"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)

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domingo, 24 de junio de 2012

Esquirlas balinesas


* Regreso a Bali después de nueve días en Gili Air y me dedico a recorrer en moto los alrededores de Padangbai, en el este de la isla, junto a la Pareja Catástrofe. Conducimos entre calles desbordadas de psicópatas automovilísticos; conducimos por carreteras sin asfaltar; conducimos por el campo, con las ruedas encajadas en raíles de tierra abiertos en la hierba; conducimos de noche, guiados a duras penas por el GPS de Cédric y cegados por las luces de los coches y el humo de la quema de rastrojos. Y sin embargo, no me ocurre nada.

* Paso la tarde con la Pareja Catástrofe en la pequeña playa que hay al oeste de Padangbai. Su calidad supera la media en Bali (lo que no es decir mucho), pero la corriente es terrible y las olas rompen con furia sobre las rocas y los arrecifes que hay en las inmediaciones de la orilla. Aun así, decidimos bañarnos. Y sin embargo, no me ocurre nada.

* La Pareja Catástrofe y yo nos montamos en un shuttle bus que después de hora y media de trayecto nos deposita en Kuta. Y sin embargo, al shuttle bus no le ocurre nada.

* La Pareja Catástrofe pasa conmigo el último día de su vuelta al mundo. Y lo celebramos haciendo lo mismo que hace todo el mundo en Kuta: surf. Se supone que las olas de Kuta son para principiantes, pero esta tarde en particular lo que se nos viene encima son moles de más de tres metros que después de aplastarnos nos centrifugan en un torbellino de arena, agua y sal. Y sin embargo, no me ocurre nada (es más, después de cuatro horas de intensa práctica consigo mantenerme en pie sobre la tabla durante unos asombrosos 2 segundos y 13 centésimas).

* A la mañana siguiente, la Pareja Catástrofe tiene que regresar a Bélgica después de un año de viaje y se despide de mí con un par de abrazos. Y sin embargo no me ocurre nada.

* Después de darle muchas vueltas al asunto, llego a una conclusión incontestable: la capacidad de destrucción de la Pareja Catástrofe queda anulada si cruza el Ecuador hacia abajo. Si alguno de vosotros, queridos lectores, se topa con ellos alguna vez en el futuro, deberá tener presente que, a pesar de su delicada apariencia, sólo son inofensivos en el hemisferio sur.


En los otros dos días que, ya a solas, paso en Kuta (con una pequeña incursión en su hermana pija, Seminyak, una especie de Rodeo Drive venido a menos) llego a otras tres conclusiones incontestables:

* No tiene sentido venir a Bali en busca de playa. Quien quiera calas asombrosas, que apunte a Menorca.

* No tiene sentido venir a Kuta si no es a hacer surf (y el surf para profesionales está más al sur, en Uluwatu). Calles estrechas constantemente atascadas por el tráfico, ratas, vendedores callejeros tan agresivos como incansables, más ratas y veinteañeros fingiendo estar más borrachos de lo que realmente están no hacen de este lugar precisamente el mejor escenario para una luna de miel. Y sin embargo los recién casados se empeñan en seguir viniendo y encerrarse en un resort con piscina que es exactamente igual a todos los resorts con piscina que hay en el planeta. ¿Será que el matrimonio es –o aspira a ser– un resort con piscina?

Miss Vielva, Miss Giralda, va por ustedes.
*  Los surfistas estadounidenses y australianos son tontos (y quizá no resulte descabellado pensar que esto pueda extenderse al resto de nacionalidades). Creo que tiene algo que ver con la parafina que utilizan para aclararse el pelo y convertirlo en paja. Según mi teoría –basada en la involuntaria escucha de mis vecinos de guesthouse–, la sustancia perfora sus cráneos y se filtra al lóbulo temporal del cerebro, creando un engrudo que les impide formular frases que superen el umbral del balbuceo y que no incluyan la expresión "pretty fuckin' awesome". De todos modos, como decía Antoine, un francés particularmente ingenioso y fanático del submarinismo con el que compartimos un par de noches en Gili Air: "Nosotros no nos hablamos con los del piso de arriba". Pues eso.

En fin, tonterías aparte, me despido de Bali y de Indonesia deslumbrado por sus paisajes, pero con la sensación de que ni la isla ni la pequeña parte del país que he podido visitar ni sus habitantes me han permitido que los conozca de verdad. Demasiados intermediarios, demasiadas trabas, demasiadas veces en las que me he sentido parte indistinta de un rebaño de vacas lecheras a las que hay que ordeñar tantas veces como sea posible y hasta la última gota. Al turista se le ofrece lo que se cree que el turista espera y se le exige que lo acepte, en lugar de limitarse a abrirle la puerta y dejarle curiosear un poco a sus anchas, sin dirigirle la mirada ni los pasos. Creo que están cometiendo un error y que, en lo que al turismo se refiere, el país, y particularmente Bali, ha tomado la dirección equivocada, quizá por un exceso de éxito. Eso es lo que creo. O quizá es que, en el fondo, yo no he sabido encontrar la manera de viajar de verdad por esta tierra.



lunes, 11 de junio de 2012

Bali


La propia palabra supura exotismo para un occidental. Bali suena a paraíso en nuestros oídos; a playas desiertas de arena blanca extendidas a la sombra de esbeltos cocoteros frente a un mar que es azul de cuatro maneras distintas; a bailarinas de mirada misteriosa que ejecutan movimientos secos envueltas en un carillón de disonancias hecho de metal y bambú; a flores que salpican de color paisajes de un verde inédito; a templos que encierran en sus límites respuestas de gran importancia para las que, lamentablemente, no nos alcanzan las preguntas.

