"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)
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martes, 24 de abril de 2012
KL: diez razones para odiarla
Tengo un amigo –realizador de televisión y por tanto no del todo en sus cabales– que cada vez que entra conduciendo en Bilbao gruñe: "Esta es una ciudad inevacuable, joder. Vaya mierda de ciudad. ¿Has visto algo más inevacuable en tu vida? Si es que es totalmente inevacuable, hostia". Supongo que la inevacuabilidad es una razón tan buena como cualquier otra para odiar una ciudad. El odio es libre, ¿no? Al menos para compensar que el amor no lo es. Aunque debería.
En fin, al grano. Después de hora y media de vuelo desde Phnom Penh aterrizo en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur y entro así en el cuarto país de mi viaje, Malasia. Y en los días que paso en la capital noto cómo se me van acumulando los motivos para no enamorarme. Veamos:
1. Odio Kuala Lumpur ya antes de llegar a ella. Odio sus afueras desde el autobús al que me he subido en el aeropuerto porque al mirar a través de la ventanilla veo algo intolerable: una autopista perfecta. Asfalto perfecto, tierno y casi comestible. Seis carriles perfectos. Coches que circulan perfectamente alineados respetando a pies juntillas las normas internacionales de conducción y manteniendo una distancia de seguridad de una perfección nauseabunda. Por un momento temo que tras la próxima curva vaya a aparecer algo tan escalofriante como Eibar.
2. Odio el paisaje que la rodea, que parece sacado de una serie de dibujos animados de Hannah & Barbera: palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa, palmera, palmera, palmera, palmera, casa. Al parecer en Malasia ya no hay selva. Olvídate de Emilio Salgari. Si quisieras jungla (menos mal que no la quieres), tendrías que pagar por entrar a un parque nacional primorosamente cartografiado. El aceite de palma, quién lo iba a decir, ha vencido a los tigres y a las serpientes y ha creado un escenario donde los únicos animales salvajes que podrían encontrarse a sus anchas son el oso Yogi, Magilla gorila, Pepepótamo y su hipogrito huracanado, Leoncio el león y Tristón.
3. La odio cuando ya estoy en ella porque después de dos meses de paisajes urbanos vírgenes camino por calles que se han dejado violar por los señores McDonald, 7 Eleven (hey, Sev), KFC, Domino, Häagen Dazs y Subway, todos a la vez, en lo que sólo puede describirse como un repugnante gangbang consentido.
4. La odio porque Chinatown y Little India, los únicos reductos de cierta autenticidad que quedan en la ciudad, son demasiado pequeños y al parecer lo van a ser aún más en el futuro. Varios carteles me piden que me una a la resistencia contra la destrucción de los viejos edificios. ¿Dónde hay que firmar?
5. La odio porque casi nadie va en moto y no hay rastro de tuk-tuks ni puestos a pie de carretera donde te vendan una mugrienta botella de coca-cola llena de bencina de la peor clase para llenar el depósito. Todo el mundo utiliza el autobús o el sky train o conduce coches no contaminantes alimentados por combustibles limpios que cumplen todos los protocolos. El resultado es un aire de una pureza irrespirable. Dios mío, otro Toyota Prius, ¿es que aquí nadie tiene compasión?
6. La odio porque veo pasar un autobús en el que un detective privado anuncia sus servicios, especializados en atrapar esposas infieles. Acabo de llegar y ya empiezan a amenazar con reducirme el campo de batalla.
7. Odio minuciosamente su diseño urbano, o más bien la ausencia absoluta de diseño urbano. Los rascacielos se dan de codazos en un sindiós urbanístico donde no hay lugar para las perspectivas limpias. Cualquier posibilidad de fuga se ve castrada por un nuevo megabanco de cien pisos plantado en mitad de lo que podría haber sido una avenida. Los ojos tropiezan constantemente con cosas, es imposible ver más allá de veinte metros. Los edificios, lejos de comunicarse entre sí y establecer alguna clase de ritmo, se insultan. Me subo a la KL Tower, a 276 metros del suelo, desde donde se domina toda Kuala Lumpur, y tengo la sensación de que un día alguien amontonó de cualquier manera los rascacielos sobre el tablero de la ciudad mientras pensaba cómo distribuirlos correctamente y después se fue a tomar un café y nunca volvió.
8. La odio porque se parece demasiado a Europa y sin embargo se empecina en vivir en el sudeste asiático. Y aunque en su defensa alega que sus taxistas actúan como cualquier tuktukero de Camboya, Laos o Tailandia (todos los taxis llevan una pegatina en la que se puede leer que es obligatorio utilizar el taxímetro y que está prohibido regatear, pero todos los taxistas a los que pregunto se niegan a hacerlo y, como siempre, hay que negociar), no consigue engañarme. Esta no es tu casa, KL. Deberías mudarte a algún lugar entre San Marino y Luxemburgo. No te preocupes, te recibirán con los brazos abiertos: eres previsible.
9. La odio (y esto es extensible a todo el país) porque a pesar de que las tres culturas que la habitan –chinos (básicamente budistas), indios (básicamente hinduistas) y malayos (básicamente musulmanes)– conviven sin mayores problemas, al parecer son los musulmanes los que en nombre de no sé qué directiva dictada por un tipo que no existe han puesto precio a la cerveza y a los licores para castigar a los perros infieles que nos empeñamos en mancharnos con ellos. Casi dos euros por una lata pequeña de Skol en el supermercado (y no hablemos de los bares) es la clase de información que puede desestabilizar un viaje desde el primer día.
10. Y te odio, KL –y esta es la razón que explica todas las demás y que confirma que no soy un monumento a la justicia–, porque no eres Phnom Penh.
