"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)
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domingo, 24 de junio de 2012
Y por fin... me encuentro a mí mismo
He necesitado casi ciento cincuenta días, pero finalmente lo he conseguido: me he encontrado a mí mismo. Y el acontecimiento se ha producido en el lugar más inesperado, nada menos que Kuala Lumpur. Después de dejar Indonesia he tenido que volver a Malasia: por alguna razón que sigo sin comprender del todo, volar de Bali a KL y después a Bangkok cuesta la mitad que volar directamente de Bali a Bangkok, mi puerta de salida hacia Europa. Así que he pasado un par de días extra en la capital malaya. Y si KL ya estaba creciendo en mi interior después de nuestro áspero primer contacto, ahora puedo decir que una parte de mí se queda en esta ciudad. Literalmente.
No es fácil encontrarse a uno mismo. Y mucho menos a 14.485 kilómetros de casa (nota al margen: casa empieza a convertirse en un concepto de bordes muy poco definidos y sumamente portátil). Y en mi caso ya ni siquiera estaba intentando buscarme. Había desistido varias semanas atrás, al caer en la cuenta de que probablemente el objeto de mi búsqueda (yo) en realidad preferiría no ser encontrado por el sujeto de mi búsqueda (yo). Así que me he encontrado sin buscarme, lo que, como era de esperar, ha intensificado las sensaciones en el momento del encuentro.
Que se ha producido como sigue:
Me subo a un tren elevado en la estación de Pasar Seni, me bajo en la parada de KLCC y entro en las Petronas por última vez en este viaje. Subo en las escaleras mecánicas hasta el quinto piso del centro comercial que hay en su base. Entro en la estupenda librería Kinokuniya y curioseo durante alrededor de una hora entre libros, guías de viaje, libretas, cuadernos y expositores de bolígrafos japoneses. Tras superar los dilemas habituales, decido que compraré Saturday, de Ian McEwan, y me lo llevo bajo el brazo con paso firme y rápido hacia la caja, no vaya a ser que vuelva a cambiar de opinión por séptima vez. Pero en el trayecto mi mirada traza una panorámica involuntaria y, a mitad de recorrido, creo ver algo familiar, una sombra, una silueta, una combinación de formas y colores no del todo desconocida. Freno de golpe –pero con gran habilidad consigo que Saturday no se me caiga al suelo– y me dirijo hacia la fuente de mi desconcierto. Y mis sospechas se confirman: ahí estoy, escondidito entre cientos de miles de millones de páginas, en lo más profundo de uno de los edificios más grandes de la Tierra, al otro lado del mundo.
"¿Me buscabas?"
"No"
"Yo tampoco te esperaba"
"Perfecto"
"Sí, perfecto".
domingo, 17 de junio de 2012
Un paso más (hacia abajo)
"¿Te apetece un café?"
"Vale"
Gauthier se levanta de la mesa, instalada sobre la arena, en la que acaba de depositar cuatro folios grapados, mecanografiados en inglés. Mientras prepara el kopi –el terroso brebaje indonesio que de ningún modo merece llamarse café– examino las preguntas contenidas en esas páginas. Son las ocho y poco a poco la brisa se va llevando la mañana hacia otro día perfecto en la isla de Gili Air.
¿Lesiones graves en la espalda? No. ¿Trastornos cardiacos? No. ¿Epilepsia? No. ¿Asma...?
"¿Gauthier?"
"¿Sí?"
"Tuve asma hace algún tiempo. ¿Eso cuenta?"
"¿Cuánto hace de eso?"
"Mmm. Unos treinta años"
"Nah"
"Ok"
¿Historial de neumonías? No. ¿Problemas de sinusitis? No. ¿Migrañas? No. ¿Claustrofobia...?
"¿Gauthier?"
"¿Sí?"
"Una vez tuve un ataque de claustrofobia en un ascensor atascado. Se me pasó de una hostia. ¿Eso cuenta?"
"¿Cuánto hace de eso?"
"Mmm. Unos treinta años"
"Nah"
"Ok"
¿Problemas de equilibrio? No. ¿Problemas de oído? No. ¿Estás embarazado? Espero que no. ¿Artritis? No. ¿Estabilidad mental...?
"¿Gauthier?"
"¿Sí?"
"Mi madre dice que soy un desequilibrado emocional. ¿Eso cuenta?"
"¿Cuánto hace que lo dijo?"
"Digamos que es una opinión constante. ¿Hace falta que pasen treinta años?".
"Nah"
"Ok".
A pesar de las interrupciones, Gauthier consigue preparar dos kopis y se sienta a mi lado mientras termino con el papeleo. Me pregunta si estoy nervioso y respondo que no. Mi mano maneja el bolígrafo sin temblores, aunque sí noto que los dedos de mis pies descalzos no dejan de remover la arena bajo la mesa. Ambos nos llevamos nuestras respectivas tazas a los labios mientras posamos los ojos sobre la superficie del Mar de Bali, que hoy parece más sereno que nunca.
"Es un día perfecto –me dice–. Vas a disfrutar, ya verás".