Todo esto, aun con ciertos matices, es cierto. Los paisajes de esta isla se cuentan entre los más espectaculares que he visto en Asia. Sólo el Mekong a su paso por Laos fue capaz de arrancarme más suspiros de asombro el año pasado, a bordo de una pequeña canoa rumbo a Nong Khiaw. Pero lo que en Laos es derroche y naturaleza desbocada, aquí es contención casi minimal. Bali es un enorme jardín que parece responder a un plan minuciosamente trazado. El paisaje se asienta en la mirada sin estridencias y confirma una tras otra todas las expectativas. Los arrozales, los cocoteros y las montañas se alinean conformando una impecable escalera hacia el cielo. Los colores son los colores. En las cercanías de Lovina hay unos baños termales inscritos en mitad de la montaña, entre plantas y flores tropicales. Llego hasta allí en moto, curveando entre colinas, y paso la mañana masajeándome la espalda con el bálsamo de agua tibia que brota de las fauces de un dragón de piedra. It's good to be the king.



Los espectáculos de danza/drama tradicional exigen estar muy cerca de los bailarines. Es un arte de primeros planos y no conviene perderse esa gestualidad al límite –el juego de las miradas, la crispación de muñecas, dedos y cuellos– que haría asentir complacido a Bob Fosse. La música sigue armonías que provocan una fugaz extrañeza para luego encajar con limpieza el oído. Un narrador explica la historia en balinés y se exalta –casi como en los guiñoles para niños– cada vez que "el malo" irrumpe en la escena.

Las esculturas y relieves de los templos (en los que es obligatorio llevar un sarong anudado a la cintura) reflejan la peculiar versión de hinduismo –trufado de creencias animistas– que se practica en la isla. No hay rastro de Brahma, Shiva o Vishnu y en su lugar encuentro infinidad de piedras en forma de mujer de pechos generosos que quieren funcionar como reclamo para la fertilidad. Las imágenes son sorprendentemente carnales. En el "santuario de los monos", a las afueras de Ubud, cientos de macacos de cola larga juegan y se pelean y se encaraman a los turistas entre templos ornamentados con sátiros, monstruos devoradores de niños y cerdos masturbadores y/o folladores provistos de tremendos penes de piedra.


Las creencias sobrenaturales tienen una gran importancia en la vida diaria de la isla. Todas las mañanas, la dueña de la guesthouse en la que me hospedo en Ubud prepara pequeñas bandejas confeccionadas con hojas de plátano y deposita en ellas unas cuantas flores, unos granos de arroz o alguna galleta sobre los que se queman un par de varas de incienso. Son ofrendas que se colocan ante las puertas de hogares y negocios para ahuyentar a los malos espíritus (que según se cree, habitan en el mar) y atraer a los buenos (moradores de las montañas). Cuando atardece, todo el clan (abuelos, tíos, padres, hijos, nietos y algún amigo) se viste elegantemente durante unos minutos para dirigirse al pequeño templo familiar que hay dentro de la propiedad. Después vuelven a su ropa de batalla y se sientan bajo el edificio central de la casa –las distintas dependencias están distribuidas en casitas de una sola habitación  alrededor del "patio"– a conversar o a escuchar el sonido del agua que mana de una pequeña fuente o a mirar a los peces de colores del acuario.


Aún no he pasado por el sur, donde se encuentra la playa de Kuta, con sus aglomeraciones y su fiesta perpetua. Dicen que es allí donde las arenas son más blancas y las playas más anchas. Las que he visto por ahora tienden más bien al negro y resultan más propicias para el buceo o el snorkeling que para el baño o la desidia bajo el sol. El color del mar, eso sí, es ese en el que todos pensamos cuando imaginamos una isla paradisíaca.

Sin embargo, Bali presenta algunos problemas que, sin echar a perder la experiencia, sí consiguen ensombrecerla hasta cierto punto. El mayor de ellos es, simplemente, su dedicación extrema al turismo. Al contrario de lo que ocurre en la mayor parte de Tailandia, Laos, Camboya y Malasia, los caminos de visitantes y lugareños corren en paralelo y nunca llegan a cruzarse si no es en una relación de cliente-vendedor o de cliente-camarero. Es francamente difícil encontrar un restaurante o un puesto callejero donde compartir mesa con los balineses. A salvo de lo que ocurre en algún pequeño warung (casa de comidas sencilla y algo más barata que los locales para turistas), el juego consiste en que los occidentales comen y los balineses sirven. Esto se da de modo radical en Ubud, donde el tipo de viajero que pasea por la ciudad poco tiene que ver con los que me he ido encontrando por el camino a lo largo de estos meses. Imitadoras de Julia Roberts (aquí se rodó buena parte de Eat Pray Love, una de las cinco películas más imbéciles de todos los tiempos) se deslizan por sus calles vestidas con sus mejores galas y una flor encajada en la oreja y se buscan a sí mismas entre boutiques y restaurantes de diseño, envueltas en una gasa de música easy listening y probablemente convencidas de que Bali se inventó para desenredar sus contradicciones. Eso sí, sin mancharse. Suerte, chicas.

El otro problema para alguien que pretenda viajar por libre es el mismo que me encontré en Java. Los balineses viajan en unos vehículos. Los turistas en otros. Y no hay manera de romper esa regla ni de llegar del punto A al punto B sin pasar por las manos de intermediarios con demasiada hambre de dinero fácil. Algo tan habitual en el resto de Asia como dirigirse a una estación de autobuses y comprar un billete (el mismo billete que cualquier habitante del país) es simplemente ciencia-ficción aquí y para llegar a ciertos lugares no hay más remedio que pasar por la piedra de los viajes organizados. Esto significa no sólo un incremento sustancial en el precio del trayecto, sino también el hecho de tener que soportar paradas no deseadas en restaurantes "asociados" a la "empresa" o en oficinas donde durante media hora tipos muy simpáticos tratan de venderte un billete de vuelta abierta, un curso de buceo o un viaje de 24 horas a Flores.



Las carreteras son por lo general buenas y, teniendo en cuenta la imponente belleza de los paisajes, las excursiones en moto deberían constituir el mayor de los placeres. Pero aquí también me encuentro con alguna dificultad. Una: el tráfico es infernal y no es raro toparse con terribles atascos, maniobras descabelladas y adelantamientos cuádruples (moto que adelanta a coche que adelanta a bemo que adelanta a camión, todo ello al mismo tiempo). El noventa por ciento de los conductores de esta isla estarían en la cárcel en Europa. Dos: las señales de dirección y los letreros con los nombres de los pueblos brillan por su ausencia. Tres: ninguna oficina de turismo dispone de mapas de carreteras de la zona. Consecuencia: me es imposible saber dónde me encuentro, cómo se llama esta localidad tan coqueta en la que acabo de parar, de dónde vengo ni hacia dónde voy, así que varias veces termino perdido en mitad de la indescifrable maraña de asfalto que es la red de carreteras de la isla. Por suerte, los balineses siempre están dispuestos a ayudar.

