"Planes and trains and boats and buses characteristically evoke a common attitude of blue, unless you have a suitcase and a ticket and a passport and the cargo that they're carrying is you". (Tom Waits. Foreign Affair)

Mostrando entradas con la etiqueta barco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barco. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de junio de 2012

Un paso más (hacia abajo)


"¿Te apetece un café?"

"Vale"

Gauthier se levanta de la mesa, instalada sobre la arena, en la que acaba de depositar cuatro folios grapados, mecanografiados en inglés. Mientras prepara el kopi –el terroso brebaje indonesio que de ningún modo merece llamarse café– examino las preguntas contenidas en esas páginas. Son las ocho y poco a poco la brisa se va llevando la mañana hacia otro día perfecto en la isla de Gili Air.

¿Lesiones graves en la espalda? No. ¿Trastornos cardiacos? No. ¿Epilepsia? No. ¿Asma...?

"¿Gauthier?"

"¿Sí?"

"Tuve asma hace algún tiempo. ¿Eso cuenta?"

"¿Cuánto hace de eso?"

"Mmm. Unos treinta años"

"Nah"

"Ok"

¿Historial de neumonías? No. ¿Problemas de sinusitis? No. ¿Migrañas? No. ¿Claustrofobia...?

"¿Gauthier?"

"¿Sí?"

"Una vez tuve un ataque de claustrofobia en un ascensor atascado. Se me pasó de una hostia. ¿Eso cuenta?"

"¿Cuánto hace de eso?"

"Mmm. Unos treinta años"

"Nah"

"Ok"

¿Problemas de equilibrio? No. ¿Problemas de oído? No. ¿Estás embarazado? Espero que no. ¿Artritis? No. ¿Estabilidad mental...?

"¿Gauthier?"

"¿Sí?"

"Mi madre dice que soy un desequilibrado emocional. ¿Eso cuenta?"

"¿Cuánto hace que lo dijo?"

"Digamos que es una opinión constante. ¿Hace falta que pasen treinta años?".

"Nah"

"Ok".

A pesar de las interrupciones, Gauthier consigue preparar dos kopis y se sienta a mi lado mientras termino con el papeleo. Me pregunta si estoy nervioso y respondo que no. Mi mano maneja el bolígrafo sin temblores, aunque sí noto que los dedos de mis pies descalzos no dejan de remover la arena bajo la mesa. Ambos nos llevamos nuestras respectivas tazas a los labios mientras posamos los ojos sobre la superficie del Mar de Bali, que hoy parece más sereno que nunca.

"Es un día perfecto –me dice–. Vas a disfrutar, ya verás".

Terminamos nuestros kopis y Gauthier me entrega una bandeja de plástico con mi equipo: gafas, escarpines del 42, aletas, traje de neopreno corto y cinturón lastrado con cinco pastillas de plomo de un kilo cada una. Entre Gauthier y dos compañeros cargan los chalecos y las botellas de oxígeno en el pequeño catamarán y ponemos proa hacia los alrededores de Gili Trawangan, la más grande de las tres Gilis, alineadas frente a la costa noroeste de la gran isla de Lombok, a unos setenta kilómetros (y cinco horas en ferry lento) de Bali. En esta escuela no creen en las prácticas previas en piscina, así que mi primer contacto con el submarinismo se producirá directamente en el mar, rodeado de peces y corales. Tengo suerte: aún no es temporada alta y soy el único inscrito en la clase de DSD ("Discover Scuba Diving") de hoy, que por tanto será "privada". En la media hora de trayecto hasta el punto donde bucearemos Gauthier me da "la charla":

"Dos cosas que no debes olvidar. Primera: ecualizar el oído. Vas a experimentar lo mismo que cuando despegas en un avión, pero a lo bestia. Conforme bajemos, notarás cada vez más presión en los oídos. En cuanto eso ocurra, te bloqueas los agujeros de la nariz con los dedos y soplas a través de ella. Lo haces aproximadamente cada metro, tantas veces como sea necesario. Segunda: nunca, jamás, bajo ningún concepto, aguantes la respiración. Si no cambias de profundidad, no pasa nada, pero si subes conteniendo el aliento, te estallarán los pulmones".

"Joder. ¿Por qué?"

"Es muy sencillo. El oxígeno que reciben tus pulmones desde la botella cuando estás ahí abajo está comprimido, tu regulador lo ajusta a la presión, que es cada vez más fuerte según vas bajando y vas teniendo más metros de agua sobre ti. Si aguantas la respiración y subes sin soltarla, la presión será cada vez menor y el aire se descomprimirá en el interior de tus pulmones, que no podrán albergar semejante cantidad de oxígeno y..."

"Y adiós".

"Exacto".

"Mierda. ¿Podemos volver?"

"No te preocupes, voy a vigilarte de cerca y veré si las burbujas salen o no salen de tu boca. Simplemente no dejes de respirar. Y hazlo tan despacio como puedas. Cuando vea que te falta poco para vaciar la botella volveremos a la superficie. La inmersión durará treinta y cinco o cuarenta minutos y bajaremos hasta doce metros, el máximo permitido sin licencia Open Water".


Hemos llegado a la zona de buceo en cuestión. Antes de bajar Gauthier me explica los signos de comunicación básicos y los tres ejercicios que vamos a realizar. Me pongo el traje de neopreno, me ajusto las gafas y el cinturón lastrado y me calzo los escarpines y las aletas. Gauthier me ayuda a colocarme el chaleco y el peso de la botella de oxígeno hace que me incline hacia atrás. Me siento en el borde del catamarán, con el mar a mi espalda, la mano izquierda sujetando las gafas, la derecha el cinturón. Gauthier hace lo propio frente a mí, en el otro costado del barco. Voy a tener que dejarme caer hacia atrás. Ahora sí estoy nervioso, tanto que no puedo juntar las piernas, como Gauthier me indica. Por fin lo consigo. Gauthier inicia la cuenta atrás: cinco, cuatro, tres, dos, uno.. Voltereta hacia atrás. ¡Splash!