En mi segunda mañana en la ciudad camino hasta las torres Petronas, dispuesto a odiarlas a mis anchas (hombre por favor, una vulgar compañía de petróleo y gas tratando de demostrar que no sólo la tiene más grande, más gorda y mas dura que AIG, el Bank Islam y el Marriott juntos, sino que además tiene dos, ¡ja!). Así que me planto allí, frente a la entrada principal, con el pequeño estanque a mi espalda, en un punto equidistante entre las dos torres, abro mi bocaza para empezar a hacerles saber alto y claro lo mucho que las odio, miro hacia arriba y... no puedo cerrar la boca. Me quedo así, quieto, con la boca abierta, durante cinco, diez minutos. Mierda, yo quería odiarlas, de verdad que quería, pero las amo, y el amor no es libre y este en particular es un amor fou, porque incluso me gusta el centro comercial que hay en su base y no hay nada que odie más en la Tierra que un centro comercial. No sé qué hacer, no estaba preparado para esto, así que hago lo que todo el mundo: desenfundo la cámara, encuadro las torres y disparo unas setenta y dos veces desde todos los ángulos posibles, planos generales y detalles, conmigo dentro y sin mí, click, click, click, click, en un frenesí fotográfico con el que quizá pretendo saciar mis ganas de mirarlas todo el tiempo y que finalmente me deja exhausto, relajado y blando, inmerso en una nebulosa casi poscoital.
Después cometo el error de ir a comer un chicken nasi lemak (arroz cocinado en agua de coco y acompañado de microanchoas secas y fritas, láminas de pepino fresco, cacahuetes y pollo en una salsa de algo que está extremadamente bueno) y sigo sin poder odiar, maldita sea. Y tampoco puedo odiar por la noche, cuando la ciudad se echa a la calle bajo las luces de los rascacielos y llego casi sin querer a Jalan Alor, atestada de puestos de comida callejera que emiten aromas tan desconocidos como apetitosos, y ceno el mejor pescado a la parrilla que he probado en todo el viaje. Parece que el paladar no me va a permitir odiar a gusto esta ciudad, este país. Mientras paseo de regreso a mi habitación, en un tugurio de Chinatown, miro a mi alrededor y encuentro en los grandes edificios, en los pasos elevados, en los trenes que cruzan el cielo ecos de Ridley Scott y de Fritz Lang. Y entonces noto que Phnom Penh empieza a soltarme, a dejarme ir.
Pero no nos engañemos. Hay algo que ni la inesperada belleza de las Petronas ni dos mil platos de la mejor comida del planeta pueden enmascarar, algo a lo que sí puedo aferrarme para seguir alimentando mi odio: Kuala Lumpur es una ciudad total, absoluta e irremediablemente inevacuable.
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miércoles, 18 de abril de 2012
Últimos días en Phnom Penh
Dejo Siem Reap para regresar a Phnom Penh por última vez y siento que estoy volviendo a casa. Y en el autobús pienso que quizá debería haber extendido el visado, que este mes en Camboya, tan cargado de imágenes, de sensaciones, de personas a las que voy a echar de menos, se me ha ido muy deprisa. Dos semanas más, quizá... Pero ya es demasiado tarde. Un avión me espera a la vuelta de la esquina para llevarme a un país sin tuk-tuks. Sin cerveza barata. Sin calle 288.
Al
bajar del autobús me encuentro con una ciudad fantasma. Todo el país celebra
durante tres días el año nuevo khmer y los habitantes de la capital han salido
huyendo en busca de las playas del sur o de los templos del norte. Las calles
de Phnom Penh, habitualmente caóticas, ruidosas, saturadas de tráfico, guardan
silencio. Persianas echadas, semáforos que trabajan para nadie, algún turista
despistado que no entiende nada. El sol intensifica el hedor de la basura que
se acumula en bolsas medio reventadas en todas las esquinas: los basureros
también se han ido a comer cangrejo a Kep.
Dedico
mis últimos días en Phnom Penh a recorrer una vez más mis lugares favoritos.
Todo me resulta muy familiar, como si llevase aquí un año. Ya no necesito mapa
para moverme por la ciudad. Llevo mi ropa a la lavandería. Compro algunas cosas
para el viaje: una guía, una funda impermeable para la mochila, nuevas
lecturas, una linterna de bolsillo (la vuestra nunca funcionó bien, hermana),
ibuprofeno por si la muñeca o el tobillo vuelven a quejarse, unas "ray ban
auténticas" por tres dólares en el "mercado ruso" (todavía no he
encontrado un sitio donde cambiar el cristal roto de las buenas)...
Jo ha
pasado el puente en el sur y a su regreso propone un plan típicamente expat que me saca de la estricta
austeridad mochilera: combatir el calor nadando en la piscina del
Hotel Cambodiana; tomar un cocktail con vistas al río en el bar del Foreign
Correspondents Club; cenar en la terraza del tercer piso de un restaurante de
la calle 240; ir a escuchar a la banda del Memphis Pub hasta que el cuerpo
aguante. La buena vida durante unas horas.
Hoy es
mi último día en Camboya. Con algo de pereza repaso documentos, compruebo
horarios, calculo el dinero y el tiempo que me costará llegar mañana al aeropuerto.
Salgo a las ocho. Al parecer no habrá más remedio que levantarse a las cinco y
media. Mierda. Como unos fideos en The Little Noodle Shop. Recojo la ropa de la
lavandería. La meto en la mochila sin sacarla de su bolsa de plástico.
Ordenador. Cámara. Cables. Libros. Neceser. Creo que está todo. Mañana a las
once y media aterrizaré en un mundo completamente distinto.
Hasta
pronto, Camboya.