Después de pasar unos días en el interior, he decidido asomarme de nuevo al mar. Pero voy a hacerlo en una isla mucho más pequeña. Para llegar hasta ella tendré que viajar durante unas doce horas en una minivan, un ferry, otra minivan y una canoa- catamarán. Allí me esperan días de brisa y aguas azules, cervezas sobre la arena al atardecer y madrugadas de fútbol europeo frente a un televisor al aire libre. Y también un pequeño reto que ahora mismo me acelera el pulso. Ah, y un reencuentro no del todo inesperado.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Posibilidades de una isla



El viaje entre Penang y Langkawi no está a la altura de mis expectativas. Vuelvo al mar de Andamán y resulta inevitable recordar la travesía entre Phuket y Ko Lanta, vía Ko Phi Phi (Tailandia), del año pasado: tres horas en cubierta con el sol y el viento en la cara, gotas saladas que salpican los pies descalzos mientras navegamos entre gigantes de roca kárstica. En lugar de eso tengo que conformarme con viajar en la panza del ferry –está terminantemente prohibido salir al exterior–, expuesto a las inclemencias de un aire acondicionado feroz que me hace recuperar parte del invierno que me dejé en Europa. Los pasajeros musulmanes, mejor informados, sacan de su equipaje mantas de alta montaña y se acurrucan a su abrigo. Y la compañía se empeña en distraer mi atención del exterior emitiendo en el vídeo del barco el remake de una de las películas de mi adolescencia, Noche de miedo. Pero, claro, no está Roddy McDowall haciendo de Peter Vincent, el gran cazavampiros, ni tampoco el inquietante Chris Sarandon. En algún lugar de mi interior escucho una voz que exclama "o tempora, o mores!" y sufro un acceso de nostalgia que me acompañará hasta que lleguemos a la isla.


Y cuando por fin llegamos, en casi todos los rostros del pasaje se dibujan muecas de desencanto (y digo casi todos porque varias de las mujeres que tengo alrededor van vestidas de negro de pies a cabeza con el niqab, que tan sólo deja entrever sus ojos): llueve en Langkawi. Llueve con tal intensidad que la "Hawaii de Malasia", como la describe el taxista que me lleva a la guesthouse, nos recibe convertida en un charco tropical. Y la situación no cambia demasiado en el tiempo que paso en la isla. Todos los días llueve al menos tres veces, tormentas que duran entre treinta minutos y dos horas y que invitan a congeniar con el resto de huéspedes de Zackry Guesthouse, el sitio donde me alojo, al otro lado de la carretera que bordea la playa de Tengah: Sabrina, canadiense, vivió dos años en Argentina y habla español con un acento porteño tan improbable como perfecto. No llega a los treinta años y va camino de Australia para reencontrarse con su novio colombiano y buscarse allí la vida; Tom, inglés, auxiliar de vuelo de Fly Emirates, vive en Dubai y por las noches hace que nos partamos de risa con el infinito anecdotario al que da pie su trabajo en el avión; Debbie, escocesa adicta a la adrenalina, nos enseña sus fotos de buceo entre tiburones y trata de convencerme de que vaya a Borneo porque no hay nada como atravesar la jungla cubierto de sanguijuelas o respirar el denso aliento de la Tierra en una de las cuevas más grandes del mundo mientras te llueven excrementos de murciélago (le digo que iré para que se calle); Khalid, informático egipcio, acaba de descubrir el mundo mochilero y está francamente sorprendido de no echar de menos los hoteles caros. Langkawi es una isla duty free y las cervezas valen tres veces menos que en el resto del país, así que las conversaciones se animan hasta la madrugada sin que el largo brazo de Alá nos vacíe los bolsillos.












Cuando deja de llover cada uno se va por su lado a explorar la isla. Las carreteras son perfectas y no hay nada más placentero que alquilar una moto e ir en busca de cascadas y playas desiertas, conducir entre arrozales que gracias a la lluvia exhiben un verdor deslumbrante, casi radiactivo. Me doy un chapuzón de agua dulce en la cascada de Temurun mientras veo cómo los lugareños y algunos extranjeros se juegan la vida escalando las rocas y zambulléndose en la poza desde una altura de cinco o seis metros. Vuelve a llover en ese momento, pero sólo nos damos cuenta cuando al salir del agua encontramos nuestra ropa empapada. También bajo la lluvia supero casi sin aliento los seiscientos peldaños rodeados de jungla que conducen a los "seven wells" y me topo con una familia de monos disputándose una bolsa de patatas fritas. Por la tarde paro la moto frente a Cenang, la playa más grande, blanca y "turística" de la isla, llena de gente que sonríe porque está de vacaciones. Aquí es posible alquilar un jet-ski o abrocharse el arnés de un paracaídas para sobrevolar la costa arrastrado por una lancha. Esta última actividad parece ser muy del gusto de las mujeres que visten el niqab, lo que a mis ojos, sorprendidos en su ignorancia, supone un cierto cortocircuito cultural. De vuelta en la guesthouse comento el asunto del niqab con Sabrina y Tom. Y los tres estamos de acuerdo: si lo que la prenda pretende es ahorrar a los hombres el mal trago de la tentación carnal, el efecto que consigue es precisamente el contrario, porque pocas cosas habremos visto más eróticas. La brisa hace que la fina tela del vestido se abrace a las curvas, generalmente vertiginosas, de estas mujeres de ojos negros que, enmarcados, intensifican su misterio y atizan las ganas de desenvolverlas despacio, recreándose en cada centímetro de piel que deja de ser secreto. En fin, qué sabré yo.