Nos hemos citado en la proa del barco, pero la corriente es tan fuerte que mi instructor me indica que nade hasta donde él está, agarrado a la cuerda de una boya. Ambos llevamos chalecos hinchables. Ha llegado el momento de deshincharlos, así que presionamos el botón que abre la válvula durante unos segundos, me coloco el regulador entre los dientes y poco a poco empezamos a descender. Respira despacio, respira despacio, respira despacio, respira despacio...

No puedo respirar despacio.
De hecho, no recuerdo haber respirado tan deprisa en toda mi vida. Tres palabras bastarán para definir lo que me está ocurriendo con absoluta precisión: ataque de pánico. Simplemente, mi cerebro no admite que yo pueda sobrevivir durante treinta y cinco minutos bajo el agua, así que todo mi cuerpo se rebela ante una situación que considera antinatural. Más de una vez, haciendo snorkeling, he pasado media hora sin sacar la cabeza del agua, respirando siempre a través del tubo, pero en esos casos sé que, cuando me canse o me apetezca, podré levantar el cuello, quitarme la goma del tubo de entre los dientes y respirar sobre la superficie, con el sol en la cara. Aquí eso no es posible. Estoy condenado a pasar más de media hora encerrado en un medio letal, sin ninguna vía de escape, con el regulador como única conexión con el mundo de los vivos. Por tanto: respiro como si acabase de correr 800 metros en cincuenta segundos (lo que crea un torbellino de burbujas a mi alrededor que intensifica mi ansiedad), pataleo, niego con la cabeza, comunico con mis manos todos los signos convencionales de buceo y otros que me invento (ok, subamos a la superficie, ok, problema en los pulmones, ok, descendamos, problema en los oídos, ok, subamos a la superficie, ok,  más despacio, ok, descendamos, ok, más deprisa, ok, estoy en reserva, subamos a la superficie hostia, ok, me falta aire, ok, infarto de miocardio, ok, neumotórax, ok, no quiero curas en mi funeral, ok, cremación, cremación, ok, asegúrate de que mis cenizas descansan en un cenicero del Village Vanguard bajo la foto de Bill Evans...). Por alguna razón, Gauthier no parece entender nada de lo que le digo, porque en lugar de sacarme de allí insiste en que sigamos bajando. ¿Pero de qué va este cabrón belga? ¿No ve que estoy a punto de desmayarme?

Estamos a tan sólo tres o cuatro metros de profundidad. Con un lento, delicado gesto de sus manos, Gauthier me indica que me tranquilice y que respirar no sólo consiste en tomar aire, sino también en soltarlo. Tiene razón. La ansiedad me lleva a llenar mis pulmones de oxígeno y a liberar sólo una pequeña cantidad, de ahí la respiración acelerada y también mi sensación de ahogo. Me doy cuenta de esto en un segundo de lucidez en mitad del terror. Poco a poco, me obligo a expulsar el aire hasta vaciar del todo mis pulmones. Y me tomo mi tiempo para volver a llenarlos. Y los vacío de nuevo, hasta la última burbuja. Repito el proceso cinco, seis, siete veces. Aún no he recuperado del todo el control de mis emociones, pero Gauthier se ha dado cuenta de mis progresos y ya va siendo hora de que empecemos con los ejercicios. Uno: quitarse el regulador de la boca, sostenerlo con la mano derecha, soltar oxígeno haciendo ruido, volver a ponerse el regulador, limpiarlo de agua con el botón de purgado. Superado. Dos: simulación de agua en las gafas. Gauthier me separa las gafas de la cara, de tal forma que se me llenan de agua. Durante un segundo vuelvo al pánico. Pero se me pasa. Tal como me ha enseñado en el barco, presiono la parte superior de las gafas con la palma de la mano y echo el cuello ligeramente hacia atrás, como si fuese Greta Garbo en La Dama de las Camelias. El agua vuelve al mar por la parte inferior de las gafas. Superado. Tres: Simulación de pérdida del regulador. Me quito el regulador de la boca y lo dejo caer. Aguanto la respiración (error: debería soltar burbujas haciendo ruido). Espero tres segundos. Inclino mi cuerpo hacia la derecha con el brazo derecho pegado a la cadera. Lanzo el brazo lentamente hacia atrás y dibujo un largo braceo de crawl. Bingo: el cable del regulador se engancha al vértice interior de mi codo, lo arrastro hacia adelante, lo agarro con la mano, me lo vuelvo a aplicar en la boca y lo limpio con el botón de purgado. Superado (tres cuartos de hora después, en cubierta, Gauthier me comentará que este último ejercicio no ha sido del todo perfecto, pero por ahora me indica con sus manos que los tres han resultado impecables, no vaya a ser que vuelva a hiperventilarme...).

Empiezo a sentirme confiado. Gauthier desciende un poco más y me indica que le siga. Bajamos otro metro y otro y otro más, ecualizando el oído cada pocos segundos. Al principio trato de descender nadando con las manos, cosa que mi instructor me ha dicho que no debo hacer y que por otra parte resulta bastante inútil. Para descender basta con soltar aire y, mágicamente, el peso del metal en la cintura hace que el cuerpo se aleje un poco más de la superficie. En cinco minutos me familiarizo con este sistema de navegación subacuática y pego mis brazos a los costados, sirviéndome de las aletas como único propulsor. Y entonces empiezo a disfrutar. Hasta ese momento estaba tan preocupado de la técnica, de mantenerme con vida y de respirar correctamente que ni siquiera había mirado a mi alrededor. Nos cruzamos con peces loro y peces ballesta. Buceamos entre corales, muchos de ellos vivos. Avistamos dos tortugas (bastante más pequeñas que mi tortuga de Malasia). Una de ellas está dormitando en el fondo del mar mientras un par de peces le roen el caparazón. Al pasar ante una enorme roca Gauthier me dice que me acerque y con su índice apunta hacia su base: una inquietante morena sale durante un instante de su guarida, nos enseña sus dientes y vuelve a esconderse. Más allá de este encuentro, la inmersión transcurre plácidamente, entre peces inofensivos. Los tiburones son raros en estas aguas y no vemos ninguno. Las impresiones que me produce la vida submarina no son tan intensas como las que recibí en mi primer día de snorkeling en las Perhentians, pero el hecho de empezar a dominar mis movimientos a doce metros bajo la superficie (quince, en realidad, según me confirmará Gauthier un rato después: "ejem, cosas de la corriente") y de respirar con total relajación me proporciona otro tipo de satisfacción, igualmente placentera. Un par de veces miro hacia arriba desde el fondo y suelto un suspiro de asombro al ver la distancia que me separa del mundo real. Y como siempre suele ocurrir, justo cuando me lo estoy pasando en grande, es hora de volver a la superficie.