Terminamos nuestros kopis y Gauthier me entrega una bandeja de plástico con mi equipo: gafas, escarpines del 42, aletas, traje de neopreno corto y cinturón lastrado con cinco pastillas de plomo de un kilo cada una. Entre Gauthier y dos compañeros cargan los chalecos y las botellas de oxígeno en el pequeño catamarán y ponemos proa hacia los alrededores de Gili Trawangan, la más grande de las tres Gilis, alineadas frente a la costa noroeste de la gran isla de Lombok, a unos setenta kilómetros (y cinco horas en ferry lento) de Bali. En esta escuela no creen en las prácticas previas en piscina, así que mi primer contacto con el submarinismo se producirá directamente en el mar, rodeado de peces y corales. Tengo suerte: aún no es temporada alta y soy el único inscrito en la clase de DSD ("Discover Scuba Diving") de hoy, que por tanto será "privada". En la media hora de trayecto hasta el punto donde bucearemos Gauthier me da "la charla":
"Dos cosas que no debes olvidar. Primera: ecualizar el oído. Vas a experimentar lo mismo que cuando despegas en un avión, pero a lo bestia. Conforme bajemos, notarás cada vez más presión en los oídos. En cuanto eso ocurra, te bloqueas los agujeros de la nariz con los dedos y soplas a través de ella. Lo haces aproximadamente cada metro, tantas veces como sea necesario. Segunda: nunca, jamás, bajo ningún concepto, aguantes la respiración. Si no cambias de profundidad, no pasa nada, pero si subes conteniendo el aliento, te estallarán los pulmones".
"Joder. ¿Por qué?"
"Es muy sencillo. El oxígeno que reciben tus pulmones desde la botella cuando estás ahí abajo está comprimido, tu regulador lo ajusta a la presión, que es cada vez más fuerte según vas bajando y vas teniendo más metros de agua sobre ti. Si aguantas la respiración y subes sin soltarla, la presión será cada vez menor y el aire se descomprimirá en el interior de tus pulmones, que no podrán albergar semejante cantidad de oxígeno y..."
"Y adiós".
"Exacto".
"Mierda. ¿Podemos volver?"
"No te preocupes, voy a vigilarte de cerca y veré si las burbujas salen o no salen de tu boca. Simplemente no dejes de respirar. Y hazlo tan despacio como puedas. Cuando vea que te falta poco para vaciar la botella volveremos a la superficie. La inmersión durará treinta y cinco o cuarenta minutos y bajaremos hasta doce metros, el máximo permitido sin licencia Open Water".
Hemos llegado a la zona de buceo en cuestión. Antes de bajar Gauthier me explica los signos de comunicación básicos y los tres ejercicios que vamos a realizar. Me pongo el traje de neopreno, me ajusto las gafas y el cinturón lastrado y me calzo los escarpines y las aletas. Gauthier me ayuda a colocarme el chaleco y el peso de la botella de oxígeno hace que me incline hacia atrás. Me siento en el borde del catamarán, con el mar a mi espalda, la mano izquierda sujetando las gafas, la derecha el cinturón. Gauthier hace lo propio frente a mí, en el otro costado del barco. Voy a tener que dejarme caer hacia atrás. Ahora sí estoy nervioso, tanto que no puedo juntar las piernas, como Gauthier me indica. Por fin lo consigo. Gauthier inicia la cuenta atrás: cinco, cuatro, tres, dos, uno.. Voltereta hacia atrás. ¡Splash!
Nos hemos citado en la proa del barco, pero la corriente es tan fuerte que mi instructor me indica que nade hasta donde él está, agarrado a la cuerda de una boya. Ambos llevamos chalecos hinchables. Ha llegado el momento de deshincharlos, así que presionamos el botón que abre la válvula durante unos segundos, me coloco el regulador entre los dientes y poco a poco empezamos a descender. Respira despacio, respira despacio, respira despacio, respira despacio...
No puedo respirar despacio. De hecho, no recuerdo haber respirado tan deprisa en toda mi vida. Tres palabras bastarán para definir lo que me está ocurriendo con absoluta precisión: ataque de pánico. Simplemente, mi cerebro no admite que yo pueda sobrevivir durante treinta y cinco minutos bajo el agua, así que todo mi cuerpo se rebela ante una situación que considera antinatural. Más de una vez, haciendo snorkeling, he pasado media hora sin sacar la cabeza del agua, respirando siempre a través del tubo, pero en esos casos sé que, cuando me canse o me apetezca, podré levantar el cuello, quitarme la goma del tubo de entre los dientes y respirar sobre la superficie, con el sol en la cara. Aquí eso no es posible. Estoy condenado a pasar más de media hora encerrado en un medio letal, sin ninguna vía de escape, con el regulador como única conexión con el mundo de los vivos. Por tanto: respiro como si acabase de correr 800 metros en cincuenta segundos (lo que crea un torbellino de burbujas a mi alrededor que intensifica mi ansiedad), pataleo, niego con la cabeza, comunico con mis manos todos los signos convencionales de buceo y otros que me invento (ok, subamos a la superficie, ok, problema en los pulmones, ok, descendamos, problema en los oídos, ok, subamos a la superficie, ok, más despacio, ok, descendamos, ok, más deprisa, ok, estoy en reserva, subamos a la superficie hostia, ok, me falta aire, ok, infarto de miocardio, ok, neumotórax, ok, no quiero curas en mi funeral, ok, cremación, cremación, ok, asegúrate de que mis cenizas descansan en un cenicero del Village Vanguard bajo la foto de Bill Evans...). Por alguna razón, Gauthier no parece entender nada de lo que le digo, porque en lugar de sacarme de allí insiste en que sigamos bajando. ¿Pero de qué va este cabrón belga? ¿No ve que estoy a punto de desmayarme?