Gracias.
domingo, 15 de abril de 2012
Éxtasis de piedra gris
(Esta entrada, mi favorita hasta el momento, está dedicada a mi sobrino Nicolás, que hoy cumple dos años. Felicidades, enano)
Después de despedirme de Pol Pot y de pasar una noche intensa en Phnom Penh con Jo, Brian, Laurie y Juliet, mis cuatro profesores de inglés expatriados –tan elegantemente británicos que jamás se permiten el lujo de corregir las burradas que salen de mi boca–, llega por fin el momento que llevo retrasando tres semanas: tengo que ir a Angkor. El problema en realidad no es Angkor, sino ese "tengo que". Este viaje consiste básicamente en auscultarme con minucia el cuerpo y el alma y, una vez obtenido el diagnóstico, administrarme la medicina más adecuada. O sea, hacer lo que me salga de los huevos cada mañana. Y los "tengo que" casan mal con ese espíritu y siempre da cierta pereza abandonar el territorio del viaje personal –cuyo mapa voy trazando a medida que lo voy recorriendo y que es, por definición, irrepetible– e ingresar en las autopistas del turismo, los caminos señalizados, las colas, los precios exagerados y la comida occidentalizada al gusto de Jack, Enrico, Ingmar, Horst, José Luis, Philippe, sus señoras y sus niños, no sea que pasen mala noche. Sin embargo, los "tengo que" suelen serlo por algo. Si millones de personas de todo el mundo podemos soportar horas de espera para subir a la Torre Eiffel o al Empire State o para aglomerarnos en los jardines de la Alhambra o del Taj Majal debe de haber una buena razón para ello. Y la hay. Y al parecer hay unas cuantas para visitar los templos de Angkor.
Así que madrugo y me monto en un autobús que tardará siete horas y media en llegar a Siem Reap, la segunda ciudad en importancia de Camboya y el campo base desde el que todo el mundo ataca los templos desperdigados en el enorme territorio que durante más de 600 años (802-1432) constituyó el corazón del imperio khmer. La primera impresión de Siem Reap es decepcionante. La ciudad, o al menos su centro, vive arrodillada ante los viajeros de sandalia y calcetín (prenda de la que sólo se desprenden para alimentar a los peces con los callos de sus pies en los tanques de "fish massage"), que rara vez salen de Pub Street y de The Alley, calles atestadas de insípidos restaurantes internacionales, boutiques cool y pubs de diseño que escupen a todo volumen una indigesta sopa de mala música. La persistencia de los vendedores callejeros (básicamente niños que ofrecen postales y libros), de los tuktukeros y de los camellos motorizados ("¿weed, cocaine, young lady boom boom, sir?") alcanza aquí niveles de agresividad que rozan la violencia psicológica. Calculo que en cuatro días habré dicho "no" unas doscientas veces. Afortunadamente Siem Reap aún conserva cierta personalidad en las calles alejadas de las guesthouses y los grandes hoteles, en los mercados nocturnos y –cómo no– en los puestos de comida callejera, donde es posible cenar por la mitad de precio y tres veces mejor que en los restaurantes para extranjeros.
Por alguna razón (¿el lobby de tuktukeros?) aquí está prohibido alquilar motos a los foráneos, así que al día siguiente a mi llegada me conformo con una bicicleta y pedaleo a lo largo de la recta de seis kilómetros que conduce a Angkor y que por suerte (35 grados a las siete de la mañana) es totalmente llana y discurre a la sombra de árboles robustos, muchos de ellos etiquetados con su nombre en latín. Terminada la recta me encuentro con lo que en un principio parece un río de una anchura más que respetable (190 metros de orilla a orilla, según leo), pero que de ningún modo es un río: es el inmenso foso que rodea Angkor Wat –el edificio religioso (hinduismo salpicado de budismo) más grande del mundo–, un rectángulo de 1,5 por 1,3 kilómetros que sólo permite el acceso al templo por la pasarela de piedra de la entrada principal, en el lado oeste, o por un sendero arbolado en el lado este.
Hace unos días brindé con Johan en el ABC de Kampot por la quema de todos los edificios religiosos del mundo con todos sus predicadores dentro. Pero si, al estilo de Alonso Quijano, llevásemos a cabo un "donoso escrutinio", este sería el primero que yo salvaría de las llamas (el edificio, no los predicadores, tampoco hay que exagerar). Lo que siento cuando por fin entro en sus dominios no tiene, por supuesto, nada que ver con los cuentos del más allá. Tampoco el tamaño me deslumbra, lo esperaba bastante más grande, más imponente. ¿Qué es, entonces? ¿Por qué las sensaciones son tan intensas? La respuesta, me doy cuenta de pronto, está relacionada con la placidez con la que mis ojos encajan en este mundo de piedra arañado por el tiempo, con una extraña serenidad de la mirada, que se posa sin esfuerzo en los muros, en las torres, en los bajorrelieves, que casi descansa sobre ellos. Gris. Esa es la respuesta. Todos los grises. Más allá del azul del cielo no hay otro color intramuros, y cuando lo hay (una camiseta roja, un buda dorado) se produce una explosión de ruido en mi retina, que se apresura a volver al silencio gris de las piedras, de este paisaje interior que parece construido con ceniza.
En este momento no hay mucha gente a mi alrededor y la concentración es total. Hoy me gustaría ser arquitecto para poder apreciar aún más la asombrosa ejecución del templo. Cada vez que la luz cambia, cada vez que el sol se mueve un palmo el edificio se reestrena, se iluminan rincones que hasta ahora había pasado por alto, se esconden en la sombra los que habían capturado mi atención sólo unos minutos antes, unos grises se apagan, otros se encienden, aparecen nuevos matices en el juego de las proporciones. Y cada vez que giro la cabeza, cada vez que me muevo unos pasos y cambio el punto de vista recibo una sacudida: cada perspectiva es distinta de la anterior y provoca una conmoción nueva, un nuevo clímax de la mirada, un orgasmo de la matemática y la simetría enriquecido por los líquenes y las manchas de la Historia. Para disfrutar de este lugar hay que pararse, hay que sentarse y dejar que sea el mundo el que se mueva. Me quedaré aquí toda la mañana. Cinco, seis horas. Para qué correr.