Y allí compruebo que tan importante como la propia inmersión es lo que viene después. Tras desprendernos del equipo, Gauthier y yo (y sus dos compañeros, que también han estado buceando por la zona) nos sentamos alrededor de la mesa del barco, donde nos espera una taza de kopi y una bandeja de piña recién cortada. Y así, bajo el sol de las once de la mañana, mientras regresamos a Gili Air con el viento en la cara, damos cuenta del desayuno y comentamos todo lo que ha ocurrido en los últimos cuarenta minutos: mi ataque de ansiedad y los ejercicios y las tortugas y la morena... Ellos van desgranando recuerdos de algunas de sus mejores inmersiones: en Egipto, en Sulawesi, en Filipinas... y yo contribuyo a la conversación con mis pequeñas historias de tortugas y tiburones en las Perhentians. Finalmente, me preguntan si estoy dispuesto a hacer el curso Open Water: en tres días podría tener en mis manos el título, que me autorizaría a bucear hasta dieciocho metros de profundidad en cualquier lugar del mundo. La tentación es fuerte y realmente quiero hacerlo. Pero digo que no: a estas alturas mi presupuesto ya no me lo permite y, además, este viaje está a punto de terminar y me gustaría tener por delante algún que otro mes más para poder poner en práctica lo aprendido. Pero ahora sé, a pesar del pánico inicial, que algún día lo haré y que quizá no tarde demasiado en hacerlo. Un motivo más para regresar a esta parte del mundo.


Por ahora me conformo con volver la orilla y caminar con una sonrisa en la cara por los senderos de arena de la diminuta Gili Air, donde el vehículo más sofisticado con permiso para circular es un carro tirado por un caballo. Me cruzo con los personajes habituales: el chaval indonesio que todas las mañanas me lanza un descabellado "Eh, amigou, Fernando Torres, ¿porrito?"; el tipo que me quiere vender cuanto antes el billete de vuelta a Bali; el dueño del bar al aire libre donde cada madrugada voy a ver los partidos de la Eurocopa, que me pregunta si esta noche también me pasaré a ver el de Holanda. Me pasaré, sí, si consigo dormir un rato por la tarde. Entro en la terraza del bar-restaurante Zipp, me acomodo entre cojines en una de las pequeñas casetas de paja que hay plantadas a pocos metros del mar y pido un zumo de papaya. Saco de la mochila la autobiografía de Christopher Hitchens que me compré en KL y me sumerjo en ella un rato, hasta que un par de voces interrumpen mi lectura:

"Bueno. ¿Qué tal ha ido?"

"Parece que no te ha estallado el cerebro, como temías..."

"Ahora os cuento. Sentaos. Empiezo a tener un poco de hambre. ¿Qué os apetece comer? ¿Compartimos una Bintang grande?"

"Ok"

"Pues veréis. Los primeros cinco minutos han sido los más largos de mi vida, pero después, poco a poco..."


miércoles, 16 de mayo de 2012

He visto cosas que no creeríais...


(Las imágenes submarinas que aparecen en esta entrada no son mías –no tengo una cámara subacuática–, pero fueron tomadas exactamente en los mismos puntos por los que yo pasé y reflejan a la perfección, tanto en contenido como en perspectiva, lo que yo vi. Por esta razón, me ha parecido oportuno incluirlas aquí)

Pues muy bien, aquí estoy. Pulau Perhentian Kecil, Malasia. He salido de Kota Bharu a primera hora de la mañana en un autobús local que me ha llevado hasta el muelle de Kuala Besut. Desde allí he divisado a contraluz, a lo lejos, las siluetas cubiertas de jungla de las dos pequeñas islas Perhentians, Besar y Kecil. La travesía ha resultado incluso mejor de lo que imaginaba: una lancha rápida para doce personas y sus equipajes. Media hora de velocidad pura con el viento arañándome la cara. Con una mueca de suficiencia el capitán se aprovechaba del trampolín de las crestas del mar para hacer que el casco despegase de la superficie del agua durante un segundo de vértigo y después cayese a plomo, con un golpe seco que percutía inclemente contra mi esqueleto y me elevaba unos centímetros sobre el asiento. Mi sonrisa dejaba tras de sí una larga, deslumbrante estela de espuma blanca. 

El reparto de pasajeros entre las distintas playas de las dos islas me ha dejado solo en la lancha. El lugar que he elegido para alojarme, en el extremo noreste de Kecil, es el más remoto, alejado de las comodidades de los resorts, de las filas de sombrillas, de la juerga nocturna y de los turistas que se dejan reblandecer al sol sin hacer otra cosa que comer demasiado y dañarse el cerebro con un tocho de Paulo Coelho o de Barbara Cartland. A salvo de un asentamiento de pescadores en el sur de Kecil, no hay pueblos en las islas. Tampoco carreteras. La jungla reina en las Perhentians y sólo se detiene a unos pocos metros del mar, sin dejar apenas espacio para los bungalows más o menos confortables que alojan a los turistas, construcciones de madera levantadas en escuetas playas de arena tan blanca que parece sal depurada. Sólo hay dos modos de trasladarse de una playa a otra: atravesar la jungla empapado en sudor por angostos senderos abiertos entre la maleza o tomar un "taxi" acuático, una pequeña canoa a motor que te lleva donde tú le pidas.