Estamos a tan sólo tres o cuatro metros de profundidad. Con un lento, delicado gesto de sus manos, Gauthier me indica que me tranquilice y que respirar no sólo consiste en tomar aire, sino también en soltarlo. Tiene razón. La ansiedad me lleva a llenar mis pulmones de oxígeno y a liberar sólo una pequeña cantidad, de ahí la respiración acelerada y también mi sensación de ahogo. Me doy cuenta de esto en un segundo de lucidez en mitad del terror. Poco a poco, me obligo a expulsar el aire hasta vaciar del todo mis pulmones. Y me tomo mi tiempo para volver a llenarlos. Y los vacío de nuevo, hasta la última burbuja. Repito el proceso cinco, seis, siete veces. Aún no he recuperado del todo el control de mis emociones, pero Gauthier se ha dado cuenta de mis progresos y ya va siendo hora de que empecemos con los ejercicios. Uno: quitarse el regulador de la boca, sostenerlo con la mano derecha, soltar oxígeno haciendo ruido, volver a ponerse el regulador, limpiarlo de agua con el botón de purgado. Superado. Dos: simulación de agua en las gafas. Gauthier me separa las gafas de la cara, de tal forma que se me llenan de agua. Durante un segundo vuelvo al pánico. Pero se me pasa. Tal como me ha enseñado en el barco, presiono la parte superior de las gafas con la palma de la mano y echo el cuello ligeramente hacia atrás, como si fuese Greta Garbo en La Dama de las Camelias. El agua vuelve al mar por la parte inferior de las gafas. Superado. Tres: Simulación de pérdida del regulador. Me quito el regulador de la boca y lo dejo caer. Aguanto la respiración (error: debería soltar burbujas haciendo ruido). Espero tres segundos. Inclino mi cuerpo hacia la derecha con el brazo derecho pegado a la cadera. Lanzo el brazo lentamente hacia atrás y dibujo un largo braceo de crawl. Bingo: el cable del regulador se engancha al vértice interior de mi codo, lo arrastro hacia adelante, lo agarro con la mano, me lo vuelvo a aplicar en la boca y lo limpio con el botón de purgado. Superado (tres cuartos de hora después, en cubierta, Gauthier me comentará que este último ejercicio no ha sido del todo perfecto, pero por ahora me indica con sus manos que los tres han resultado impecables, no vaya a ser que vuelva a hiperventilarme...).
Empiezo a sentirme confiado. Gauthier desciende un poco más y me indica que le siga. Bajamos otro metro y otro y otro más, ecualizando el oído cada pocos segundos. Al principio trato de descender nadando con las manos, cosa que mi instructor me ha dicho que no debo hacer y que por otra parte resulta bastante inútil. Para descender basta con soltar aire y, mágicamente, el peso del metal en la cintura hace que el cuerpo se aleje un poco más de la superficie. En cinco minutos me familiarizo con este sistema de navegación subacuática y pego mis brazos a los costados, sirviéndome de las aletas como único propulsor. Y entonces empiezo a disfrutar. Hasta ese momento estaba tan preocupado de la técnica, de mantenerme con vida y de respirar correctamente que ni siquiera había mirado a mi alrededor. Nos cruzamos con peces loro y peces ballesta. Buceamos entre corales, muchos de ellos vivos. Avistamos dos tortugas (bastante más pequeñas que mi tortuga de Malasia). Una de ellas está dormitando en el fondo del mar mientras un par de peces le roen el caparazón. Al pasar ante una enorme roca Gauthier me dice que me acerque y con su índice apunta hacia su base: una inquietante morena sale durante un instante de su guarida, nos enseña sus dientes y vuelve a esconderse. Más allá de este encuentro, la inmersión transcurre plácidamente, entre peces inofensivos. Los tiburones son raros en estas aguas y no vemos ninguno. Las impresiones que me produce la vida submarina no son tan intensas como las que recibí en mi primer día de snorkeling en las Perhentians, pero el hecho de empezar a dominar mis movimientos a doce metros bajo la superficie (quince, en realidad, según me confirmará Gauthier un rato después: "ejem, cosas de la corriente") y de respirar con total relajación me proporciona otro tipo de satisfacción, igualmente placentera. Un par de veces miro hacia arriba desde el fondo y suelto un suspiro de asombro al ver la distancia que me separa del mundo real. Y como siempre suele ocurrir, justo cuando me lo estoy pasando en grande, es hora de volver a la superficie.
Y allí compruebo que tan importante como la propia inmersión es lo que viene después. Tras desprendernos del equipo, Gauthier y yo (y sus dos compañeros, que también han estado buceando por la zona) nos sentamos alrededor de la mesa del barco, donde nos espera una taza de kopi y una bandeja de piña recién cortada. Y así, bajo el sol de las once de la mañana, mientras regresamos a Gili Air con el viento en la cara, damos cuenta del desayuno y comentamos todo lo que ha ocurrido en los últimos cuarenta minutos: mi ataque de ansiedad y los ejercicios y las tortugas y la morena... Ellos van desgranando recuerdos de algunas de sus mejores inmersiones: en Egipto, en Sulawesi, en Filipinas... y yo contribuyo a la conversación con mis pequeñas historias de tortugas y tiburones en las Perhentians. Finalmente, me preguntan si estoy dispuesto a hacer el curso Open Water: en tres días podría tener en mis manos el título, que me autorizaría a bucear hasta dieciocho metros de profundidad en cualquier lugar del mundo. La tentación es fuerte y realmente quiero hacerlo. Pero digo que no: a estas alturas mi presupuesto ya no me lo permite y, además, este viaje está a punto de terminar y me gustaría tener por delante algún que otro mes más para poder poner en práctica lo aprendido. Pero ahora sé, a pesar del pánico inicial, que algún día lo haré y que quizá no tarde demasiado en hacerlo. Un motivo más para regresar a esta parte del mundo.