Pero Angkor no es sólo Angkor Wat. La lista de templos y las distancias que los separan resultan desesperantes para aquellos que pretenden verlos todos. Hay quien sólo se queda aquí un día, contrata un tuk-tuk y se deja llevar a toda velocidad de un edificio a otro sin enterarse de nada. Otros, sin duda más coherentes, invierten una semana en una visita más exhaustiva. Yo he comprado un pase de tres días y mi exploración será selectiva. A pesar del calor, la bici resulta perfecta para moverse de un templo a otro, porque el propio "recinto" es también un espectáculo. La naturaleza ha sido aquí domesticada lo justo para poder pedalear entre bosques, y es posible atisbar de vez en cuando un grupo de monos merendando al borde de la carretera o escuchar algo que se arrastra por el suelo y que jamás se deja ver del todo.
Y puesto que fueron construidos en diferentes siglos, bajo el mandato de reyes-dioses distintos, no hay dos templos iguales. Antes de llegar pensaba que para el segundo día ya estaría saturado. Pero no. Angkor Thom, la monumental ciudad fortificada que en otro tiempo fue la capital del imperio, debería anunciarse como "el bosque de las sorpresas", porque eso es precisamente lo que es. Un lugar donde la suspensión de la incredulidad es la norma, un territorio arrancado a la ficción e insertado en el mundo real sin perder un ápice de su magia, de su poder de evocación de universos imposibles. "No puede ser, no puede ser", pienso mientras dejo de pedalear y la inercia me deposita frente a Bayon, el templo que el rey Javayarman VII mandó construir a mayor gloria de sí mismo con la excusa de honrar a Avalokiteshvara: 216 reproducciones de su propio rostro elevado a la piedra convierten el paseo entre sus "muros" en una experiencia tan fantástica como inquietante. "No puede ser, no puede ser", me repito mientras paseo completamente solo por el bosque que rodea Baphuon y siento algo muy parecido a lo que pudo sentir el primer explorador occidental que llegó a este lugar. Y entonces, justo antes de cruzar la misteriosa puerta de un templo que ya no existe, sospecho que esto no es real, que estoy en el minuto dieciocho de una película de aventuras, justo ahí, cuando está a punto de pasar algo terrible o maravilloso. "No puede ser, no puede ser", me digo una vez más mientras recorro el laberinto de Preah Khan y al salir veo cómo un árbol se come la entrada de la puerta este.
En el siglo XV, tras la caída del imperio, Angkor fue abandonado a su suerte y la naturaleza comenzó a recuperar el terreno que el hombre le había arrebatado durante seiscientos años. Cuando, cuatro siglos después, los primeros exploradores occidentales dieron con este lugar se encontraron a las afueras de Angkor Thom con una obra maestra del surrealismo: árboles que se derraman sobre muros de piedra que a duras penas resisten el brutal empuje de la selva; raíces en forma de serpiente gigante que estrangulan las puertas de algo que quizá fue un templo en otra vida. La cultura derrotada, devorada, deglutida por la naturaleza en una venganza lenta, paciente, sádica. Ta Prohm sólo debería poder existir en una pesadilla –o en la mente de Salvador Dalí– y sin embargo está ahí, lo veo, lo toco, lo escucho y lo huelo, pero sigo sin creérmelo. Si esto es posible, el mundo que yo conozco no puede ser. Esta bicicleta no puede ser. Yo no puedo ser.
martes, 10 de abril de 2012
Dos playas
De vez en cuando hay que parar. Elegir algo parecido al paraíso y tumbarse a disfrutarlo durante unos días. Son ya más de dos meses en movimiento perpetuo, setenta días de aviones, tuk-tuks, motos, songthaews, camionetas, coches de policía, minivans, bicicletas, taxis, trenes, autobuses, canoas, ferries y sandalias y conviene cuidar un poco del cuerpo y prepararlo para el futuro inmediato, que se anuncia intenso. Yo he encontrado ese paraíso en una playa. Una playa inglesa, eso sí. Se llama Chesil Beach y es el escenario de una obra maestra que ya estaba tardando en leer. La he devorado casi de un tirón en Otres Beach, una playa camboyana que tiene poco de paradisíaco: el mar a 30 grados, los mosquitos más voraces –por ahora– del sudeste asiático, mala comida, tipos que intentan venderte algo cada cinco minutos, una sobreabundancia de guesthouses plantadas a dos metros de la orilla que obligan a pasear por la arena esquivando letreros de madera que anuncian "fish bbq", "happy hour" o "delicias de la cocina francesa"... Y, por si fuera poco, Pol Pot.
Pol Pot es mi compañera de habitación en el ático de un bungalow destartalado en mitad de la playa. Nos conocimos una noche de lluvia. Yo acababa de cenar un (horrible) pescado a la parrilla. Ella no había cenado todavía. Yo iba de azul. Ella, de blanco, como siempre. Ambos buscábamos refugio: la tormenta tropical descargaba en ese momento toneladas de agua eléctrica sobre la costa y cada trueno parecía querer borrarnos de la faz de la Tierra. Yo entré en mi habitación por la puerta. No tengo la menor idea de cómo entró ella. Nos miramos a los ojos –enrojecidos los suyos, fuera de sus órbitas los míos– y sin más preámbulos me quité la camiseta que llevaba puesta... para usarla como látigo contra su pesado, repugnante cuerpo al grito de: "¡Puta rata de mierda, sal de mi habitación echando hostias si no quieres acabar a la brasa en un puto puesto callejero!". En ese momento conseguí que dejase de hacer lo que estaba haciendo –comerse el plástico que convierte el tejado de paja de mi bungalow en una superficie no del todo permeable (una cena mucho más sabrosa que la mía, no me cabe duda)– y desapareciese por la ventana. Pero creo que no fui lo bastante agresivo, porque cada noche, cuando estoy a punto de quedarme dormido, vuelvo a escuchar su inconfundible hiiihiihii, sus pequeños pasitos sobre el tejado, sus dientes intentando rasgar el plástico, y entonces me desvelo y recuerdo que no creo en el paraíso. Y pienso que ya está bien, que ya basta, que ya va siendo hora de volver al maravilloso infierno de Phnom Penh.