El nombre de mi guesthouse es D' Lagoon y consiste en una serie de cabañas desperdigadas entre los árboles, alrededor de una pequeña cala sin apenas arena, cubierta de restos de coral. Tengo una habitación en una longhouse, una especie de barracón de madera con un pasillo a lo largo del cual se suceden los cuartos, bautizados con nombres de peces. "Butterfly Fish" es el que me ha tocado en suerte y desde su ventana podré ver el mar al despertarme cada mañana. El alojamiento es tan básico como esperaba: comparto la habitación con cucarachas, mosquitos, arañas y lagartijas y en el tejado vive un gecko que cada noche me arrullará con su canto de seis tonos. Las duchas son compartidas y el váter es un agujero en el suelo, como el de ciertos bares por los que todos hemos pasado alguna vez. Pero esto no es el "Ritz Garden Hotel" de Ipoh, así que no hay razón para quejarse. He estado en sitios parecidos en Laos y en Camboya. Dos veces más baratos, eso sí.

Tras dejar la mochila en el cuarto y darme una ducha salgo al exterior y me pregunto si estaré a la altura. Se supone que esta debería ser una de las cumbres del viaje y ya empiezo a notar un cierto desencanto. A primera vista no hay gran cosa que hacer aquí y por un instante temo que los días se me vayan a hacer demasiado largos. Ni siquiera hay cerveza, maldito sea Alá. Bueno, sí que hay, según me informa Omar, un francés cincuentón, descendiente de argelinos, que es la viva imagen de Ricardo Darín bronceado y que lleva aquí tres semanas, siempre sentado a la misma mesa de la terraza del "restaurante", leyendo un libro tras otro y dando conversación al resto de huéspedes.

"Pero se las tienes que comprar calientes, de diez en diez, y llevártelas a tu cuarto, como si las hubieses traído de otro sitio. Después calculas cuándo te las quieres tomar y las vas metiendo poco a poco en el frigorífico de la cocina. A mí me quedan unas cuantas. Si no quieres comprarte diez de golpe te vendo una o dos esta tarde, a eso de las siete, para que estén frías cuando termines de cenar. A precio de coste, ¿eh?".

Omar no tiene la menor intención de moverse de aquí en mucho tiempo, así que algo tendrá este sitio. Después de darme un chapuzón en el mar y comprobar aliviado que el agua, sin llegar a estar fría, no es ese jarabe tibio característico de todas las costas del sudeste asiático, me llevo a Mr. Nabokov y su Sebastian Knight a una de las tumbonas de madera dispuesto a leer un rato. Desde la tumbona de al lado una chica levanta la vista tras sus gafas de sol y me saluda sorprendida. Es Eszter ("nací en Hungría, me crié en Suecia, vivo en Londres"), diseñadora gráfica freelance, 28 años. La conocí tres días atrás en la guesthouse de Zeck, en Kota Bharu, donde intercambiamos unas cuantas frases y le presté mi adaptador universal para que pudiese recargar el móvil en el enchufe de su habitación. Lleva siete meses viajando por India, Nepal, Vietnam, Laos, Tailandia y Malasia. El azar ha hecho que nos volvamos a encontrar.

"Estaba a punto de ir a hacer un poco de snorkeling. Dicen que el arrecife de aquí es muy bueno. Pero no me gusta la idea de salir ahí sola. ¿Te apuntas?"

"¿Snorkeling? Eh... sí, sí... eh... claro, por qué no. ¿No hay mucho más que hacer aquí, verdad?"

Pero en mi cabeza, mientras alquilo las gafas, las aletas y el tubo en el puesto que hay junto al restaurante, empiezo a escuchar la voz clara y distinta –doblada al castellano, eso sí– de Robert Shaw diciendo: "Esos ojos sin vida, ojos negros, como de muñeca..."

Caminamos hasta la orilla, nos sentamos en una roca, escupimos en el cristal de las gafas, las aclaramos, encajamos en ellas la cara, nos calzamos las aletas, afianzamos la goma del tubo entre nuestros dientes y de un empujón empezamos a deslizarnos sobre la superficie del mar con la vista fija en el fondo. Al principio hay sólo arena y rocas ahí abajo. Y al frente un azul turquesa que se va haciendo más borroso, que se degrada hacia tonos más oscuros hasta disolverse en la inmensa penumbra del Mar de China. Un par de peces pequeños cruzan mi campo de visión mientras Robert Shaw, ahora acompañado de Richard Dreyfuss, canta: "Ya me marcho de aquí, bella dama española, adiós que me voy, oh preciosa mujeeeeer...".

Pero poco después, tras dejar atrás una enorme roca, el fondo se aleja de golpe seis metros y entro en otro planeta. Y es un planeta asombroso, tan asombroso que lanzo sin querer un "¡wow!" asordinado por las burbujas a través del tubo. Siento como si hubiese vuelto a nacer en un mundo nuevo donde todas las leyes físicas y todas las normas estéticas hubiesen sido abolidas o vueltas del revés. Vuelo. Vuelo sobre una ciudad de coral multicolor estructurada en terrazas y habitada por cientos, miles de seres de tamaños, formas y colores fuera del alcance de mi imaginación. No creo haber recibido una impresión tan fuerte desde que tenía seis años. El agua es tan clara, la visibilidad es tan absoluta, hay tanta información nueva arriba y abajo, a izquierda y a derecha, que dejo de mover las aletas y me limito a flotar, a acompasar la respiración y a mirar a mi alrededor. En todo momento estoy rodeado de peces, nunca hay menos de quince o veinte en un radio de unos palmos de distancia. Veo una formación de seis o siete needlefish que nadan a pocos centímetros de la superficie. Veo cómo Eszter se cruza con un elegante pez Napoleón, casi tan grande como ella. Veo cómo un gran pez loro azul y rojo y amarillo y violeta y verde y rosa desciende en picado hacia una roca de su gusto y escucho cómo la roe con sus dientes para obtener algo de alimento vegetal. Detecto entre los filamentos de una anémona los colores característicos –naranja, blanco, negro– de un pez payaso. Cojo aire, desciendo hasta tenerlo delante de las gafas y otros seis o siete peces payaso de distintos tamaños salen de la anémona a ver qué pasa. El más grande (medirá seis centímetros) se encara conmigo y me muestra su mejor mueca de pez malo mientras aletea enérgicamente para defender su territorio. Se me escapa una carcajada. Vuelvo a la superficie y Eszter me indica con un gesto que mire hacia abajo, a mi derecha: una raya planea sobre el fondo y la seguimos durante un rato. Supongo que se ha dado cuenta, porque acelera el ritmo, derrapa dejando tras de sí una nube de arena y nos pierde tras doblar un inmenso níscalo de coral.