Por ahora me conformo con volver la orilla y caminar con una sonrisa en la cara por los senderos de arena de la diminuta Gili Air, donde el vehículo más sofisticado con permiso para circular es un carro tirado por un caballo. Me cruzo con los personajes habituales: el chaval indonesio que todas las mañanas me lanza un descabellado "Eh, amigou, Fernando Torres, ¿porrito?"; el tipo que me quiere vender cuanto antes el billete de vuelta a Bali; el dueño del bar al aire libre donde cada madrugada voy a ver los partidos de la Eurocopa, que me pregunta si esta noche también me pasaré a ver el de Holanda. Me pasaré, sí, si consigo dormir un rato por la tarde. Entro en la terraza del bar-restaurante Zipp, me acomodo entre cojines en una de las pequeñas casetas de paja que hay plantadas a pocos metros del mar y pido un zumo de papaya. Saco de la mochila la autobiografía de Christopher Hitchens que me compré en KL y me sumerjo en ella un rato, hasta que un par de voces interrumpen mi lectura:
"Bueno. ¿Qué tal ha ido?"
"Parece que no te ha estallado el cerebro, como temías..."
"Ahora os cuento. Sentaos. Empiezo a tener un poco de hambre. ¿Qué os apetece comer? ¿Compartimos una Bintang grande?"
"Ok"
"Pues veréis. Los primeros cinco minutos han sido los más largos de mi vida, pero después, poco a poco..."
miércoles, 16 de mayo de 2012
He visto cosas que no creeríais...
(Las imágenes submarinas que aparecen en esta entrada no son mías –no tengo una cámara subacuática–, pero fueron tomadas exactamente en los mismos puntos por los que yo pasé y reflejan a la perfección, tanto en contenido como en perspectiva, lo que yo vi. Por esta razón, me ha parecido oportuno incluirlas aquí)
Pues muy bien, aquí estoy. Pulau Perhentian Kecil, Malasia. He salido de Kota Bharu a primera hora de la mañana en un autobús local que me ha llevado hasta el muelle de Kuala Besut. Desde allí he divisado a contraluz, a lo lejos, las siluetas cubiertas de jungla de las dos pequeñas islas Perhentians, Besar y Kecil. La travesía ha resultado incluso mejor de lo que imaginaba: una lancha rápida para doce personas y sus equipajes. Media hora de velocidad pura con el viento arañándome la cara. Con una mueca de suficiencia el capitán se aprovechaba del trampolín de las crestas del mar para hacer que el casco despegase de la superficie del agua durante un segundo de vértigo y después cayese a plomo, con un golpe seco que percutía inclemente contra mi esqueleto y me elevaba unos centímetros sobre el asiento. Mi sonrisa dejaba tras de sí una larga, deslumbrante estela de espuma blanca.
El reparto de pasajeros entre las distintas playas de las dos islas me ha dejado solo en la lancha. El lugar que he elegido para alojarme, en el extremo noreste de Kecil, es el más remoto, alejado de las comodidades de los resorts, de las filas de sombrillas, de la juerga nocturna y de los turistas que se dejan reblandecer al sol sin hacer otra cosa que comer demasiado y dañarse el cerebro con un tocho de Paulo Coelho o de Barbara Cartland. A salvo de un asentamiento de pescadores en el sur de Kecil, no hay pueblos en las islas. Tampoco carreteras. La jungla reina en las Perhentians y sólo se detiene a unos pocos metros del mar, sin dejar apenas espacio para los bungalows más o menos confortables que alojan a los turistas, construcciones de madera levantadas en escuetas playas de arena tan blanca que parece sal depurada. Sólo hay dos modos de trasladarse de una playa a otra: atravesar la jungla empapado en sudor por angostos senderos abiertos entre la maleza o tomar un "taxi" acuático, una pequeña canoa a motor que te lleva donde tú le pidas.
El nombre de mi guesthouse es D' Lagoon y consiste en una serie de cabañas desperdigadas entre los árboles, alrededor de una pequeña cala sin apenas arena, cubierta de restos de coral. Tengo una habitación en una longhouse, una especie de barracón de madera con un pasillo a lo largo del cual se suceden los cuartos, bautizados con nombres de peces. "Butterfly Fish" es el que me ha tocado en suerte y desde su ventana podré ver el mar al despertarme cada mañana. El alojamiento es tan básico como esperaba: comparto la habitación con cucarachas, mosquitos, arañas y lagartijas y en el tejado vive un gecko que cada noche me arrullará con su canto de seis tonos. Las duchas son compartidas y el váter es un agujero en el suelo, como el de ciertos bares por los que todos hemos pasado alguna vez. Pero esto no es el "Ritz Garden Hotel" de Ipoh, así que no hay razón para quejarse. He estado en sitios parecidos en Laos y en Camboya. Dos veces más baratos, eso sí.
Tras dejar la mochila en el cuarto y darme una ducha salgo al exterior y me pregunto si estaré a la altura. Se supone que esta debería ser una de las cumbres del viaje y ya empiezo a notar un cierto desencanto. A primera vista no hay gran cosa que hacer aquí y por un instante temo que los días se me vayan a hacer demasiado largos. Ni siquiera hay cerveza, maldito sea Alá. Bueno, sí que hay, según me informa Omar, un francés cincuentón, descendiente de argelinos, que es la viva imagen de Ricardo Darín bronceado y que lleva aquí tres semanas, siempre sentado a la misma mesa de la terraza del "restaurante", leyendo un libro tras otro y dando conversación al resto de huéspedes.
"Pero se las tienes que comprar calientes, de diez en diez, y llevártelas a tu cuarto, como si las hubieses traído de otro sitio. Después calculas cuándo te las quieres tomar y las vas metiendo poco a poco en el frigorífico de la cocina. A mí me quedan unas cuantas. Si no quieres comprarte diez de golpe te vendo una o dos esta tarde, a eso de las siete, para que estén frías cuando termines de cenar. A precio de coste, ¿eh?".