A pesar de ser una "playa de veraneo", con sus tiendas de flotadores y sus locales para extranjeros, Cenang no es en absoluto desagradable. Todo lo contrario. Los hoteles y guesthouses se sitúan a una distancia respetuosa del mar y la poca música que es posible escuchar por las noches bajo las estrellas flota en el aire sin estridencias. Los restaurantes son en su mayor parte negocios familiares, casas de comidas más o menos sencillas donde se cocinan con gusto las especialidades locales. Al otro lado de la isla, en el norte, se suceden los resorts de lujo, con sus campos de golf y sus playas privadas a las que no es posible acceder. Por mi parte casi siempre termino el día en Tengah, la pequeña playa que me queda más cerca, en la que nunca hay más de diez o doce personas. Hacia las siete y media las nubes descomponen en destellos rojos el último sol mientras, sobre la arena, empiezo a notar el cansancio de la jornada. Es hora de regresar a la guesthouse y comprobar si los patos se han atrevido a volver a nadar en la charca que hay en la propiedad: según me cuentan, una enorme pitón vive en los alrededores y cuando tiene hambre emerge a la superficie y se cena un pato. Al parecer todavía está digiriendo el último que engulló. Yo aún no la he visto.



viernes, 9 de marzo de 2012

Agua. Sangre. Tierra. Fuego (y IV)


Fuego

Entramos en Pakse en hora punta, lo que supone mucho más tráfico del habitual, pero nunca atascos: cuando los coches y las furgonetas encuentran que su carril está demasiado lleno, se pasan al de al lado y circulan en dirección contraria sin el menor cargo de conciencia y pobre de aquel que no se aparte, especialmente si va en moto, ese vehículo paria. Sin darle muchas vueltas nos alojamos en una guesthouse con un agradable jardín asomado al río a la que había echado el ojo días atrás y por fin podemos darnos una ducha y quitarnos de encima los kilos de polvo que llevamos encima. Una vez limpios y frescos, Cedric saca de su mochila su kit de limpieza y, sentados frente a una mesa en el jardín, tratamos de hacerle el boca a boca a mi cámara: conseguimos que la cortinilla se cierre, pero el zoom se atasca cuando trato de utilizar el teleobjetivo y hay que obligarlo a replegarse a mano. Supongo que en el futuro tomaré todas mis fotos con gran angular... y que en un momento u otro el aparato morirá del todo. De momento lo dejamos convalecer de sus heridas.

Ya en frío, noto que tengo la muñeca bastante dolorida (imposible abrir un tarro de aceitunas con ella, pero en fin, tampoco hay tarros de aceitunas a la vista) y Manouane insiste en lavar mi ropa marrón mientras recorro la ciudad en busca de un taller en el que me den un presupuesto para la reparación de mi moto: he leído demasiadas historias sobre los precios exorbitantes que las tiendas de alquiler de motos hacen pagar a los farangs por mucho menos de lo que le ha pasado a la mía y quiero saber en qué cifras me muevo para tener algo con lo que defenderme en el peor de los casos. Un tipo que parece de confianza me da la respuesta que busco: la broma me costaría aproximadamente una semana de alojamiento en Laos. La broma no tiene gracia, pero es bastante menos de lo que esperaba.

Armado con mi sonrisa de los días de fiesta me presento ante la tienda de Miss Noy, la chica que me alquiló la moto cinco días atrás, y le comento que, en fin, sin más, he tenido un pequeño, un diminuto, un microscópico nanoaccidente, pero que, mire usted qué mala suerte, la defensa se ha partido. Miss Noy da un par de vueltas alrededor de la moto, se agacha, examina de cerca el roto y me mira desde ahí abajo muy seria, hasta que consigue que mi sonrisa resbale por mi cara y se estampe contra el suelo. Y en ese momento, cuando me tiene justo donde quería, se echa a reír a carcajadas mientras me dice con el poco inglés que maneja:

"Already broken! Moto already broken!"

Pues sí, la defensa ya estaba rota cuando me la alquiló y yo no he tenido nada que ver. En el hecho de ser uno de los cinco tipos más despistados del mundo supongo que sí he tenido que ver.

"You think your fault? Hahahaha! You think your fault!"

Amo a esta mujer. Libero la tensión con mi propia carcajada, recupero mi pasaporte y vuelvo a la guesthouse impaciente por contar a mis amigos lo que acaba de ocurrir y por invitarles a comer donde les dé la gana. Comemos estupendamente en un restaurante indio al que ya han ido un par de veces y, después de un paseo junto al río y un rato de descanso, propongo subir al bar de la azotea del Hotel Pakse a tomar una cerveza mientras vemos la puesta de sol... que resultará ser la más inolvidable de nuestras vidas.

La secuencia se desarrolla como sigue: entramos en el hotel Pakse, subimos en el ascensor hasta el sexto piso, llegamos a la azotea después de un pequeño tramo de escaleras, curioseamos por la terraza, miramos al norte y al sur y al este y al oeste, nos maravillamos con el paisaje, elegimos una mesa bien situada, nos traen la carta de bebidas, la estudio y cuando levanto la vista compruebo que Cedric y Manouane miran extrañados algo que está ocurriendo a mi espalda.

Cuando me giro veo una densa, enorme columna de humo negro subiendo hacia el cielo desde la azotea de un edificio que está a dos manzanas de donde nos encontramos. La columna de humo deja entrever en su base unas pequeñas llamas que en pocos minutos se convierten en un fuego voraz que envuelve por completo el edificio. Para entonces toda la azotea del hotel ha dejado de hacer lo que estuviese haciendo y clientes, camareros y cocineros miramos impotentes el desastre. De pronto vemos que hay un hombre en lo alto del bloque en llamas tratando de apagar el incendio... con un barreño de agua. Sin duda su perspectiva no le permite ver que todo el edificio está ardiendo y los gritos que lanzamos desde nuestro puesto se los lleva el viento. Finalmente se da cuenta de que el monstruo es demasiado poderoso y no tiene más remedio que jugarse la vida y saltar a una terraza del edificio contiguo. Milagrosamente, consigue asirse a la barandilla y salvar la piel. Entretanto, el sol se pone sin que nadie le haga el menor caso.