jueves, 5 de abril de 2012
Las razones de Kampot
El lugar de honor de Kampot no lo ocupa un santo ni un mártir ni un soldado ni un político ni un príncipe ni un rey ni un emperador. El núcleo de Kampot, el cruce al que van a dar todos los caminos y del que parten todas las rutas no está dedicado a Dios ni a Jesucristo ni a la Virgen ni a Buda ni a Alá ni a Vishnu. La ciudad de Kampot decidió en algún momento reservar ese privilegio al pestilente orgullo de esta región: el durian. Es aquí donde se producen los mejores, los más pequeños y sabrosos, los más dulces y aromáticos de Camboya. Propósito para el futuro: conseguir firmas para sustituir a San Sebastián asaeteado por una anchoa, a San Francisco Javier por un espárrago, a la Moreneta por una butifarra, a Santiago por un manojo de percebes, a Jaume I El Conqueridor por una paella con garrofons, a Espartero a caballo por una orejita de El Perchas, a Nuestra Señora de la Almudena por un bocadillo de calamares.
No me ofrecen un refresco. No me sugieren un arsenal de productos para una calvicie que no sufro, para camuflar unas canas que me gustan, para abrillantar mi pelo, para darle un aspecto despeinado, para darle un aspecto no despeinado, para no darle aspecto en absoluto. No me obligan a escuchar un programa para idiotas que está sintonizado en la tele de plasma que pende de ahí arriba. No tengo que esperar media hora hojeando revistas dirigidas a los mismos idiotas que ahora mismo están viendo ese programa. No estoy rodeado de fotos de gente mucho más guapa, delgada, joven y atractiva que yo. No me obligan a mantener una conversación. No me abandonan para atender el teléfono cada tres minutos. No se quejan de la tozudez de mis remolinos. No me cobran treinta euros.
Una sala. Dos espejos. Un poco de talco. Un par de tijeras. Un tipo que sabe perfectamente qué hacer con ellas. Un cliente feliz. Más ligero. Más fresco.
Johan es francés, aunque nació en Bélgica. Llegó a Kampot con Anne, su mujer, hace más de tres años, después de pasar una temporada en Sri Lanka. A lo largo de su vida ha tenido decenas de trabajos diferentes, pero nunca ha dejado de cumplir con lo que él mismo denomina mi sacerdocio: la música. Johan es un batería asombrosamente bueno. Lo demuestra todos los sábados en las jam sessions que organiza en su pequeño bar, el ABC (Art Bar Craze), en las que toca con cualquiera que sepa agarrar un instrumento con cierta gracia. Empezó con la batería siendo un crío y desde entonces se ha puesto al servicio de pachangas, bandas callejeras, orquestas sinfónicas, grupos de jazz, de pop, de rock, chanson française y lo que fuese menester. El año pasado cumplió los sesenta y sigue disfrutando de cada uno de los minutos en que tiene las baquetas entre los dedos. (La primera noche, sábado, agarré una pandereta y me puse a tocar un par de blues rápidos con él y con Shawn, canadiense, guitarrista habitual del lugar. Shawn se había pasado con la cerveza y sus manos lo acusaban, seguir sus devaneos con el ritmo y tratar de llevarle de nuevo al redil resultaba francamente difícil. De algún modo lo conseguimos, hubo quien aplaudió y una cerveza me salió gratis).
Si como músico es bueno, como conversador es insuperable. Mientras encadena un cigarrillo tras otro, un ron con piña tras otro, las gafas siempre en la punta de la nariz, despliega un francés preciso y afilado –alternado con un buen inglés en función de quién sea su interlocutor– que modula como si fuese un instrumento. Uno sabe que cuando su voz baja a los tonos graves está preparando una de sus frecuentes explosiones de indignación frente al mundo: Au secours! C'est le bordel, ça! Durante cuatro noches seguidas he disfrutado mucho hablando de música con él, comentando los discos y los vídeos que iba poniendo en el estupendo equipo del bar. Es un adorador de Frank Zappa, del rock progresivo de Yes, Emerson Lake & Palmer o King Crimson, de Chick Corea y su Return to Forever, de Joe Zawinul y su Weather Report. Pero su capacidad para cambiar de tema no tiene límites: en un mismo fraseo verbal puede pasar de mostrar su rendida admiración por Bill Bruford a arremeter contra el descomunal complejo hotelero que están construyendo en lo alto del Bokor Park, a 40 kilómetros de Kampot, pensar en el frío que debieron de pasar los buscadores de oro del Yukon, describir el modo adecuado de freír un filete (en el Captain Chim's, el restaurante camboyano de al lado, tienen un steak à la Johan), lamentarse de la degradación que la lengua francesa sufre en manos de los esnobs que alargan la "e" al final de las palabras, quejarse de la ineptitud de la policía gala en el caso del asesino de Toulouse o proponer la quema de todas las iglesias de todas las religiones del mundo con todos sus predicadores dentro (en este caso brindamos por ello). Johan y Anne no tienen hijos y son moderadamente felices aquí y eso puede ser más que suficiente para alguien que, sospecho, un buen día se hartó de Europa, de vivir siempre en tensión, siempre inseguro, siempre en crisis, siempre al borde de, siempre con la secreta sensación de no estar a la altura, de no tener lo necesario para complacer al monstruo. Sí, él también.
