frontera está en el pueblo, aunque desgraciadamente no puede cruzarse. Hoy en día sólo se puede entrar en Birmania por aire (aunque a David esto se la sude mucho). Al parecer, al final de la guerra civil china, miembros yunnaneses del ejército nacional revolucionario (KMT) llegaron a este lugar huyendo de las tropas comunistas y decidieron quedarse. Hoy Ban Rak Thai es un precioso conjunto de casas de adobe y cabañas descoyuntadas dispuestas alrededor de un lago donde se habla chino, se come chino y se lee chino. Casi todo el mundo aquí se dedica a cultivar y vender té, así que, tras probar unas cuantas variedades, me compro un saquito. Después de comer un arroz yunnanés y de invertir alrededor de media hora en reflejarme en la superficie del lago, decido volver a Mae Hong Son. Son casi las cinco y pronto empezará a escasear la luz, mejor apresurarse.

Cuando llego a la ciudad ya ha comenzado a atardecer. Alrededor del lago se han instalado, como cada día a esta hora, decenas de pequeños puestos de comida callejera: cerdo y pollo a la brasa, pad thai y otras preparaciones a base de fideos, crêpes de atún, pescado rebozado... Como tantas otras veces, lo que me atrapa es el sonido del mortero al quebrar los cacahuetes, al aplastar las limas y los pequeños tomates, al desmenuzar la carne de cangrejo y las guindillas que acompañarán al gran manojo de tiras de papaya verde que constituye el ingrediente central de la som tam, la única ensalada capaz de hacerte llorar de placer y dolor al mismo tiempo. "Spicyyyy?". "Yes, please, kop khun krab". A las seis en punto suena el himno tailandés por los altavoces y todo el mundo deja de hacer lo que estuviese haciendo hasta ese instante y se queda como petrificado en su sitio. La primera vez que presencié esto pensé en Village of the Damned, sólo que en este caso, que yo sepa, por el momento no ha habido alumbramientos de niños rubios.



El sol se ha apagado ya y el templo ejerce ahora de lámpara de noche. Una cerveza en el Monkey Box –en el que sólo hay otro cliente, Martin, un profesor de ciencias inglés– sirve para reducir el fuego de la som tam a unas agradables brasas. El día ha sido largo y me quiero ir a casa, pero David recibe la llamada de Uud, que está empeñado en que vayamos a tomar algo al Tsunami, donde lleva ya un rato bebiendo whisky con soda. El Tsunami es el restaurante japonés de "Mot", otro de los miembros tailandeses de la pandilla, quien, según dicen, borda el sashimi, aunque jamás ha estado en Japón. La ronda la paga "Joe", un risueño policía local, que, según David, se saca un sobresueldo permitiendo que lugares como el propio Tsunami estén abiertos a estas horas. Espero a que alguien se ría después de esta broma, pero nadie lo hace.

La reunión se traslada después a un bar en las afueras de la ciudad. La conversación se pone metafísica y le confieso a David que soy ateo. Contra todo pronóstico, no ordena que me quemen ahí fuera ni me rompe el vaso de whisky en la cabeza, aunque sí se empeña en contarme con pelos y señales un par de milagros con los que fue bendecido gracias a su costumbre de rezar todos los días. En el momento más oportuno, por suerte, Uud reconduce la conversación hacia territorio coño.

Antes de que termine la noche, de ninguna parte aparece una cría birmana. Tiene 15 años y es preciosa. Según nos dicen las dueñas del bar lleva 4 años en Tailandia y varias semanas viviendo allí, en la "trastienda". No va a la escuela, lo que enfurece a David, que la acribilla a preguntas en tailandés. "¿Pero tú quieres estudiar? ¿Quieres trabajar?" "Mi fundación puede hacerse cargo de ti. Dios santo, el gobierno tailandés está obligado a hacerse cargo de ti, vengas de donde vengas". Responde que lo que quiere es dinero. "Si quieres dinero puedo darte trabajo en el Monkey Box por las tardes". Contesta que se lo pensará. David está convencido de que dirá que no. Sospecha cuál ha sido su forma de supervivencia aquí en estos cuatro años.

Un día más. Un día menos. Me voy a la cama.