Una hora después del comienzo del incendio las llamas siguen creciendo y han alcanzado al edificio de al lado. La catástrofe es demasiado grande para un país como este: sólo hay un par de pequeños y destartalados coches de bomberos con cuatro mangueras que descargan el poco caudal que tienen dentro en pocos segundos y después vuelven por donde vinieron a buscar más agua peleándose con el caos de tráfico y curiosos que se ha desatado ahí abajo, porque nadie ha acordonado la zona ni despejado las calles adyacentes ni establecido ninguna distancia de seguridad. La estructura de los viejos edificios es de madera y el fuego se da un festín que sólo terminará muchas horas después, cuando ya no le quede nada que quemar. De golpe los tres nos damos cuenta de lo que significa vivir en Europa. Y de lo que significa no vivir en ella.

Bajamos de la azotea cuando todo parece haber terminado y echamos un vistazo al desastre desde abajo: mucha gente lo ha perdido todo hoy. Recuerdo haber pasado por esa misma calle días atrás y haber visto una barbería al viejo estilo y haber pensado en ir a cortarme el pelo allí a la vuelta del viaje en moto. Compruebo que ya no podré hacerlo, sólo quedan sus cenizas.

Es nuestra última noche juntos y decidimos ir a cenar algo en una terraza, unas calles más arriba. Después de la tensión llegan las bromas, claro: ¿dónde estabais el 11-S?, ¿pasasteis por Japón el año pasado?... Por supuesto, niegan todos los cargos que les imputo y rechazan la etiqueta de "pareja catástrofe"... pero justo en ese momento, a tres metros de nuestras narices, una moto atropella a una cría que iba en bicicleta. Toda la terraza se levanta para ayudarla, pero por suerte la moto no iba muy deprisa y la niña puede irse en su bici con poco más que un buen susto.

Ya no sé qué decir. Pienso en maniatarlos y llevármelos a la guesthouse y encerrarlos con llave antes de que acaben con todo el país... pero entonces desde algún lugar llegan los ladridos desesperados de un perro. Manouane se levanta a toda velocidad y comprueba que es un cachorro que está a punto de desnucarse tratando de sacar su cabeza de entre los barrotes en los que ha quedado atrapada. Finalmente consigue liberarlo. Supongo que cree que con eso compensará todo el mal que este foco de destrucción en forma de pareja belga feliz ha causado en las últimas cuarenta y ocho horas, en las que he protagonizado, presenciado u oído hablar de más accidentes que en todo el año pasado.

A la mañana siguiente, temprano, nos abrazamos, nos besamos y nos decimos hasta pronto (es probable que nos volvamos a cruzar en el camino). Ellos van directos hacia "las 4.000 islas", junto a la frontera de Camboya. Yo me quedo en Pakse y todavía haré un par de paradas antes de bajar hasta allí. Y espero de corazón, y así se lo ruego a los dos, por lo que más quieran, que cuando ese momento llegue la zona no haya sido rebautizada como "las 3.900 islas".



jueves, 8 de marzo de 2012

Agua. Sangre. Tierra. Fuego (III)


Tierra
(y un poco más de sangre)

Tras un par de horas de reposo horizontal –que no de sueño, porque los gallos, los cerdos, los geckos, los perros y los gatos del pueblo mantienen en ese momento del día fascinantes conversaciones interespecies– me reúno con Cedric y Manouane para desayunar y decidimos seguir viaje juntos hacia Paksong, en el mismo núcleo de la meseta de Bolaven. Sienta bien volver a la moto y comprobar cómo poco a poco, con suavidad, la carretera va ascendiendo, el paisaje se reverdece y la temperatura se vuelve algo más fresca, incluso nos caen unas cuantas gotas. Paksong no nos dice gran cosa; esperábamos un pueblo y tan sólo consiste en varios kilómetros de casas dispersas a pie de la carretera general (según leemos, la Paksong original desapareció bajo las bombas de la guerra de Indochina). De todos modos, paramos un rato en un pequeño bar a degustar el famoso café de la zona y decidir cuál será el próximo paso a seguir. Como las pensiones que hemos visto desde la moto no nos resultan demasiado atractivas, iremos todavía más allá, hasta Ban Nong Luang, donde intentaremos encontrar alojamiento en alguna casa particular antes de que caiga el sol.

Para llegar hasta allí hay que dejar el asfalto y mancharse de tierra, esa tierra omnipresente en Laos que recuerdo de un rojo profundo en el norte y que aquí es algo más clara, esa tierra que lo recubre todo, los coches y las motos y las pequeñas tiendas con sus artículos en exposición, borrosos bajo una pegajosa película de polvo parduzco que los vuelve indistinguibles los unos de los otros. También la gente, vestida con esas ropas de un marrón continuo, y los niños que juegan albardados en tierra. Y tierra es lo que encontramos: el camino hasta Ban Nong Luang nos obliga a participar durante más de media hora en un pequeño París-Dakar sobre una pista plagada de socavones, trampas de arena, piedras de todos los tamaños y camionetas que al adelantarnos nos permiten masticar –literalmente– el auténtico sabor del país.


En Ban Nong Luang hay apenas cuatro o cinco casas rodeadas de cafetales. Nadie habla inglés, pero cuando decimos "homestay" nos señalan con el dedo el lugar donde podrán darnos cama y comida, una casita con un patio trasero en el que vemos extendidos miles de granos de café secándose al sol. La propietaria es una risueña anciana que masca tabaco y se mueve con la agilidad de alguien veinte años más joven. A través de gestos nos indica que la sigamos a la parte de arriba, que resulta ser un enorme "desván" donde nos preparan un par de colchones convenientemente rodeados de sendas mosquiteras de color rosa. Un rato más tarde nos sirven la cena sobre unas alfombras: arroz, ensalada, algo de carne que Manouane no toca y una enorme sandía troceada que Manouane se zampa casi en su totalidad. Hablamos mucho, de nuestras vidas, de nuestros planes, de nuestras dudas, de qué rayos vamos a hacer cuando volvamos a Europa, hasta que poco a poco el sueño nos vence y nos decimos buenas noches a través de las mosquiteras.