Continúo sobrevolando valles y montañas, rodeo descomunales bolas de helado fosilizadas (de mora, de pistacho, de vainilla). Atravieso alucinado y en contradirección un banco de miles de peces diminutos que constantemente cambian de rumbo al unísono, como un solo ser hecho de agua y recubierto de escamas de plata, como un ejército que acata con un espasmo la orden dictada por un general mudo. Porque aquí sólo hay silencio y paz. Y lo que yo esperaba era un mundo violento, peces grandes a la caza de peces pequeños, reyertas submarinas por un trozo de comida. Pero no hay nada de eso. Al contrario, esta es la ciudad más civilizada que jamás haya visto. Si hay alguna pequeña disputa, se salda con un coletazo al agua que apenas altera la lentitud reinante, sin sangre ni contacto. El vencedor se lleva su trofeo y todo el mundo respeta el resultado. Cada especie sigue su camino educadamente, sin importunar al resto, como ese pez gris de ahí, ese tan largo, con la cabeza plana, ese...

Echo las manos hacia adelante para detenerme en seco.

Ojos sin vida, ojos negros, como de muñeca.

No es muy grande. Medirá algo más de un metro y nada pegado a las rocas de la costa, a unos seis metros de donde me encuentro. Su silueta inconfundible está hecha del material con el que se construyen las pesadillas. Al menos las mías. Y sin embargo, no se me acelera el pulso y –enorme sorpresa– no braceo a toda velocidad hacia la orilla para salir del mar, de la guesthouse, de las islas y del país. En lugar de eso giro la cabeza siguiendo sus movimientos, pausados e indiferentes, hasta que desaparece. Eszter, que se había alejado bastante de mi posición, regresa y me enseña su pulgar hacia arriba. Subimos y nos desprendemos del tubo.

"Me han dicho esos de ahí enfrente que hay algún tiburón por aquí. ¿Lo has visto?"

"Joder que sí lo he visto. Ahí mismo, pegado a esas rocas. Nunca creí que fuese capaz..."

A lo que sigue una explicación emocionada, casi infantil, de mi primer avistamiento. El segundo se producirá sólo unos minutos más tarde. Esta vez es más grande –bastante más grande que yo– y nada a poca distancia del fondo. Sospecho que me ha pasado por debajo sin que me diese cuenta y ahora se aleja hacia la oscuridad, así que decido seguirlo. Repito, porque yo mismo no me creo lo que estoy haciendo: decido seguirlo. Nado tras él, manteniendo una distancia a la que me siento seguro, unos cinco metros, hipnotizado por el movimiento oscilante de su cola. De pronto gira hacia la derecha y, por si acaso, me paro. Durante dos o tres segundos puedo verlo en toda su longitud y calculo que rondará los dos metros y medio. Después vuelve a girar hacia la izquierda y se aleja. Esta vez me quedo en mi sitio. Creo que ya he tenido bastante por hoy y quiero disfrutar un poco de esto que estoy sintiendo ahora mismo. Una especie de orgullo por haber superado una prueba que siempre consideré fuera de mi alcance, que ni siquiera estaba en mi agenda. Y, por encima de todo, la sensación de haber vivido durante un par de horas en un sueño de Lewis Carroll. Y es una sensación fantástica. Hoy me caigo muy bien.

Lo que aún no sé es que lo mejor está por llegar. 


Después de pelearnos durante un buen rato contra la corriente (nos hemos alejado bastante de la orilla) salimos del agua, nos duchamos y nos sentamos a jugar una partida de ajedrez en la rudimentaria mesa que hay instalada frente al mar mientras hacemos recuento de todo lo que hemos visto. Sobre la arena, uno de los muchos lagartos que hay en los alrededores se da un lento paseo vespertino. Eszter tiene bastante experiencia en el mundo del submarinismo, pero parece tan impresionada como yo. "Aquí ni siquiera hacen falta botellas ni reguladores de presión. Todo está ahí enfrente, la visibilidad es estupenda y no es necesario bajar mucho. Aunque es una pena que algunos corales estén tan estropeados". Si estos corales están estropeados, me pregunto cómo serán los buenos. Después de hacer un movimiento estúpido con mi reina, pierdo la partida y vamos a comer algo en el restaurante. Durante la cena consultamos el "libro de peces" que tienen en la guesthouse para tratar de poner nombre a todas las caras con las que nos hemos cruzado en nuestra salida. Como no hemos tenido bastante, decidimos apuntarnos al "snorkeling trip" que a la mañana siguiente nos llevará durante más de cuatro horas a cinco puntos distintos de las islas. Quiero estar lo más fresco posible, así que después de tomarme una de las cervezas de Omar, me voy a dormir.