Omar no tiene la menor intención de moverse de aquí en mucho tiempo, así que algo tendrá este sitio. Después de darme un chapuzón en el mar y comprobar aliviado que el agua, sin llegar a estar fría, no es ese jarabe tibio característico de todas las costas del sudeste asiático, me llevo a Mr. Nabokov y su Sebastian Knight a una de las tumbonas de madera dispuesto a leer un rato. Desde la tumbona de al lado una chica levanta la vista tras sus gafas de sol y me saluda sorprendida. Es Eszter ("nací en Hungría, me crié en Suecia, vivo en Londres"), diseñadora gráfica freelance, 28 años. La conocí tres días atrás en la guesthouse de Zeck, en Kota Bharu, donde intercambiamos unas cuantas frases y le presté mi adaptador universal para que pudiese recargar el móvil en el enchufe de su habitación. Lleva siete meses viajando por India, Nepal, Vietnam, Laos, Tailandia y Malasia. El azar ha hecho que nos volvamos a encontrar.
"Estaba a punto de ir a hacer un poco de snorkeling. Dicen que el arrecife de aquí es muy bueno. Pero no me gusta la idea de salir ahí sola. ¿Te apuntas?"
"¿Snorkeling? Eh... sí, sí... eh... claro, por qué no. ¿No hay mucho más que hacer aquí, verdad?"
Pero en mi cabeza, mientras alquilo las gafas, las aletas y el tubo en el puesto que hay junto al restaurante, empiezo a escuchar la voz clara y distinta –doblada al castellano, eso sí– de Robert Shaw diciendo: "Esos ojos sin vida, ojos negros, como de muñeca..."
Caminamos hasta la orilla, nos sentamos en una roca, escupimos en el cristal de las gafas, las aclaramos, encajamos en ellas la cara, nos calzamos las aletas, afianzamos la goma del tubo entre nuestros dientes y de un empujón empezamos a deslizarnos sobre la superficie del mar con la vista fija en el fondo. Al principio hay sólo arena y rocas ahí abajo. Y al frente un azul turquesa que se va haciendo más borroso, que se degrada hacia tonos más oscuros hasta disolverse en la inmensa penumbra del Mar de China. Un par de peces pequeños cruzan mi campo de visión mientras Robert Shaw, ahora acompañado de Richard Dreyfuss, canta: "Ya me marcho de aquí, bella dama española, adiós que me voy, oh preciosa mujeeeeer...".
Pero poco después, tras dejar atrás una enorme roca, el fondo se aleja de golpe seis metros y entro en otro planeta. Y es un planeta asombroso, tan asombroso que lanzo sin querer un "¡wow!" asordinado por las burbujas a través del tubo. Siento como si hubiese vuelto a nacer en un mundo nuevo donde todas las leyes físicas y todas las normas estéticas hubiesen sido abolidas o vueltas del revés. Vuelo. Vuelo sobre una ciudad de coral multicolor estructurada en terrazas y habitada por cientos, miles de seres de tamaños, formas y colores fuera del alcance de mi imaginación. No creo haber recibido una impresión tan fuerte desde que tenía seis años. El agua es tan clara, la visibilidad es tan absoluta, hay tanta información nueva arriba y abajo, a izquierda y a derecha, que dejo de mover las aletas y me limito a flotar, a acompasar la respiración y a mirar a mi alrededor. En todo momento estoy rodeado de peces, nunca hay menos de quince o veinte en un radio de unos palmos de distancia. Veo una formación de seis o siete needlefish que nadan a pocos centímetros de la superficie. Veo cómo Eszter se cruza con un elegante pez Napoleón, casi tan grande como ella. Veo cómo un gran pez loro azul y rojo y amarillo y violeta y verde y rosa desciende en picado hacia una roca de su gusto y escucho cómo la roe con sus dientes para obtener algo de alimento vegetal. Detecto entre los filamentos de una anémona los colores característicos –naranja, blanco, negro– de un pez payaso. Cojo aire, desciendo hasta tenerlo delante de las gafas y otros seis o siete peces payaso de distintos tamaños salen de la anémona a ver qué pasa. El más grande (medirá seis centímetros) se encara conmigo y me muestra su mejor mueca de pez malo mientras aletea enérgicamente para defender su territorio. Se me escapa una carcajada. Vuelvo a la superficie y Eszter me indica con un gesto que mire hacia abajo, a mi derecha: una raya planea sobre el fondo y la seguimos durante un rato. Supongo que se ha dado cuenta, porque acelera el ritmo, derrapa dejando tras de sí una nube de arena y nos pierde tras doblar un inmenso níscalo de coral.
Continúo sobrevolando valles y montañas, rodeo descomunales bolas de helado fosilizadas (de mora, de pistacho, de vainilla). Atravieso alucinado y en contradirección un banco de miles de peces diminutos que constantemente cambian de rumbo al unísono, como un solo ser hecho de agua y recubierto de escamas de plata, como un ejército que acata con un espasmo la orden dictada por un general mudo. Porque aquí sólo hay silencio y paz. Y lo que yo esperaba era un mundo violento, peces grandes a la caza de peces pequeños, reyertas submarinas por un trozo de comida. Pero no hay nada de eso. Al contrario, esta es la ciudad más civilizada que jamás haya visto. Si hay alguna pequeña disputa, se salda con un coletazo al agua que apenas altera la lentitud reinante, sin sangre ni contacto. El vencedor se lleva su trofeo y todo el mundo respeta el resultado. Cada especie sigue su camino educadamente, sin importunar al resto, como ese pez gris de ahí, ese tan largo, con la cabeza plana, ese...
Echo las manos hacia adelante para detenerme en seco.
Ojos sin vida, ojos negros, como de muñeca.