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lunes, 2 de abril de 2012
Fenómenos extraños
1. Tres de la tarde. He quedado con Jo para tomar una cerveza en una terraza frente al río. Mientras hablamos de esto y de aquello siento una presencia, una conmoción en la fuerza, un ente que altera la primera vibración conforme se desliza sobre el paseo. Ante la sorpresa de Jo, abandono la terraza y voy en pos de la presencia a grandes zancadas. Error.
2. Noche oscura en Phnom Penh. Hay cierta tensión en las calles de la ciudad, apenas iluminadas y casi vacías a estas horas. Según me cuentan, no es muy recomendable para un extranjero pasear por la capital después de que caiga el sol, mejor subirse a un tuk tuk y dejarse llevar de puerta a puerta. Sin embargo, el Zeppelin, el bar en el que he quedado con Jo y sus amigos, no queda lejos de mi guesthouse y además estoy arropado por la presencia, así que decido caminar. Pocos metros antes de llegar a mi destino me topo con un grupo de camboyanos con la vista fija en el suelo: una chica joven está tendida sobre el asfalto, inconsciente. No está claro si ha sido atropellada o si ha sufrido alguna clase de ataque. No se mueve.
3. La presencia me dice con su característica voz suave que me he quedado atascado en Phnom Penh y que ya va siendo hora de salir de la ciudad. No puedo oponer resistencia alguna, tal es la intensidad de su fuerza, así que de pronto me veo subido a un autobús con destino a Kep, la capital del cangrejo, acodada frente al mar. A mitad de trayecto el autobús se inunda: uno de los tubos que alimentan el aire acondicionado se ha soltado y ahora el agua mana a su antojo directamente sobre mí y mis pertenencias. Con un movimiento felino evito que mi cámara, aún convaleciente de sus heridas laosianas, contraiga una pulmonía triple y grito desde mi asiento, en la parte de atrás del autobús: "Captain! The ship is sinking!". Para cuando el asistente del conductor vuelve a colocar el tubo en su sitio el pasillo del autobús se ha convertido en un río navegable, negro y turbio como el corazón de las tinieblas. La presencia sonríe sin inmutarse –esa inquietante impasibilidad suya– y yo la miro y pienso: "El horror, el horror..."
4. Me quedo en una guesthouse con un fantástico jardín sobre el mar. Me extiendo en una de las tumbonas a tomar una cerveza y a dejarme acariciar por la brisa mientras contemplo mi primera puesta de sol en la costa camboyana. Terminado el espectáculo, atravieso el jardín camino de mi habitación, anticipando el plato de cangrejo, pescado y gambas que me voy a regalar, cuando tropiezo con una losa de cemento mal encajada y me secciono la uña del dedo gordo del pie derecho. El ridículo baile a la pata coja que ejecuto a continuación alerta al dueño de la guesthouse, que corre en mi ayuda para aplicar pomada de tigre sobre la herida. La presencia mira y asiente.
5. Al día siguiente la presencia me arrastra a un lugar llamado Sunset Rock, en lo alto de una colina, a ver la puesta de sol. Para llegar hasta allí hay que caminar durante alrededor de una hora por un escarpado sendero rodeado de jungla, monos y reptiles nunca visibles del todo. La humedad es brutal y alcanzo la cima empapado en sudor. Hay que regresar a Kep a paso ligero, antes de que la noche convierta la jungla en un monstruo negro. Las prisas hacen que pierda la concentración y mi pie izquierdo pisa en falso sobre una piedra grande y puntiaguda que me desencaja el tobillo durante un segundo. Me detengo pensando en lo peor –dos esguinces adornan la biografía de ese tobillo–, pero parece que nada grave ha ocurrido y puedo continuar la ruta sin problemas. Sin embargo, un par de horas más tarde, ya en frío, después de cenar junto a la presencia, compruebo que al apoyar el pie izquierdo en el suelo siento un dolor espantoso. Vuelvo a la guesthouse cojeando. Serán necesarios tres días de reposo casi total para recuperarme por completo.
6. Estoy en Kampot, una pequeña y aletargada ciudad cuyos decadentes edificios coloniales me enamoran en el mismo instante en que me bajo de la minivan que me ha sacado de Kep. Hay algo aquí que me gusta mucho y aún no sé qué es, así que decido invertir varios días más de los previstos en descubrirlo. La presencia tiene prisa y sólo se quedará una noche, una última noche que dedicamos a cenar unos fideos, chupar un durian a medias y tomar un par de copas de despedida. En el último instante, a pesar de todo, siento el impulso de abrazar con fuerza su masa bicéfala, y mientras lo hago, me susurra: "No pienses ni por un momento que te has librado de mí. Nos vemos en Indonesia". Algo se me cae en ese instante –escucho un leve crujido–, la presencia me suelta y desaparece deslizándose detrás de un edificio en ruinas. Una vez solo, miro al suelo: allí yacen mis gafas de sol. Por supuesto, uno de los cristales está roto.