 














Son las ocho y media de la mañana y estoy nervioso. Uno de los cinco lugares a los que vamos a ir se llama "shark point" y lo imagino atestado de tiburones. Y una cosa es seguir a un tiburón y otra estar rodeado de ellos por todos los flancos. Tras el desayuno, Eszter y yo, junto a tres chicas francesas, nos subimos a la motora que nos trasladará de un punto a otro. Después de lo que vimos el día anterior, un par de ellos nos resultan algo decepcionantes: los corales no son tan buenos y la cantidad y variedad de peces no es tan grande. El tercero es mucho mejor: allí por fin vuelvo a experimentar mis mejores sensaciones de novato y avisto mi tercer tiburón, de unos dos metros, al que Eszter y yo seguimos durante unos segundos. Poco después nos zambullimos con cierta aprensión en "shark point", pero para nuestra decepción –repito, decepción–, sólo encontramos un tiburón después de mucho rastrear de aquí para allá (esa misma tarde atravesaremos durante veinte minutos la jungla para llegar a "Adam & Eve's Beach", una playa desierta al norte de Kecil, y descubriremos que ese debería ser considerado el auténtico "shark point": no menos de cinco tiburones desfilarán ante nuestras gafas).

Pero el gran momento ha llegado a primera hora de la mañana, justo después de salir de D' Lagoon. Son las nueve y media y, a unos cien metros de la costa de Besar, nuestro capitán reduce al máximo la velocidad de la motora y fija la vista en el mar, en busca de algo. Durante cinco minutos todos hacemos lo propio, tratando de atravesar la superficie del agua con nuestros ojos, hasta que por fin recibimos la orden esperada:

"Todos al agua. Seguidla"

Me dejo caer al mar entre una nube de burbujas. Y cuando se disipan lo que veo es, simplemente, belleza en estado puro. Belleza total, sin mancha, belleza absoluta.

En el centro del escenario azul, a unos dos metros sobre el fondo, iluminada por el cañón de luz del sol, una enorme tortuga marina vuela en silencio frente al anfiteatro flotante que entre los cinco hemos formado. Durante media hora la seguimos  respetando una distancia que no la inquiete, que no la obligue a abandonar esa lentitud con la que sus poderosas alas acarician el agua para darse impulso. Esas alas que parecen querer marcar el ritmo del mundo, batutas que nos dicen lento, largo,larghissimo. Sube... y baja... y sube... y baja... y vuelve a subir con un suave golpe de aletas, planea, se deja ir. Nadamos a cinco fotogramas por segundo mientras la vemos dirigir su caparazón hacia la luz, mover sin esfuerzo el inmenso peso de su cuerpo, que se eleva ingrávido hasta que la gran cabeza asoma a la superficie –y las nuestras con ella, mirándola ahora desde nuestro lado del mundo–, consigue una buena ración de aire y vuelve a sumergirse. Ahora vuela aún más despacio, a unos tres metros bajo nuestras aletas. Aguanto la respiración y desciendo a su altura. Durante unos segundos somos sólo ella y yo, compartiendo vuelo. Y me siento pequeño a su lado, me siento muy pequeño cuando gira levemente su cabeza hacia la derecha y su gran ojo se fija en mí por un instante, sólo un instante infinito antes de mirar de nuevo al frente y avanzar hacia la oscuridad y perderse en su mundo lento y dejarme atrás para siempre. Pequeño, más pequeño que nunca.

Yo no he visto atacar naves en llamas más allá de Orión. Tampoco he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäusser. Pero he volado bajo el agua junto a una tortuga gigante. Y aunque ese y todos los momentos de mi vida se perderán algún día como lágrimas en la lluvia, el viaje, todos los viajes, habrán valido la pena.