No es muy grande. Medirá algo más de un metro y nada pegado a las rocas de la costa, a unos seis metros de donde me encuentro. Su silueta inconfundible está hecha del material con el que se construyen las pesadillas. Al menos las mías. Y sin embargo, no se me acelera el pulso y –enorme sorpresa– no braceo a toda velocidad hacia la orilla para salir del mar, de la guesthouse, de las islas y del país. En lugar de eso giro la cabeza siguiendo sus movimientos, pausados e indiferentes, hasta que desaparece. Eszter, que se había alejado bastante de mi posición, regresa y me enseña su pulgar hacia arriba. Subimos y nos desprendemos del tubo.
"Me han dicho esos de ahí enfrente que hay algún tiburón por aquí. ¿Lo has visto?"
"Joder que sí lo he visto. Ahí mismo, pegado a esas rocas. Nunca creí que fuese capaz..."
A lo que sigue una explicación emocionada, casi infantil, de mi primer avistamiento. El segundo se producirá sólo unos minutos más tarde. Esta vez es más grande –bastante más grande que yo– y nada a poca distancia del fondo. Sospecho que me ha pasado por debajo sin que me diese cuenta y ahora se aleja hacia la oscuridad, así que decido seguirlo. Repito, porque yo mismo no me creo lo que estoy haciendo: decido seguirlo. Nado tras él, manteniendo una distancia a la que me siento seguro, unos cinco metros, hipnotizado por el movimiento oscilante de su cola. De pronto gira hacia la derecha y, por si acaso, me paro. Durante dos o tres segundos puedo verlo en toda su longitud y calculo que rondará los dos metros y medio. Después vuelve a girar hacia la izquierda y se aleja. Esta vez me quedo en mi sitio. Creo que ya he tenido bastante por hoy y quiero disfrutar un poco de esto que estoy sintiendo ahora mismo. Una especie de orgullo por haber superado una prueba que siempre consideré fuera de mi alcance, que ni siquiera estaba en mi agenda. Y, por encima de todo, la sensación de haber vivido durante un par de horas en un sueño de Lewis Carroll. Y es una sensación fantástica. Hoy me caigo muy bien.
Después de pelearnos durante un buen rato contra la corriente (nos hemos alejado bastante de la orilla) salimos del agua, nos duchamos y nos sentamos a jugar una partida de ajedrez en la rudimentaria mesa que hay instalada frente al mar mientras hacemos recuento de todo lo que hemos visto. Sobre la arena, uno de los muchos lagartos que hay en los alrededores se da un lento paseo vespertino. Eszter tiene bastante experiencia en el mundo del submarinismo, pero parece tan impresionada como yo. "Aquí ni siquiera hacen falta botellas ni reguladores de presión. Todo está ahí enfrente, la visibilidad es estupenda y no es necesario bajar mucho. Aunque es una pena que algunos corales estén tan estropeados". Si estos corales están estropeados, me pregunto cómo serán los buenos. Después de hacer un movimiento estúpido con mi reina, pierdo la partida y vamos a comer algo en el restaurante. Durante la cena consultamos el "libro de peces" que tienen en la guesthouse para tratar de poner nombre a todas las caras con las que nos hemos cruzado en nuestra salida. Como no hemos tenido bastante, decidimos apuntarnos al "snorkeling trip" que a la mañana siguiente nos llevará durante más de cuatro horas a cinco puntos distintos de las islas. Quiero estar lo más fresco posible, así que después de tomarme una de las cervezas de Omar, me voy a dormir.
Son las ocho y media de la mañana y estoy nervioso. Uno de los cinco lugares a los que vamos a ir se llama "shark point" y lo imagino atestado de tiburones. Y una cosa es seguir a un tiburón y otra estar rodeado de ellos por todos los flancos. Tras el desayuno, Eszter y yo, junto a tres chicas francesas, nos subimos a la motora que nos trasladará de un punto a otro. Después de lo que vimos el día anterior, un par de ellos nos resultan algo decepcionantes: los corales no son tan buenos y la cantidad y variedad de peces no es tan grande. El tercero es mucho mejor: allí por fin vuelvo a experimentar mis mejores sensaciones de novato y avisto mi tercer tiburón, de unos dos metros, al que Eszter y yo seguimos durante unos segundos. Poco después nos zambullimos con cierta aprensión en "shark point", pero para nuestra decepción –repito, decepción–, sólo encontramos un tiburón después de mucho rastrear de aquí para allá (esa misma tarde atravesaremos durante veinte minutos la jungla para llegar a "Adam & Eve's Beach", una playa desierta al norte de Kecil, y descubriremos que ese debería ser considerado el auténtico "shark point": no menos de cinco tiburones desfilarán ante nuestras gafas).
Pero el gran momento ha llegado a primera hora de la mañana, justo después de salir de D' Lagoon. Son las nueve y media y, a unos cien metros de la costa de Besar, nuestro capitán reduce al máximo la velocidad de la motora y fija la vista en el mar, en busca de algo. Durante cinco minutos todos hacemos lo propio, tratando de atravesar la superficie del agua con nuestros ojos, hasta que por fin recibimos la orden esperada:
"Todos al agua. Seguidla"
Me dejo caer al mar entre una nube de burbujas. Y cuando se disipan lo que veo es, simplemente, belleza en estado puro. Belleza total, sin mancha, belleza absoluta.