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| La presencia baila fingiéndose inofensiva en los reales sitios de Phnom Penh |
miércoles, 28 de marzo de 2012
Phnom Penh, je t'aime
Phnom Penh es una de esas ciudades. No resulta fácil de explicar. Es algo que se tiene o no se tiene. Y Phnom Penh lo tiene y lo tiene a espuertas. El comienzo no es fácil. Pasar de la quietud casi catatónica del sur de Laos al estruendo de una ciudad de dos millones de habitantes requiere un cierto esfuerzo mental y físico. De acuerdo, Phnom Penh no es Bangkok, pero el ruido y la polución desbocada y el tráfico sin ley están ahí, y mis oídos, adormecidos aún por el silencio analgésico del Mekong, reciben una dolorosa descarga de decibelios en cuanto me bajo del autobús y cinco, diez, quince conductores de tuk tuk se arremolinan en torno a mí para lanzarme a gritos sus ofertas, sus medias verdades, sus precios abusivos.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
No hay más remedio que volver al ritual del regateo, siempre con la sonrisa en la cara, olvidar los cálculos en kips y acostumbrarse lo antes posible a la doble moneda que funciona aquí: dólares americanos y riels. Un dólar son cuatro mil riels. Y no hay centavos, sólo papel: un dólar cincuenta es un dólar y dos mil riels y así sucesivamente. En el trayecto hacia la guesthouse el omnipresente aroma a combustible quemado se mezcla con otro todavía sin identificar, algo así como un olor a ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
Después de encontrar habitación llega mi momento favorito en cualquier viaje: una ducha, ropa limpia y, ahí abajo, un misterio por resolver, una ciudad sin desprecintar que me espera para perderme entre sus edificios e ir completando despacio, pieza a pieza, el puzzle de sus calles. En este caso la pesquisa debería resultar sencilla: Phnom Penh se ordena en una cuadrícula de calles numeradas: las pares van de este a oeste; las impares, de norte a sur. Sin embargo, pronto descubro que a la calle 172 sigue la 178 y a saber dónde se habrá metido la 174.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
El agua no es sólo un magnífico conductor de la electricidad. También atrae con fuerza el metal, y esta es una constante que se da del mismo modo en el norte y en el sur y en el este y en el oeste del mundo y podríamos enunciarla como la cuarta ley de la termodinámica. A orillas del río Tonlé Sap se agrupan, siguiendo esta máxima, los hoteles más lujosos, los bares para extranjeros, el pub de Paddy, el restaurant La croisette, La cantina mexicana e incluso la tapería Pacharán, abierta en una gran mansión de tres pisos. A la altura de la calle 104 el paseo del río se puebla de occidentales sesentones, tipos zafios provistos de gran barriga y mirada turbia que van a la caza de tallas pequeñas en las que calzar sin holguras sus minúsculos penes. Sin embargo, algo más abajo, entre un vídeo-club y una perfumería de marca, descubro un indicio esperanzador, algo así como la poderosa raíz de un roble que ha conseguido quebrar el cemento que le han echado encima y asomarse, aun con cierta timidez, a la superficie que le fue arrebatada: una vieja tienda de ataúdes.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
Compruebo aliviado que los asentamientos extranjeros constituyen tan sólo la corteza que recubre la carnosa pulpa de la ciudad. Basta con cruzar hacia el oeste Norodom Boulevard para descubrir que Phnom Penh está viva y en plena forma, que este lugar tiene alma y que será largo y costoso afeitarle las uñas. Al contrario que en Bangkok y que en la mayoría de las ciudades del sudeste asiático, las calles son estrechas y disponen de aceras de verdad, aceras que invitan al paseo lento, a curiosear en las tiendas de máquinas de coser, en los talleres de motos, en las imprentas, a perderse bajo la cúpula del mercado central, mezclarse con la gente de la ciudad y sentarse a disfrutar de un plato de fideos en uno de sus atestados puestos de comida.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
El calor, una vez más, es insoportable. Me siento en una terraza a la sombra de la calle 139 y pido una Angkor Beer helada, respetando el lema que aparece escrito en sus etiquetas: "my country, my beer". La mesa es muy grande y pronto dos lugareños me piden permiso para sentarse junto a mí. Ambos hablan inglés y uno de ellos, que se presenta como Ek Phanich, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, incluso me lanza un "¿Cómo está?" con un sorprendente acento cubano. Según me explica, pasó tres años destinado en Cuba y tuvo una novia cubana con la que sólo hablaba en español. No, no llegó a conocer a Castro, ja ja, qué cosas tienes. Otros amigos se van sentando alrededor de la mesa y la conversación bascula entre los temas habituales: chicas (prefieren las occidentales), fútbol (lo que de verdad les va son las apuestas), viajes (a Ek le gustaría viajar por libre, como yo, pero está casado, qué se le va a hacer), el coste de la vida en Camboya (Phnom Penh es más barato que Siem Reap) y mi primera experiencia con el durian.
Varias personas en San Sebastián me habían advertido de su pestilencia, de que hay que echarle valor para meterse su carne en la boca. Muchos hoteles en el sudeste asiático prohíben la entrada a quienes se les haya ocurrido comprar uno. Incluso ahora, en esta terraza de la 139, uno de los contertulios camboyanos afirma odiarlo con toda su alma. Pero tenemos enfrente un puesto de durians y su propietaria no deja de sonreírme tentándome a probar suerte. La mujer no habla inglés, así que Lim, el más joven de mis nuevos amigos, le pide que me abra uno pequeño, de alrededor de un kilo. Con la mano envuelta en una bolsa de plástico agarro uno de los seis "embriones" que se ocultan bajo su espinosa corteza y comienzo a chuparlo, porque la pulpa que rodea cada uno de los tres o cuatro huesos que se ocultan en cada pieza tiene una consistencia cremosa, distinta a cualquier otra cosa que haya podido probar. Su sabor es muy dulce y decido que me gusta. ¿Y el olor? Ropa mal lavada puesta a secar en un cordel sucio junto a una fuente de melocotones en camino hacia el rigor mortis. Phnom Penh huele a durian y por eso no recibo el puñetazo que esperaba.
"Tuk tuk, sir? Where are you going today, sir? Killing fields, sir? Shooting ranges, sir?"