Cuando amanece hace bastante frío y la única ducha de la que disponen en la casa está en el exterior y es un depósito de agua helada en el que flota un cubo de plástico, así que renunciamos a la higiene en favor de la salud y después de desayunar los dos huevos fritos, el pan tostado y el café que nos sirve una de las hijas de nuestra anfitriona y de pagar y dar las gracias por todas las atenciones recibidas, volvemos a las motos. Nuestra intención es regresar a Pakse con una pequeña parada en la cascada de Tat Fan, una de las más altas del país. Para ello debemos volver a la carretera de tierra, que hoy parece más corta y sencilla que ayer hasta que...

c r a s h

No sé cómo ha ocurrido, pero estoy en el suelo. Quizá mi rueda trasera ha patinado sobre una roca o tal vez sea la delantera la que se ha atascado en un charco de arena, la secuencia ha sido demasiado rápida como para saberlo con certeza. La cuestión es que ahora soy alguien totalmente marrón, lo que quizá explica por qué mis amigos, que iban por delante, tardan un rato en pararse: supongo que no me ven por el retrovisor, confundido con la tierra desde la que ofendo gravemente a todas las divinidades de todas las religiones conocidas. Cuando me incorporo compruebo que estoy más o menos entero (a excepción de un golpe en el muslo izquierdo, un par de rasguños en la rodilla y el tobillo izquierdos y algo de dolor en la muñeca izquierda) y que la moto sigue funcionando. Cedric y Manou vienen en mi busca y, tras las preguntas de rigor y de asegurarse de que estoy bien, con su mejor cara de circunstancias me comentan que, casualmente, hace un par de semanas alguien con quien compartían viaje también tuvo un pequeño accidente de moto.

Al revisarme de arriba abajo se dan cuenta de que el estuche de mi cámara –que, estúpido de mí, llevaba colgando del cinturón– está medio abierto. Al abrirlo del todo comprobamos que ha entrado bastante tierra y que la cosa no pinta bien. Como ellos también están bastante marrones nos limitamos a sacar la cámara del estuche, quitarle superficialmente el polvo y meterla en un lugar seguro dentro de la mochila. Reanudamos la marcha y al parar frente a la cascada de Tat Fan nos lavamos en un baño público (en mi caso sólo consigo rascar la superficie del glaseado marrón que me recubre) y por fin confirmamos que, aunque la cámara se enciende, el zoom no funciona y la cortinilla que debería cerrarse para proteger el objetivo no lo hace. Con su mejor cara de circunstancias, mis amigos me comentan que, casualmente, en el último mes a varias personas con las que compartían viaje se les estropearon las cámaras por distintas razones. 

Cuando empiezo a asumir que probablemente me haya quedado sin cámara, nos damos cuenta, maldita sea, de que la defensa de plástico de la moto se ha partido y le falta un trozo... que se habrá quedado en el lugar del accidente, treinta kilómetros atrás.

Parece que el día me va a salir caro.



martes, 6 de marzo de 2012

Agua. Sangre. Tierra. Fuego (I)

(He estado varios días sin internet a mano, alejado por completo de la civilización, y en ese tiempo han ocurrido unas cuantas cosas de cierto interés. Por esta razón esta entrada tendrá varias partes. Se ruega paciencia. Gracias).



Después de un par de jornadas tranquilas en Pakse, el virus del movimiento vuelve a atacar, así que me echo encima la mochila y me embarco en un viaje de cinco días en moto por la llamada Meseta de Bolaven, la tierra de las cascadas y los cafetales. Y de las parejas catástrofe.

Agua
El asfalto quema en todos y cada uno de los noventa kilómetros que separan Pakse de Tat Lo, la que será mi primera parada en la ruta. Mi espalda y mi mochila se convierten en una sola cosa, indivisible, húmeda y cada vez más pesada. A mitad de camino encuentro un puesto de bebidas a pie de carretera. Compro una botella de agua, me bebo la mitad y me ducho con la otra mitad, mientras las dos chicas laosianas que me atienden se cubren las risas con la mano. El frescor me proporciona la energía necesaria para seguir adelante, aunque sólo un par de kilómetros más tarde empiezo a tener la sensación de que me he duchado con sudor.

Entro en Tat Lo al ralentí y recorro despacio su única "calle" en busca de alojamiento. Tat Lo es un conjunto de cabañas agrupadas a pie de bosque, alrededor de un río y una pequeña cascada en la que los críos del lugar chapotean  durante todo el día. El pop pop de mi escape hace girar las cabezas de los farangs "veteranos" (es decir, los que llegaron ayer) y de los lugareños que están atareados con sus huertas o sus pequeños trabajos de carpintería o tratando de evitar a pedradas que los cerdos salvajes que hay por todas partes se les coman la cosecha o la ropa que han tendido al sol. Después de un par de consultas me quedo en una cabaña con porche en el que leer y retrete/ducha exterior habilitado en un pequeño cobertizo.


Estoy cansado y lo único que hago es comer un poco, curiosear por la cascada y sentarme en la terraza de un bar asomado al río a tomar una cerveza y ver cómo el sol nos va dejando en paz. Y entonces ocurre algo absolutamente inesperado, algo con lo que llevo soñando desde hace un mes: llueve. Llueve a mares y truena y los relámpagos rasgan el cielo negro y por los canales de los tejados de metal el agua se derrama en cortinas sobre la tierra seca, que ahora huele fuerte y fresca. Y todos, lugareños y farangs veteranos y farangs recién llegados nos sonreímos y salimos de nuestros escondrijos para dejarnos empapar por este regalo fuera de temporada. La temperatura cae diez grados de golpe. Hoy todo el mundo dormirá bien, arrullado por el canto decreciente de los geckos.