En el centro del escenario azul, a unos dos metros sobre el fondo, iluminada por el cañón de luz del sol, una enorme tortuga marina vuela en silencio frente al anfiteatro flotante que entre los cinco hemos formado. Durante media hora la seguimos respetando una distancia que no la inquiete, que no la obligue a abandonar esa lentitud con la que sus poderosas alas acarician el agua para darse impulso. Esas alas que parecen querer marcar el ritmo del mundo, batutas que nos dicen lento, largo,larghissimo. Sube... y baja... y sube... y baja... y vuelve a subir con un suave golpe de aletas, planea, se deja ir. Nadamos a cinco fotogramas por segundo mientras la vemos dirigir su caparazón hacia la luz, mover sin esfuerzo el inmenso peso de su cuerpo, que se eleva ingrávido hasta que la gran cabeza asoma a la superficie –y las nuestras con ella, mirándola ahora desde nuestro lado del mundo–, consigue una buena ración de aire y vuelve a sumergirse. Ahora vuela aún más despacio, a unos tres metros bajo nuestras aletas. Aguanto la respiración y desciendo a su altura. Durante unos segundos somos sólo ella y yo, compartiendo vuelo. Y me siento pequeño a su lado, me siento muy pequeño cuando gira levemente su cabeza hacia la derecha y su gran ojo se fija en mí por un instante, sólo un instante infinito antes de mirar de nuevo al frente y avanzar hacia la oscuridad y perderse en su mundo lento y dejarme atrás para siempre. Pequeño, más pequeño que nunca.
Yo no he visto atacar naves en llamas más allá de Orión. Tampoco he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäusser. Pero he volado bajo el agua junto a una tortuga gigante. Y aunque ese y todos los momentos de mi vida se perderán algún día como lágrimas en la lluvia, el viaje, todos los viajes, habrán valido la pena.
martes, 10 de abril de 2012
Dos playas
De vez en cuando hay que parar. Elegir algo parecido al paraíso y tumbarse a disfrutarlo durante unos días. Son ya más de dos meses en movimiento perpetuo, setenta días de aviones, tuk-tuks, motos, songthaews, camionetas, coches de policía, minivans, bicicletas, taxis, trenes, autobuses, canoas, ferries y sandalias y conviene cuidar un poco del cuerpo y prepararlo para el futuro inmediato, que se anuncia intenso. Yo he encontrado ese paraíso en una playa. Una playa inglesa, eso sí. Se llama Chesil Beach y es el escenario de una obra maestra que ya estaba tardando en leer. La he devorado casi de un tirón en Otres Beach, una playa camboyana que tiene poco de paradisíaco: el mar a 30 grados, los mosquitos más voraces –por ahora– del sudeste asiático, mala comida, tipos que intentan venderte algo cada cinco minutos, una sobreabundancia de guesthouses plantadas a dos metros de la orilla que obligan a pasear por la arena esquivando letreros de madera que anuncian "fish bbq", "happy hour" o "delicias de la cocina francesa"... Y, por si fuera poco, Pol Pot.
Pol Pot es mi compañera de habitación en el ático de un bungalow destartalado en mitad de la playa. Nos conocimos una noche de lluvia. Yo acababa de cenar un (horrible) pescado a la parrilla. Ella no había cenado todavía. Yo iba de azul. Ella, de blanco, como siempre. Ambos buscábamos refugio: la tormenta tropical descargaba en ese momento toneladas de agua eléctrica sobre la costa y cada trueno parecía querer borrarnos de la faz de la Tierra. Yo entré en mi habitación por la puerta. No tengo la menor idea de cómo entró ella. Nos miramos a los ojos –enrojecidos los suyos, fuera de sus órbitas los míos– y sin más preámbulos me quité la camiseta que llevaba puesta... para usarla como látigo contra su pesado, repugnante cuerpo al grito de: "¡Puta rata de mierda, sal de mi habitación echando hostias si no quieres acabar a la brasa en un puto puesto callejero!". En ese momento conseguí que dejase de hacer lo que estaba haciendo –comerse el plástico que convierte el tejado de paja de mi bungalow en una superficie no del todo permeable (una cena mucho más sabrosa que la mía, no me cabe duda)– y desapareciese por la ventana. Pero creo que no fui lo bastante agresivo, porque cada noche, cuando estoy a punto de quedarme dormido, vuelvo a escuchar su inconfundible hiiihiihii, sus pequeños pasitos sobre el tejado, sus dientes intentando rasgar el plástico, y entonces me desvelo y recuerdo que no creo en el paraíso. Y pienso que ya está bien, que ya basta, que ya va siendo hora de volver al maravilloso infierno de Phnom Penh.
jueves, 15 de marzo de 2012
Le Horla en la Hamaca
Para obtener el máximo beneficio es preciso madrugar. Pero en este caso no hay necesidad de despertador. Bastará con abandonar la cama cuando los gallos irrumpan sin permiso en el último sueño. Serán entonces las seis o las seis y media de la mañana y hará ya un buen rato que el sol tuesta inclemente el otro lado de la isla, el de levante. Aquí, en poniente, todavía es fácil respirar y una brisa débil peina la superficie del río, apenas alterada por las canoas de los pescadores y de los guías que conducen a algunos farangs a ver los escondidizos delfines de agua dulce. Valoro mis opciones desde la terraza del bungalow, mientras la luz reflejada en el agua se abre paso entre mis párpados, todavía hinchados. No me ducharé. Vuelvo al interior, me calzo el traje de baño, camino unos metros hacia el norte y me zambullo en el río. Unas cuantas brazadas me colocan en el centro del Mekong y durante un buen rato me limito a flotar y a escuchar el silencio. Llevo ya dos días en Don Det, una de las "4.000 islas" en las que Laos se descompone antes de convertirse en Camboya. El norte de la isla ha vendido su alma a la marihuana y a la misma calaña de turistas veinteañeros que en el Mediterráneo saltan de los balcones para dejarse los dientes en el borde de una piscina (desafortunadamente, aquí no hay suficiente altura). Las guesthouses se amontonan allí entre restaurantes de comida mala, bares con televisión, "agencias de viajes" y locales de internet, y por la noche las "calles" de esta inconsistente metrópoli rural se pueblan de zombis que rebotan de una fachada a otra con una botella de cerveza caliente en la mano sin saber si esto es Don Det o Vang Vieng o la Costa del Sol.