sábado, 5 de mayo de 2012

Langkawi-Ipoh: un itinerario

 
Me levanto a las siete. Me ducho. Me visto. Cierro la mochila. Compruebo que no me dejo nada. Devuelvo la llave de la habitación. Luce el sol. Canta un pájaro raro. Echo un último vistazo a la charca. No hay rastro de la pitón. Pero los patos siguen sin atreverse a nadar. A las siete y media cojo un taxi hasta el embarcadero. Llego allí a las ocho. No hay plazas para el ferry a Kuala Kedah de las ocho y media. Compro un billete para el de las diez. Desayuno un café y un bollo. Me siento a leer frente al águila que da la bienvenida a la isla para hacer tiempo. A las diez me subo al ferry. Aire acondicionado polar. Me pongo la chaqueta. A las once y media llegamos a Kuala Kedah. Me quito la chaqueta. Pregunto por la parada de autobús para Alor Star. Por allí debe de andar, me contesta una china. Por allí me voy. Pero no la encuentro. Vuelvo a preguntar. Detrás de esa curva estaba ayer, me dice un indio. Detrás de esa curva me voy. Deduzco que un banco bajo los restos de una marquesina manchada de engrudo y papel viejo es la parada. Una niña de uniforme me lo confirma con una sonrisa. Cinco minutos después llega el autobús. Me subo al autobús. Me pongo la chaqueta. A las doce y media llego a Alor Star. Me quito la chaqueta. Pregunto si es de allí mismo de donde salen los autobuses a Ipoh. No, no es allí, es mucho más allí. Estornudo. Cojo un taxi que me lleva a la estación, situada en mucho más allí. Como un bocadillo malo. Compro un botellín de agua. A la una y media cojo el autobús para Ipoh. Me pongo la chaqueta. Doy un sorbo al botellín de agua en los kilómetros 25, 53 y 122. A las cinco llego a la estación de largo recorrido de Ipoh. Me quito la chaqueta. Pregunto dónde está la parada del autobús a la "city station". Plataforma uno. Espero veinte minutos en la plataforma uno. Me subo al autobús a la "city station". Me pongo la chaqueta. Los autobuses pueden pararse desde la calle como si fuesen taxis. Paramos varias veces y distintas personas suben. A las seis llego a la "city station". Me quito la chaqueta. Pregunto dónde se coge el autobús al centro. Es ese de ahí. Me subo a ese de ahí. Me pongo la chaqueta. Toso. Quince minutos después el chófer me indica que es aquí donde debo bajar. Error. Alrededor sólo hay hoteles caros. Y entonces empieza a llover. Nunca he visto llover de esta manera. Esto no es llover. Es otra cosa. Trato de inventar una palabra nueva. Pluviar. No. Triluviar. No. Stormatar. No. Desisto. Busco refugio en un garaje. Me quito la chaqueta. Me desembarazo de la mochila. La abro. Saco el poncho. Me lo pongo. Guardo la chaqueta. Cierro la mochila. La cubro con su funda impermeable. Me la vuelvo a echar encima. Espero veinte minutos. Toso. No amaina. De hecho, llueve... ok... stormata cada vez con más fuerza. Miro al cielo. Negro. Los rayos caen muy cerca. Los truenos explotan bajo mis pies y la onda expansiva me recorre el cuerpo de abajo arriba. No va a parar. Consulto el plano. Las guesthouses están a alrededor de un kilómetro de allí. Otro trueno. Se va la luz de la calle. Tengo que moverme o me quedaré allí toda la noche. Salgo de mi refugio y cruzo a la acera de enfrente.. Siento como si alguien volcase sobre mí una piscina olímpica. El agua me llega a los tobillos. Los dedos chapotean en las sandalias. Tres segundos bastan para estar totalmente empapado. Trato de parar un taxi. Pasa de largo. Trato de parar otro taxi. Ni siquiera me ve. Sigo caminando. El poncho protege del agua pero me hace sudar. Estornudo. Media hora después llego por fin a la primera guesthouse barata que aparece en mi guía. Han triplicado los precios desde que se editó. Vuelvo a la calle. Tras la cortina de agua detecto un letrero que reza "Paradise Hotel". Pero las escaleras que llevan a la "recepción" parecen las del "Hell Hotel". Igual que su dueño, un chino de unos 60 años. Flaco. Camiseta de tirantes. Boxers. Cigarrillo. No le gusta nada que esté dejando un charco en su suelo. Me enseña la habitación. Es una puta mierda. Y además está sucia. Me la quedo. No quiero volver a la calle y necesito una ducha caliente. Relleno la ficha con mis datos. Pago por una noche. El chino me da la llave. Entro en la habitación. Me desembarazo de la mochila. Me quito el poncho. Me quito toda la ropa. Toso. Entro en la ducha. Abro el grifo. Chirrido oxidado. No cae agua. Estornudo. Vuelvo a intentarlo. Nada. Salgo de la ducha. Me vuelvo a poner la ropa mojada. Toso. Estornudo. Toso. Salgo a la "recepción". Le digo al chino que la ducha no funciona. No se lo cree. Me acompaña a la habitación. Abre el grifo. Nada. Me pregunta si me es imprescindible ducharme. Le digo que acabo de decidir que me largo. Y que me devuelva el dinero. Se niega. Insisto. Me ofrece una habitación con una ducha que quizá funcione por el doble de dinero. Me niego. Quiero irme de allí y quiero mi dinero. Se niega. Pongo cara de haber matado a alguien muy alto y muy fuerte en un pasado muy reciente: he dicho que quiero irme de aquí y que quiero mi dinero. Ok ok ok. Me devuelve el dinero. Vuelvo a la habitación. Me pongo el poncho mojado. Me echo encima la mochila. Bajo las escaleras. Vuelvo a la calle. Sigue stormatando. Camino doscientos metros bajo el agua hasta el "hotel" Embassy. Quiero una habitación individual. Sólo les queda una doble. Me la enseñan. El fluorescente del techo duda cinco veces antes de encenderse. Cuando lo hace vierte una luz amarillenta ensombrecida por una película de insectos muertos. Aquí podrían vivir diez familias numerosas. Quizá lo hicieron hasta ayer. Las paredes me miran entrar con una tristeza ennegrecida. El baño es todo óxido y desolación. El precio es abusivo. Me largo. El agua no deja de caer del cielo a cubos. Estornudo. Toso. Toso. Estornudo. Decido romper una de mis reglas, agujerear mi bolsillo y pagar un hotel de verdad. Entro en el primero que me cruzo. "Ritz Garden Hotel", se hace llamar sin apenas rimbombancia. Relleno mis datos. Pago y me fundo de golpe el presupuesto de dos días. Subo a la habitación en algo a lo que llaman ascensor. Entro en la habitación. Me desprendo de la mochila. Me quito el poncho. Me quito la ropa mojada. Entro en la ducha. Activo el agua caliente al máximo. Sale más bien templada. Pero es suficiente. Salgo de la ducha. Me siento en la cama. Respiro hondo. Bostezo. Detecto movimiento a mi derecha, sobre la mesilla. Una cucaracha. Otra cucaracha. Separo la mesilla de la pared. La ciudad de las cucarachas. Estampo la mesilla contra la pared. Dos veces. Digo algo muy feo que atañe a Malasia y a su madre. En inglés de Baltimore. Abro la mochila. Me pongo una camiseta seca. Cierro la mochila. Me pongo los pantalones mojados. Me calzo las sandalias mojadas. Bajo a la recepción. Estornudo, me quejo, toso, estornudo, grito, estornudo, insulto al hotel. Cockroach Garden Motherfuckin' Hotel, lo llamo. El recepcionista se deshace en disculpas. Me da la llave de otra habitación. Vuelvo a la primera. Recojo mi mochila. Recojo el poncho mojado. Bajo al segundo piso. Entro en la nueva habitación. Busco cucarachas por todas las esquinas. No hay. Son las diez de la noche. Ni siquiera tengo hambre. Me quito los pantalones mojados. Me quito la camiseta seca. Me meto en la cama. Toso. Toso. Toso. Toso. Tengo catarro. Joder. Me sirvo un Flumil® doble. Straight, no chaser. Me duermo en diez segundos.