Pues no. No voy a ir a los Killing fields ni mucho menos a los Shooting ranges. Vi la estupenda película de Roland Joffé en el cine Príncipe de Viana de Pamplona cuando se estrenó, hace casi treinta años. Vi conmocionado hace unos tres años en el Festival de San Sebastián el documental S21: La machine de mort Khmère Rouge, en el que el pintor Vann Nath, uno de los pocos supervivientes de la prisión denominada S21, se reencontraba mucho tiempo después con sus torturadores en el mismo lugar donde ocurrieron los hechos. Los campos asesinos donde tantos camboyanos fueron conducidos para realizar trabajos forzados y finalmente ser ejecutados son ahora propiedad de una empresa privada empeñada en sacar partido económico del dolor de un pueblo que fue aniquilado casi en su cuarta parte en los años setenta por las huestes de Pol Pot. Leo que al propio Vann Nath –que hoy es el propietario de un famoso restaurante de la ciudad donde es posible ver sus pinturas– no le hace ninguna gracia que el lugar se haya convertido en una atracción turística más. Y qué puedo decir de los shooting ranges, los campos de tiro –uno de los cuales, en un bestial ejercicio de cinismo, está habilitado junto a los Killing fields– en los que es posible, a cambio de unos billetes, disparar un AK-47 o jugar con un lanzagranadas...
No, no voy a ir. Donde sí voy a ir es al Equinox, un bar fantástico en el sur de la ciudad, donde toca una banda de superhéroes del funk llamada –como no podía ser de otra forma– Durian. Allí conoceré a Jo –cuarenta y tantos, inglesa y profesora de inglés que lleva muchos años trabajando en distintos países del sudeste asiático–, que me presentará a varios de sus colegas y me enseñará cómo viven los expats de Phnom Penh. Tremendas versiones de Sam & Dave, Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Otis Redding, Jamiroquai e incluso Rage Against the Machine se irán sucediendo mientras bailamos y sudamos y bebemos –y sí, también fumamos– y de pronto me doy cuenta de que me estoy enganchando a esta ciudad descabellada, contradictoria y apasionante de la que me va a costar mucho salir.
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jueves, 22 de marzo de 2012
El placer de viajar (Reloaded)
Frontera entre Laos y Camboya. Once de la mañana.
"Lo siento, pero no puede usté subirse a la minivan que va a Kratie" (léase en inglés khmer)
"¿Perdón?"
"Me ha oído usté perfectamente"
"Pero tengo el mismo billete que esas otras diez personas que sí se están subiendo"
"Ahí se equivoca, amigo"
"¿No es el mismo billete?"
"Por supuesto que lo es. Pero fíjese atentamente: lo que tiene usté ante sus ojos no son diez personas"
"¿No?"
"Pues claro que no. Son cinco parejas, ¿no se da cuenta, pollo? La minivan sólo tiene diez plazas y usté es el único que viaja solo. No pretenderá que destruya así como así, al azar, una de esas cinco felices uniones, que en nombre de una autoridad que nadie me ha concedido les impida mirar por la ventanilla con las manitas entrelazadas y suspirar al unísono frente a la singularidad camboyana, que separe sus destinos y siembre en sus almas el desasosiego ante la posibilidad de no volverse a ver nunca más... Desasosiego más que justificado, por otra parte, porque no sabe usté cómo es la carreterita que les espera"
"¿Y qué hago? ¿No es este el único vehículo que irá a Kratie en todo el día?"
"Me gustaría afirmar que está usté equivocado en este particular. Pero no lo está. Le felicito: tiene usté unas fuentes de información de todo punto fidedignas"
"¿Entonces?"
"Entonces corra bajo este sol del infierno hasta aquel autobús que se ve allá a lo lejos, el que está a puntito de salir, y pídales por favor que le dejen subir, a ver si cuela"
"Pero ese autobús va a Phnom Penh directamente"
"Kratie les pilla de camino. A lo mejor le acercan. Hala, a correr. Buena suerte, compañero".
Me he levantado de la cama a las seis sin apenas haber pegado ojo en toda la noche por culpa del estruendo que una monstruosa tormenta de siete horas provocaba al lanzar toneladas de agua contra el techo de hojalata de mi bungalow, que sonaba como tres mil percusionistas zydeco dejándose la vida contra sus washboards. Tras salir de Don Det en canoa ha habido que esperar dos horas al sol a que el autobús a la frontera decidiese abandonar su escondrijo y otras dos a que todo el mundo recuperase su correspondiente pasaporte después de pagar el visado y contribuir a la extra de primavera de los funcionarios de ambos lados de la raya. Y ahora, cuando llego de milagro al autobús que está a puntito de salir... no queda sitio.
"Pero no se preocupe usté, buenhombre, que algo ya apañaremos".
Algo es un banquito de plástico rojo plantado en mitad del pasillo del autobús. Viajaré sentado en él, con el mentón apoyado en las rodillas, durante dos horas de saltos, revolcones, acelerones y frenazos sobre una carretera que, a juzgar por el tamaño de los cráteres del asfalto, parece recién bombardeada. No soy el único: las plazas oficiales se habían agotado hace rato y el pasillo también está superpoblado. Quienes van hasta Phnom Penh tendrán que pasar once horas sobre su banquito rojo. Está claro que la decisión de partir el viaje a la capital en dos jornadas y hacer noche en Kratie ha sido todo un acierto.
Además, tengo suerte: el camboyano que iba sentado junto a mí se baja del autobús a mitad de camino hacia Kratie y me ofrece su sitio. Así puedo disfrutar cómodamente y en primera fila de un espectáculo fuera de cartel: el conductor cede su puesto durante un rato a un amiguete suyo que hasta ahora se había limitado a viajar de pie junto a él y darle conversación. Un par de kilómetros bastan para deducir que el amiguete en cuestión no ha conducido un autobús en su vida. Pero le hace ilusión y, después de todo, para eso están los amigos, ¿no? Cuando estamos a punto de estamparnos de frente contra un camión cargado de sacos hasta los topes el conductor titular da por finalizado el experimento y, entre carcajadas, obliga a su colega a parar en el arcén y a devolverle el volante.
En fin, a partir de ahora a lo mejor puedo dormir un rato...
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