Por suerte sólo la punta de la isla está gangrenada, aunque sospecho que es cuestión de tiempo que la infección se propague. Uno o dos kilómetros más abajo el ruido empieza a desvanecerse y, después de dejar atrás algún que otro asentamiento neohippie en los que huele intensamente a pescado viejo, aún es posible vivir la genuina lentitud laosiana, cruzarse con bueyes de agua, comer un buen laap o, simplemente no hacer nada en absoluto. Yo dedicaré el resto de la mañana a mecerme en la hamaca mientras monsieur Maupassant y yo nos vamos conociendo mejor. Comeré algo ligero y quizá escriba un poco o vuelva a darme un chapuzón por la tarde, o tal vez me anime, yo también, a subirme a una canoa e ir en busca de los delfines. Y después, al final del día, el sol de las seis se despedirá con su mejor truco de alquimia y convertirá el Mekong en plata. Y yo estaré allí, en mi terraza, para contemplarlo. Camboya puede esperar.
sábado, 18 de febrero de 2012
Ernest Hemingway a la sombra
Después de comer, a eso de la una y media, el sol pega con rabia y las moscas se adueñan de la ciudad. El repelente que me aplico cada mañana en muñecas y tobillos, en la nuca, el envés de los antebrazos y los lóbulos de las orejas (esto último es un consejo de mi farmacéutica donostiarra) funciona con los mosquitos, pero por alguna razón atrae –se diría que sexualmente– a las moscas de Mae Hong Son. Por primera vez desde que llegué empiezo a sudar. Aquí, en el norte, montañoso y verde, el clima es suave –algunas noches hay que echarse encima la chaqueta, incluso rescatar los vaqueros del fondo de la mochila–, pero hoy siento como si alguien hubiese tirado del mapa hacia abajo con toda el alma y por eso ahora el asfalto se derrite bajo un sol violento que en condiciones normales debería estar sobre Bangkok. La semana que viene será mucho peor. Mi tiempo en Tailandia se va acabando y debo pensar en poner proa al sur, en cruzar el país para acercarme poco a poco a la frontera de Laos, lejos, allá abajo, a la altura de Pakse. Por ahora me siento en la terraza de un pequeño café a la sombra, pido un té con hielo, abro a Hemingway y leo el tercer capítulo, que apenas tiene cuatro páginas. Compré una edición en ingles de bolsillo de A Moveable Feast en Madrid, recién estrenado el año, sospechando que no habría mejor ocasión que este viaje para leerlo. No me equivocaba. Le leo en París, merodeando una librería en la que se prestan e intercambian libros, muchos de ellos revendidos, abandonados u olvidados por viajeros de paso. En uno de esos raros momentos de perfección, al levantar la vista del texto veo que este mismo café tiene una gran estantería de libros viejos en varios idiomas. En Tailandia abundan estos lugares, librerías y cafés donde uno puede comprar una guía de viaje o una novela usadas por casi nada, donde es posible dejar la guía o el libro recién terminados y llevarse otro a cambio. Atravieso este túnel recién excavado que me comunica con el primer tercio del siglo XX y leo varias veces ese tercer capítulo, "Shakespeare and Company". Las palabras –esa música sencillísima que compone y que repite estribillos sin el menor complejo– se me quedan pegadas y me preguntó por qué habré tardado cuarenta años en llegar a esta página.
Tengo que reproducir este diálogo entre Hemingway y su mujer:
"Let's walk down the rue de Seine and look in all the galleries and in the windows of the shops".
"Sure. We can walk anywhere and we can stop at some new café where we don't know anyone and nobody knows us and have a drink".
"We can have two drinks".
"Then we can eat somewhere".
"No. Don't forget we have to pay the library".
"We'll come home and eat here and we'll have a lovely meal and drink Beaune from the co-operative you can see right out of the window there with the price of the Beaune on the window. And afterwards we'll read and then go to bed and make love".
"And we'll never love anyone else but each other".
"No. Never".
"Let's walk down the rue de Seine and look in all the galleries and in the windows of the shops".
"Sure. We can walk anywhere and we can stop at some new café where we don't know anyone and nobody knows us and have a drink".
"We can have two drinks".
"Then we can eat somewhere".
"No. Don't forget we have to pay the library".
"We'll come home and eat here and we'll have a lovely meal and drink Beaune from the co-operative you can see right out of the window there with the price of the Beaune on the window. And afterwards we'll read and then go to bed and make love".
"And we'll never love anyone else but each other".
"No. Never".
jueves, 2 de febrero de 2012
Patricia Highsmith en la bruma
La adaptación a la humedad y la polución está resultando lenta y trabajosa. El sol no se ha dejado ver todavía en Chiang Mai, que desde que llegué esconde parte de sus encantos bajo una bruma densa y pesada. Debo tomármelo con calma, el viaje será largo. Hoy me limito a pasear hasta el campus de la universidad y me siento a orillas del lago a leer un rato. Después comeré un arroz al curry verde en Khun Churn, cerca de la calle Nimmanahaemin, una de las razones que me han hecho volver a Chiang Mai y a alojarme al oeste de la ciudad antigua, lejos del circuito de templos, de las guesthouses de mochileros y de los pubs de esa Inglaterra portátil a la que, allá en el este, imagino muy enfadada con tanta sombra.
Despacio, despacio.
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