miércoles, 2 de mayo de 2012

Posibilidades de una isla



El viaje entre Penang y Langkawi no está a la altura de mis expectativas. Vuelvo al mar de Andamán y resulta inevitable recordar la travesía entre Phuket y Ko Lanta, vía Ko Phi Phi (Tailandia), del año pasado: tres horas en cubierta con el sol y el viento en la cara, gotas saladas que salpican los pies descalzos mientras navegamos entre gigantes de roca kárstica. En lugar de eso tengo que conformarme con viajar en la panza del ferry –está terminantemente prohibido salir al exterior–, expuesto a las inclemencias de un aire acondicionado feroz que me hace recuperar parte del invierno que me dejé en Europa. Los pasajeros musulmanes, mejor informados, sacan de su equipaje mantas de alta montaña y se acurrucan a su abrigo. Y la compañía se empeña en distraer mi atención del exterior emitiendo en el vídeo del barco el remake de una de las películas de mi adolescencia, Noche de miedo. Pero, claro, no está Roddy McDowall haciendo de Peter Vincent, el gran cazavampiros, ni tampoco el inquietante Chris Sarandon. En algún lugar de mi interior escucho una voz que exclama "o tempora, o mores!" y sufro un acceso de nostalgia que me acompañará hasta que lleguemos a la isla.


Y cuando por fin llegamos, en casi todos los rostros del pasaje se dibujan muecas de desencanto (y digo casi todos porque varias de las mujeres que tengo alrededor van vestidas de negro de pies a cabeza con el niqab, que tan sólo deja entrever sus ojos): llueve en Langkawi. Llueve con tal intensidad que la "Hawaii de Malasia", como la describe el taxista que me lleva a la guesthouse, nos recibe convertida en un charco tropical. Y la situación no cambia demasiado en el tiempo que paso en la isla. Todos los días llueve al menos tres veces, tormentas que duran entre treinta minutos y dos horas y que invitan a congeniar con el resto de huéspedes de Zackry Guesthouse, el sitio donde me alojo, al otro lado de la carretera que bordea la playa de Tengah: Sabrina, canadiense, vivió dos años en Argentina y habla español con un acento porteño tan improbable como perfecto. No llega a los treinta años y va camino de Australia para reencontrarse con su novio colombiano y buscarse allí la vida; Tom, inglés, auxiliar de vuelo de Fly Emirates, vive en Dubai y por las noches hace que nos partamos de risa con el infinito anecdotario al que da pie su trabajo en el avión; Debbie, escocesa adicta a la adrenalina, nos enseña sus fotos de buceo entre tiburones y trata de convencerme de que vaya a Borneo porque no hay nada como atravesar la jungla cubierto de sanguijuelas o respirar el denso aliento de la Tierra en una de las cuevas más grandes del mundo mientras te llueven excrementos de murciélago (le digo que iré para que se calle); Khalid, informático egipcio, acaba de descubrir el mundo mochilero y está francamente sorprendido de no echar de menos los hoteles caros. Langkawi es una isla duty free y las cervezas valen tres veces menos que en el resto del país, así que las conversaciones se animan hasta la madrugada sin que el largo brazo de Alá nos vacíe los bolsillos.












Cuando deja de llover cada uno se va por su lado a explorar la isla. Las carreteras son perfectas y no hay nada más placentero que alquilar una moto e ir en busca de cascadas y playas desiertas, conducir entre arrozales que gracias a la lluvia exhiben un verdor deslumbrante, casi radiactivo. Me doy un chapuzón de agua dulce en la cascada de Temurun mientras veo cómo los lugareños y algunos extranjeros se juegan la vida escalando las rocas y zambulléndose en la poza desde una altura de cinco o seis metros. Vuelve a llover en ese momento, pero sólo nos damos cuenta cuando al salir del agua encontramos nuestra ropa empapada. También bajo la lluvia supero casi sin aliento los seiscientos peldaños rodeados de jungla que conducen a los "seven wells" y me topo con una familia de monos disputándose una bolsa de patatas fritas. Por la tarde paro la moto frente a Cenang, la playa más grande, blanca y "turística" de la isla, llena de gente que sonríe porque está de vacaciones. Aquí es posible alquilar un jet-ski o abrocharse el arnés de un paracaídas para sobrevolar la costa arrastrado por una lancha. Esta última actividad parece ser muy del gusto de las mujeres que visten el niqab, lo que a mis ojos, sorprendidos en su ignorancia, supone un cierto cortocircuito cultural. De vuelta en la guesthouse comento el asunto del niqab con Sabrina y Tom. Y los tres estamos de acuerdo: si lo que la prenda pretende es ahorrar a los hombres el mal trago de la tentación carnal, el efecto que consigue es precisamente el contrario, porque pocas cosas habremos visto más eróticas. La brisa hace que la fina tela del vestido se abrace a las curvas, generalmente vertiginosas, de estas mujeres de ojos negros que, enmarcados, intensifican su misterio y atizan las ganas de desenvolverlas despacio, recreándose en cada centímetro de piel que deja de ser secreto. En fin, qué sabré yo.


A pesar de ser una "playa de veraneo", con sus tiendas de flotadores y sus locales para extranjeros, Cenang no es en absoluto desagradable. Todo lo contrario. Los hoteles y guesthouses se sitúan a una distancia respetuosa del mar y la poca música que es posible escuchar por las noches bajo las estrellas flota en el aire sin estridencias. Los restaurantes son en su mayor parte negocios familiares, casas de comidas más o menos sencillas donde se cocinan con gusto las especialidades locales. Al otro lado de la isla, en el norte, se suceden los resorts de lujo, con sus campos de golf y sus playas privadas a las que no es posible acceder. Por mi parte casi siempre termino el día en Tengah, la pequeña playa que me queda más cerca, en la que nunca hay más de diez o doce personas. Hacia las siete y media las nubes descomponen en destellos rojos el último sol mientras, sobre la arena, empiezo a notar el cansancio de la jornada. Es hora de regresar a la guesthouse y comprobar si los patos se han atrevido a volver a nadar en la charca que hay en la propiedad: según me cuentan, una enorme pitón vive en los alrededores y cuando tiene hambre emerge a la superficie y se cena un pato. Al parecer todavía está digiriendo el último que engulló. Yo aún no la he visto.