A la mañana siguiente madrugo y me pierdo tres o cuatro veces tratando de encontrar  la cascada más grande de los alrededores, llamada Tat Suong. Por fin, al pasar por un poblado un grupo de chavales de unos ocho años llama mi atención a gritos: "¡waterfall, waterfall!". Son seis o siete y corren delante de mi moto para conducirme hasta la "zona de aparcamiento", que consiste en un árbol pequeño. El que parece el líder se ofrece a guiarme hasta la cascada en cuestión. Se llama Malay y me presenta a sus amigos: Malay, Malay, Malay... Todos se llaman Malay, menos uno, al que se dirigen como Em, o eso me parece escuchar. En un cuarto de hora de caminata por el bosque llegamos a las inmediaciones de la cascada, pero como estamos en la estación seca lo único que veo son enormes bloques de piedra pulida por el agua que en algunos casos superan los tres metros de altura. Los seis Malays y Em, todos descalzos, comienzan a trepar y saltar de roca en roca como si las plantas de sus pies estuviesen provistas de ventosas e insisten en que yo haga lo mismo si es que pretendo llegar al corazón de Tat Suong y bañarme en él. Calculo de un vistazo que habrá un kilómetro de rocas hasta allí. En un caso así sólo caben dos opciones: reconocer las limitaciones de mi naturaleza cobarde y de mi edad y dar media vuelta o inventarme una biografía nueva salpicada de descensos de barrancos, espeleología, escalada libre y aquel día tan cojonudo en Cerro Torre, creérsela a pies juntillas y actuar en consecuencia. Elijo la segunda.

Convertido en Hogan El Intrépido Escalador, salvo vacíos, encuentro minúsculas hendiduras en las que anclar mis dedos y las puntas de mis sandalias para trepar a lo alto de las moles de piedra, me dejo deslizar de una a otra cuando el salto es imposible (para mí, no para los Malays), imprimo unos cuantos moratones en mis piernas y después de unos cuarenta minutos de sufrimiento atroz alcanzamos la piscina prometida. Y a pesar de que no dejo de pensar en que habrá que volver por el mismo maldito camino, vale la pena. La cascada no vierte demasiada agua en esta época del año, pero sí la suficiente como para crear toboganes naturales por los que deslizarse hasta la poza, de agua profunda, siempre nueva y fresca. Y a eso jugamos los Malays y Em y yo y un grupo de crías que ya estaban allí y se bañan totalmente vestidas –como manda Laos– y también Cedric, un belga (otra vez los belgas) que llega hasta la cascada poco después, guiado por su propio grupo de Malays. Durante dos horas nos lo pasamos como niños.


De regreso en la aldea hay que pagar a nuestros guías por su trabajo: 20.000 kips (2 euros) un precio más que justo por una mañana que jamás habríamos podido disfrutar sin su ayuda. Cedric y yo volvemos a las motos y, de vuelta en Tat Lo, descubrimos que somos vecinos de cabaña. Me presenta a su mujer, Manouane, y durante un rato charlamos en el porche. Como la pareja belga que conocí en Mae Hong Son, también están dando la vuelta al mundo (¿qué está pasando en Bélgica?). Ambos son ingenieros: él ha pedido un año de excedencia y ella actualmente no tiene trabajo. Empezaron en julio en Canadá y hasta ahora han pasado por Estados Unidos, Bolivia, Perú, Argentina, Chile, Taiwan, Tailandia y Laos (me dejo alguno, seguro). Su futuro incluye Vietnam, Camboya, Australia, Nueva Zelanda e Indonesia, con grand finale en Bali. Como parece que nos caemos bien, quedamos en ir esa misma noche a la fiesta previa a la matanza del "búfalo de agua" en una aldea a unos veinte minutos monte arriba. Hemos tenido suerte: la fiesta sólo se celebra una vez al año y ninguno de los tres teníamos la menor idea de que hoy era precisamente el gran día hasta que hemos visto un pequeño anuncio en un cartel.

Sí, tenemos suerte y nos caemos bien.

Lo que todavía no sé en ese momento es que son una pareja catástrofe.

Un Malay con ventosas en los pies

jueves, 16 de febrero de 2012

Un día más


 Me levanto temprano y al salir de mi habitación rumbo a la ducha común noto que mis pies caminan sobre una esponjosa alfombra que ayer no estaba. Al mismo tiempo, mis oídos detectan un molesto zumbido mecánico, casi prototecnológico, que cada dos o tres segundos se atraganta y está a punto de apagarse, pero finalmente, tras un par de estertores, continúa horadándome el tímpano. El olfato me envía señales de alerta, de peligro, achtung!, aléjate, ponte a salvo, huye, veneno, vuelve por donde has venido, por lo que más quieras. Mis ojos, por fin, completan el puzzle y resuelven el enigma: el rastafari neohippie que hace dos noches llegó a la guesthouse procedente de Pai ha decidido cambiar de imagen y raparse la mitad de la cabeza con su maquinilla, que ahora mismo parece un hámster eléctrico. De puntillas, escapando de los animales salvajes que sin duda se agazapan en la selva que Bob está dejando caer sobre las baldosas, consigo alcanzar la ducha más o menos indemne.

Fresco y aseado, alquilo una moto, conduzco unos quince kilómetros hacia el norte y me detengo en una pequeña cabaña-bar en lo alto de una colina que descubrí hace unos días. El dueño está tostando pan (¡pan!) sobre unas brasas que también sirven para mantener caliente el agua con la que preparará el té que me voy a tomar. El pan (¡pan!) y la mantequilla corren por cuenta de la casa. El paisaje, las montañas que dan cobijo a Mae Hong Son y mantienen fresca la mañana, son gentileza de la primera vibración, que ahora, con el ánimo templado por el aroma del fuego de leña, siento de forma muy intensa. Mientras desayuno termino el último capítulo de Mrs. Highsmith, pensando ya en Mr. Hemingway, que me espera en la mochila. Durante este viaje, sólo escritores que empiecen por H.


 Vuelvo a la moto y ahora me dirijo hacia el norte. La que he alquilado esta vez es semiautomática: tiene marchas, pero no embrague. Para subir de marcha hay que dejar de abrir gas y, al contrario que en una moto normal, pisar el cambio con la punta del pie. Para reducir, se pisa otra palanca con el talón. El sistema es terriblemente incómodo, pero me esperan casi 60 kilómetros de rampas que, según me ha asegurado el tipo que me la ha alquilado, una moto automática no podría salvar. Con esta lo consigo de milagro: en primera, sin pasar de unos 15 km/h en las cuestas más salvajes y pensando en que quizá tendría que haberme agenciado un piolet. Curva a curva empiezo a entender el cacharro y se van relajando los músculos de mi cara. Para cuando llego a Mae Aw, mi destino, tras dejar atrás la cascada (casi seca en esta época del año) de Pha Sua y el embalse de Pang Ung, las muecas de tensión han desaparecido bajo una enorme sonrisa.



Mae Aw, o Ban Rak Thai (que es su nombre tailandés moderno), es un pequeño pedazo de China encajado entre Tailandia y Birmania. Puede decirse que la frontera está en el pueblo, aunque desgraciadamente no puede cruzarse. Hoy en día sólo se puede entrar en Birmania por aire (aunque a David esto se la sude mucho). Al parecer, al final de la guerra civil china, miembros yunnaneses del ejército nacional revolucionario (KMT) llegaron a este lugar huyendo de las tropas comunistas y decidieron quedarse. Hoy Ban Rak Thai es un precioso conjunto de casas de adobe y cabañas descoyuntadas dispuestas alrededor de un lago donde se habla chino, se come chino y se lee chino. Casi todo el mundo aquí se dedica a cultivar y vender té, así que, tras probar unas cuantas variedades, me compro un saquito. Después de comer un arroz yunnanés y de invertir alrededor de media hora en reflejarme en la superficie del lago, decido volver a Mae Hong Son. Son casi las cinco y pronto empezará a escasear la luz, mejor apresurarse.

Cuando llego a la ciudad ya ha comenzado a atardecer. Alrededor del lago se han instalado, como cada día a esta hora, decenas de pequeños puestos de comida callejera: cerdo y pollo a la brasa, pad thai y otras preparaciones a base de fideos, crêpes de atún, pescado rebozado... Como tantas otras veces, lo que me atrapa es el sonido del mortero al quebrar los cacahuetes, al aplastar las limas y los pequeños tomates, al desmenuzar la carne de cangrejo y las guindillas que acompañarán al gran manojo de tiras de papaya verde que constituye el ingrediente central de la som tam, la única ensalada capaz de hacerte llorar de placer y dolor al mismo tiempo. "Spicyyyy?". "Yes, please, kop khun krab". A las seis en punto suena el himno tailandés por los altavoces y todo el mundo deja de hacer lo que estuviese haciendo hasta ese instante y se queda como petrificado en su sitio. La primera vez que presencié esto pensé en Village of the Damned, sólo que en este caso, que yo sepa, por el momento no ha habido alumbramientos de niños rubios.



El sol se ha apagado ya y el templo ejerce ahora de lámpara de noche. Una cerveza en el Monkey Box –en el que sólo hay otro cliente, Martin, un profesor de ciencias inglés– sirve para reducir el fuego de la som tam a unas agradables brasas. El día ha sido largo y me quiero ir a casa, pero David recibe la llamada de Uud, que está empeñado en que vayamos a tomar algo al Tsunami, donde lleva ya un rato bebiendo whisky con soda. El Tsunami es el restaurante japonés de "Mot", otro de los miembros tailandeses de la pandilla, quien, según dicen, borda el sashimi, aunque jamás ha estado en Japón. La ronda la paga "Joe", un risueño policía local, que, según David, se saca un sobresueldo permitiendo que lugares como el propio Tsunami estén abiertos a estas horas. Espero a que alguien se ría después de esta broma, pero nadie lo hace.

La reunión se traslada después a un bar en las afueras de la ciudad. La conversación se pone metafísica y le confieso a David que soy ateo. Contra todo pronóstico, no ordena que me quemen ahí fuera ni me rompe el vaso de whisky en la cabeza, aunque sí se empeña en contarme con pelos y señales un par de milagros con los que fue bendecido gracias a su costumbre de rezar todos los días. En el momento más oportuno, por suerte, Uud reconduce la conversación hacia territorio coño.

Antes de que termine la noche, de ninguna parte aparece una cría birmana. Tiene 15 años y es preciosa. Según nos dicen las dueñas del bar lleva 4 años en Tailandia y varias semanas viviendo allí, en la "trastienda". No va a la escuela, lo que enfurece a David, que la acribilla a preguntas en tailandés. "¿Pero tú quieres estudiar? ¿Quieres trabajar?" "Mi fundación puede hacerse cargo de ti. Dios santo, el gobierno tailandés está obligado a hacerse cargo de ti, vengas de donde vengas". Responde que lo que quiere es dinero. "Si quieres dinero puedo darte trabajo en el Monkey Box por las tardes". Contesta que se lo pensará. David está convencido de que dirá que no. Sospecha cuál ha sido su forma de supervivencia aquí en estos cuatro años.

Un día más. Un día menos. Me voy a la cama.

jueves, 9 de febrero de 2012

Se está mejor con el viento en la cara

Dejó escrito un gran filósofo que ir en moto es lo más divertido que se puede hacer con la ropa puesta. Si además luce el sol, corre una brisa fresca y tu cintura baila con las curvas entre arrozales, montañas y ríos, si te pierdes por carreteras de tercera cubiertas por auténticos túneles vegetales y atraviesas pequeños poblados donde todo el mundo te saluda, si te mojas los pies cruzando regatos mientras pides al Buda que las ruedas no patinen, si después de varias horas conduciendo llegas a una colina despejada y confirmas que allí no hay nadie más que tú... un jueves cualquiera puede convertirse en uno de los mejores días que recuerdas haber vivido. Un desvío me ha llevado casi sin darme cuenta a uno de los tres poblados de "mujeres jirafa" que hay en los alrededores de Mae Hong Son. No las he visto. El hecho de que te hagan pagar para que les eches un vistazo convierte la experiencia, en mi opinión –a pesar de que he leído y escuchado argumentos opuestos por parte de quienes defienden que ese dinero mejora sustancialmente las condiciones de vida de la gente de la zona y de las mujeres karenni–, en algo así como la visita a un zoo humano o al carromato de P.T. Barnum, en lugar de ser algo tan natural como el simple hecho de compartir durante un rato el mismo espacio. En fin, quizá me convenzan de lo contrario. Entretanto, sigo abriendo gas.